Discurso del Papa a su llegada al
Aeropuerto de Valencia
Majestades,
Señor Presidente del Gobierno
y distinguidas Autoridades,
Señores Cardenales y Hermanos en el episcopado
Queridos hermanos y hermanas:
l. Con gran emoción llego hoy
a Valencia, a la noble y siempre querida España, que tan
gratos recuerdos me ha dejado en mis precedentes visitas
para participar en Congresos y reuniones.
2. Saludo cordialmente a
todos, a los que están aquí presentes y a cuantos siguen
este acto por los medios de comunicación.
Agradezco a Su Majestad el Rey Don Juan Carlos su presencia
aquí, junto con la Reina y, especialmente, las palabras de
bienvenida que me ha dirigido en nombre del pueblo español.
Expreso también mi deferente reconocimiento al Señor
Presidente del Gobierno y a las demás Autoridades
nacionales, autonómicas y municipales, manifestándoles mi
gratitud por la colaboración prestada para la mejor
realización de este V Encuentro Mundial.
Saludo con afecto a Monseñor Agustín García-Gasco, Arzobispo
de Valencia, y a sus Obispos Auxiliares, así como a toda la
Archidiócesis levantina que me ofrece una calurosa acogida
en el marco de este Encuentro Mundial, y que estos días
acompaña en el dolor a las familias que lloran por sus seres
queridos, víctimas de un trágico episodio, y que se siente
cercana también a los heridos.
Mis afectuosos saludos se dirigen también al Presidente del
Consejo Pontificio para la Familia, Cardenal Alfonso López
Trujillo, así como a los demás Cardenales, al Presidente y
miembros de la Conferencia Episcopal Española, a los
sacerdotes, a las personas consagradas y a todos lo fieles
laicos.
3. El motivo de esta
esperada visita es participar en el V Encuentro Mundial de
las Familias, cuyo tema es "La transmisión de la fe en la
familia". Mi deseo es proponer el papel central, para la
Iglesia y la sociedad, que tiene la familia fundada en el
matrimonio. Ésta es una institución insustituible según los
planes de Dios, y cuyo valor fundamental la Iglesia no puede
dejar de anunciar y promover, para que sea vivido siempre
con sentido de responsabilidad y alegría.
4. Mi venerado predecesor y
gran amigo de España, el querido Juan Pablo II, convocó este
Encuentro. Movido por la misma solicitud pastoral, mañana
tendré la dicha de clausurarlo con la celebración de la
Santa Misa en la Ciudad de las Artes y las Ciencias.
Muy unido a todos los
participantes, imploraré del Señor, por intercesión de
nuestra Madre Santísima y del Apóstol Santiago, abundantes
gracias para las familias de España y de todo el mundo.
¡Que el Señor bendiga
copiosamente a todos vosotros y a vuestras queridas
familias!
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Encuentro con
las familias
CIUDAD DE LAS
ARTES Y LAS CIENCIAS - 8 DE JULIO DE 2006
Amados hermanos y hermanas:
Siento un gran gozo al participar en este encuentro de
oración, en el cual se quiere celebrar con gran alegría el
don divino de la familia. Me siento muy cercano con la
oración a todos los que han vivido recientemente el luto en
esta ciudad, y con la esperanza en Cristo resucitado, que da
aliento y luz aún en los momentos de mayor desgracia humana.
Unidos por la misma fe en Cristo, nos hemos congregado aquí,
desde tantas partes del mundo, como una comunidad que
agradece y da testimonio con júbilo de que el ser humano fue
creado a imagen y semejanza de Dios para amar y que sólo se
realiza plenamente a sí mismo cuando hace entrega sincera de
sí a los demás. La familia es el ámbito privilegiado donde
cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la
Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por
este espacio fundamental para la persona humana. Así lo
enseña en su Magisterio: "Dios, que es amor y creó al hombre
por amor, lo ha llamado a amar. Creando al hombre y a la
mujer, los ha llamado en el Matrimonio a una íntima comunión
de vida y amor entre ellos, «de manera que ya no son dos,
sino una sola carne» (Mt 19, 6)" (Catecismo de la Iglesia
Católica. Compendio, 337).
Ésta es la verdad que la Iglesia proclama sin cesar al
mundo. Mi querido predecesor Juan Pablo II, decía que "El
hombre se ha convertido en ‘imagen y semejanza’ de Dios, no
sólo a través de la propia humanidad, sino también a través
de la comunión de las personas que el varón y la mujer
forman desde el principio. Se convierten en imagen de Dios,
no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento
de la comunión" (Catequesis, 14-XI-1979). Por eso he
confirmado la convocatoria de este V Encuentro Mundial de
las Familias en España, y concretamente en Valencia, rica en
sus tradiciones y orgullosa de la fe cristiana que se vive y
cultiva en tantas familias.
La familia es una institución intermedia entre el individuo
y la sociedad, y nada la puede suplir totalmente. Ella misma
se apoya sobre todo en una profunda relación interpersonal
entre el esposo y la esposa, sostenida por el afecto y
comprensión mutua. Para ello recibe la abundante ayuda de
Dios en el sacramento del matrimonio, que comporta verdadera
vocación a la santidad. Ojalá que los hijos contemplen más
los momentos de armonía y afecto de los padres, que no los
de discordia o distanciamiento, pues el amor entre el padre
y la madre ofrece a los hijos una gran seguridad y les
enseña la belleza del amor fiel y duradero.
La familia es un bien necesario para los pueblos, un
fundamento indispensable para la sociedad y un gran tesoro
de los esposos durante toda su vida. Es un bien
insustituible para los hijos, que han de ser fruto del amor,
de la donación total y generosa de los padres. Proclamar la
verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como
Iglesia doméstica y santuario de la vida, es una gran
responsabilidad de todos.
El padre y la madre se han dicho un "sí" total ante de Dios,
lo cual constituye la base del sacramento que les une;
asimismo, para que la relación interna de la familia sea
completa, es necesario que digan también un "sí" de
aceptación a sus hijos, a los que han engendrado o adoptado
y que tienen su propia personalidad y carácter. Así, éstos
irán creciendo en un clima de aceptación y amor, y es de
desear que al alcanzar una madurez suficiente quieran dar a
su vez un "sí" a quienes les han dado la vida.
Los desafíos de la sociedad actual, marcada por la
dispersión que se genera sobre todo en el ámbito urbano,
hacen necesario garantizar que las familias no estén solas.
Un pequeño núcleo familiar puede encontrar obstáculos
difíciles de superar si se encuentra aislado del resto de
sus parientes y amistades. Por ello, la comunidad eclesial
tiene la responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo
y alimento espiritual que fortalezca la cohesión familiar,
sobre todo en las pruebas o momentos críticos. En este
sentido, es muy importante la labor de las parroquias, así
como de las diversas asociaciones eclesiales, llamadas a
colaborar como redes de apoyo y mano cercana de la Iglesia
para el crecimiento de la familia en la fe.
Cristo ha revelado cuál es siempre la fuente suprema de la
vida para todos y, por tanto, también para la familia: "Éste
es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he
amado. Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus
amigos" (Jn 15,12-13). El amor de Dios mismo se ha derramado
sobre nosotros en el bautismo. De ahí que las familias están
llamadas a vivir esa calidad de amor, pues el Señor es quien
se hace garante de que eso sea posible para nosotros a
través del amor humano, sensible, afectuoso y misericordioso
como el de Cristo.
Junto con la transmisión de la fe y del amor del Señor, una
de las tareas más grandes de la familia es la de formar
personas libres y responsables. Por ello los padres han de
ir devolviendo a sus hijos la libertad, de la cual durante
algún tiempo son tutores. Si éstos ven que sus padres -y en
general los adultos que les rodean- viven la vida con
alegría y entusiasmo, incluso a pesar de las dificultades,
crecerá en ellos más fácilmente ese gozo profundo de vivir
que les ayudará a superar con acierto los posibles
obstáculos y contrariedades que conlleva la vida humana.
Además, cuando la familia no se cierra en sí misma, los
hijos van aprendiendo que toda persona es digna de ser
amada, y que hay una fraternidad fundamental universal entre
todos los seres humanos.
Este V Encuentro Mundial nos invita a reflexionar sobre un
tema de particular importancia y que comporta una gran
responsabilidad para nosotros: "La transmisión de la fe en
la familia". Lo expresa muy bien el Catecismo de la Iglesia
Católica: "Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y
con ello a comprender y comunicar, la Iglesia, nuestra
Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en
la inteligencia y la vida de fe" (n. 171).
Como se simboliza en la liturgia del bautismo, con la
entrega del cirio encendido, los padres son asociados al
misterio de la nueva vida como hijos de Dios, que se recibe
con las aguas bautismales.
Transmitir la fe a los hijos, con la ayuda de otras personas
e instituciones como la parroquia, la escuela o las
asociaciones católicas, es una responsabilidad que los
padres no pueden olvidar, descuidar o delegar totalmente.
"La familia cristiana es llamada Iglesia doméstica, porque
manifiesta y realiza la naturaleza comunitaria y familiar de
la Iglesia en cuanto familia de Dios. Cada miembro, según su
propio papel, ejerce el sacerdocio bautismal, contribuyendo
a hacer de la familia una comunidad de gracia y de oración,
escuela de virtudes humanas y cristianas y lugar del primer
anuncio de la fe a los hijos" (Catecismo de la Iglesia
Católica. Compendio, 350). Y además: "Los padres, partícipes
de la paternidad divina, son los primeros responsables de la
educación de sus hijos y los primeros anunciadores de la fe.
Tienen el deber de amar y de respetar a sus hijos como
personas y como hijos de Dios... En especial, tienen la
misión de educarlos en la fe cristiana" (ibíd., 460).
El lenguaje de la fe se aprende en los hogares donde esta fe
crece y se fortalece a través de la oración y de la práctica
cristiana. En la lectura del Deuteronomio hemos escuchado la
oración repetida constantemente por el pueblo elegido, la
Shema Israel, y que Jesús escucharía y repetiría en su hogar
de Nazaret. Él mismo la recordaría durante su vida pública,
como nos refiere el evangelio de Marcos (Mc 12,29). Ésta es
la fe de la Iglesia que viene del amor de Dios, por medio de
vuestras familias. Vivir la integridad de esta fe, en su
maravillosa novedad, es un gran regalo. Pero en los momentos
en que parece que se oculta el rostro de Dios, creer es
difícil y cuesta un gran esfuerzo.
Este encuentro da nuevo aliento para seguir anunciando el
Evangelio de la familia, reafirmar su vigencia e identidad
basada en el matrimonio abierto al don generoso de la vida,
y donde se acompaña a los hijos en su crecimiento corporal y
espiritual. De este modo se contrarresta un hedonismo muy
difundido, que banaliza las relaciones humanas y las vacía
de su genuino valor y belleza. Promover los valores del
matrimonio no impide gustar plenamente la felicidad que el
hombre y la mujer encuentran en su amor mutuo. La fe y la
ética cristiana, pues, no pretenden ahogar el amor, sino
hacerlo más sano, fuerte y realmente libre. Para ello, el
amor humano necesita ser purificado y madurar para ser
plenamente humano y principio de una alegría verdadera y
duradera (cf. Discurso en san Juan de Letrán, 5 junio 2006).
Invito, pues, a los gobernantes y legisladores a reflexionar
sobre el bien evidente que los hogares en paz y en armonía
aseguran al hombre, a la familia, centro neurálgico de la
sociedad, como recuerda la Santa Sede en la Carta de los
Derechos de la Familia. El objeto de las leyes es el bien
integral del hombre, la respuesta a sus necesidades y
aspiraciones. Esto es una ayuda notable a la sociedad, de la
cual no se puede privar y para los pueblos es una
salvaguarda y una purificación. Además, la familia es una
escuela de humanización del hombre, para que crezca hasta
hacerse verdaderamente hombre. En este sentido, la
experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a
tener conciencia de su dignidad de hijos.
La criatura concebida ha de ser educada en la fe, amada y
protegida. Los hijos, con el fundamental derecho a nacer y
ser educados en la fe, tienen derecho a un hogar que tenga
como modelo el de Nazaret y sean preservados de toda clase
de insidias y amenazas.
Deseo referirme ahora a los abuelos, tan importantes en las
familias. Ellos pueden ser -y son tantas veces- los garantes
del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y
recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo,
son memoria y riqueza de las familias. Ojalá que, bajo
ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un
tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas
generaciones, sobre todo cuando dan testimonio de fe ante la
cercanía de la muerte.
Quiero ahora recitar una parte de la oración que habéis
rezado pidiendo por el buen fruto de este Encuentro Mundial
de las Familias:
Oh, Dios, que en la Sagrada Familia
nos dejaste un modelo perfecto de vida familiar
vivida en la fe y la obediencia a tu voluntad.
Ayúdanos a ser ejemplo de fe y amor a tus mandamientos.
Socórrenos en nuestra misión de transmitir la fe a nuestros
hijos.
Abre su corazón para que crezca en ellos
la semilla de la fe que recibieron en el bautismo.
Fortalece la fe de nuestros jóvenes,
para que crezcan en el conocimiento de Jesús.
Aumenta el amor y la fidelidad en todos los matrimonios,
especialmente aquellos que pasan por momentos de sufrimiento
o dificultad.
(. . .)
Unidos a José y María,
Te lo pedimos por Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor. Amén.
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Saludo del Sr.
Arzobispo de Valencia
AL INICIO DE LA EUCARISTIA CONCLUSIVA DEL V ENCUENTRO
MUNDIAL DE LAS FAMILIAS
Santo Padre
Familias de todo el mundo se congregan en torno a este altar
para celebrar la Eucaristía con el Papa.
Gracias, Santidad, por estar aquí con todas las familias.
Queremos corresponder a su compañía y consuelo, con todo el
calor y la ternura de nuestro cariño.
Con claridad Juan Pablo II anticipó proféticamente que el
destino de la humanidad se forja en la familia.
Nos recordó que el compromiso de la Iglesia con la verdad y
dignidad del hombre es el corazón de una nueva
evangelización y nos invitó a promover la construcción de
una civilización del amor y de la vida frente a la cultura
de la muerte.
“¡Sed, convertíos en lo que sois!” pedía Juan Pablo II a las
familias. Hoy le recordamos agradecidos y emocionados.
Estamos aquí por Juan Pablo II y por Benedicto XVI. Por las
familias, la paz y el futuro de la humanidad.
En esta encrucijada de los tiempos, Vuestra Santidad ha
dicho recientemente que el amor es la única revolución capaz
de salvar al mundo y al hombre.
Se lo habéis dicho a la juventud: El arma que a todas
desarma es el amor.
Bajo estas perspectivas de largo alcance hemos preparado
este V Encuentro Mundial de las Familias con su Santidad.
Nos han ocupado tres importantes aspectos.
Hemos deseado que el Encuentro perdure en el tiempo, siendo
ocasión de una nueva, amplia y extensa catequesis del
Magisterio de la Iglesia sobre la sexualidad, el amor
humano, la verdad del matrimonio y la familia.
Hemos salido al encuentro de las familias, meses antes de su
celebración.
Queremos, además, que este V Encuentro, con vuestro discurso
de ayer a las familias y vuestra homilía de esta mañana, se
convierta en punto de partida de nuevas, y más directas
formas de comunicación del Magisterio para todas las
familias del mundo.
Queremos corresponder a su presencia entre nosotros y a la
luz de su palabra con este esfuerzo y con esta ilusión de
renovación comunicativa y pedagógica.
Estamos confiados en merecer, como ocurre en familia, la
tierna sonrisa de su agrado y beneplácito.
La fe cristiana —habéis recordado Santo Padre— no es una
idea, una ideología, un código de normas éticas. Es, ante
todo, un encuentro de amor con la persona concreta de
Jesucristo. Un encuentro íntimo con todas sus consecuencias.
Esta infinita locura de amor ocurrió en familia.
Dios nos ama. Ama a cada una de nuestras familias.
Vuestra Santidad nos ha dicho que Dios nos ama con amor
apasionado, con amor que perdona, con amor fuerte, con amor
que nos revive de cualquier anemia.
Este amor de Dios a cada uno de nosotros y a cada familia es
la fuente de nuestra alegría y nuestra paz en cualquier
circunstancia favorable o adversa.
Jesucristo nos está esperando, a todas las familias, en esta
Eucaristía junto al Santo Padre, su Vicario en esta tierra,
Benedicto XVI, para infundir la luz y la gracia eficaz de su
amor dentro de cada uno de nuestros amores familiares.
Que sea la fuerza del Sacramento quien mueva nuestras vidas
y no nuestros sentimientos.
Gracias Santo Padre, en nombre de todas las familias, por
vuestra amorosa compañía y por la luz de vuestra palabra.
Gracias por venir a Valencia.
Gracias por venir a España.
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Mensaje a los
Obispos Españoles
FIRMADO POR SU SANTIDAD BENEDICTO XVI EN LA CAPILLA DEL
SANTO CALIZ DE LA CATEDRAL DE VALENCIA
Queridos Hermanos en el episcopado
Con gozo en el corazón, doy gracias al Señor por haber
podido venir a España como Papa, para participar en el
Encuentro Mundial de las Familias en Valencia. Os saludo con
afecto, Hermanos Obispos de este querido País, y os
agradezco vuestra presencia y los muchos esfuerzos que
habéis realizado en su preparación y celebración. Aprecio
particularmente el gran trabajo llevado a cabo por el Señor
Arzobispo de Valencia y sus Obispos Auxiliares para que este
acontecimiento tan significativo para toda la Iglesia
obtenga los frutos deseados, contribuyendo a dar un nuevo
impulso a la familia como santuario del amor, de la vida y
de la fe.
En realidad, la solicitud de todos vosotros ha hecho posible
que se haya creado ya un ambiente de familia entre los
mismos colaboradores y participantes de las diversas partes
de España. Es un aspecto prometedor ante los deseos que
habéis expresado en vuestro mensaje colectivo sobre este
Encuentro Mundial, y también una invitación a recibir los
frutos del mismo para proseguir una incesante e incisiva
pastoral familiar en vuestras diócesis, que haga entrar en
cada hogar el mensaje evangélico, que fortalece y da nuevas
dimensiones al amor, ayudando así a superar las dificultades
que encuentra en su camino.
Sabéis que sigo de cerca y con mucho interés los
acontecimientos de la Iglesia en vuestro País, de profunda
raigambre cristiana y que tanto ha aportado y está llamada a
aportar al testimonio de la fe y a su difusión en otras
muchas partes del mundo. Mantened vivo y vigoroso este
espíritu, que ha acompañado la vida de los españoles en su
historia, para que siga nutriendo y dando vitalidad al alma
de vuestro pueblo.
Conozco y aliento el impulso que estáis dando a la acción
pastoral, en un tiempo de rápida secularización, que a veces
afecta incluso a la vida interna de las comunidades
cristianas. Seguid, pues, proclamando sin desánimo que
prescindir de Dios, actuar como si no existiera o relegar la
fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre
e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad. Por el
contrario, dirigir la mirada al Dios vivo, garante de
nuestra libertad y de la verdad, es una premisa para llegar
a una humanidad nueva. El mundo necesita hoy de modo
particular que se anuncie y se dé testimonio de Dios que es
amor y, por tanto, la única luz que, en el fondo, ilumina la
oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar
(cf. Deus caritas est, 39).
En momentos o situaciones difíciles, recordad aquellas
palabras de la Carta a los Hebreos: «corramos en la carrera
que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que
inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al
gozo inmediato, soportó la cruz, sin miedo a la ignominia
[...], y no os canséis ni perdáis el ánimo» (12, 1-3).
Proclamad que Jesús es «el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt
16, 16), «el que tiene palabras de vida eterna» (cf. Jn 6,
68), y no os canséis de dar razón de vuestra esperanza (cf.
1 P 3, 15).
Movidos por vuestra solicitud pastoral y el espíritu de
plena comunión en el anuncio del Evangelio, habéis orientado
la conciencia cristiana de vuestros fieles sobre diversos
aspectos de la realidad ante la cual se encuentran y que en
ocasiones perturban la vida eclesial y la fe de los
sencillos. Así mismo, habéis puesto la Eucaristía como tema
central de vuestro Plan de Pastoral, con el fin de
«revitalizar la vida cristiana desde su mismo corazón, pues
adentrándonos en el misterio eucarístico entramos en el
corazón de Dios» (n. 5). Ciertamente, en la Eucaristía se
realiza «el acto central de transformación capaz de renovar
verdaderamente el mundo» (Homilía en Marienfeld, Colonia, 21
agosto 2005).
Hermanos en el episcopado, os exhorto encarecidamente a
mantener y acrecentar vuestra comunión fraterna, testimonio
y ejemplo de la comunión eclesial que ha de reinar en todo
el pueblo fiel que se os ha confiado. Ruego por vosotros,
ruego por España. Os pido que oréis por mí y por toda la
Iglesia. Invoco a la Santísima Virgen María, tan venerada en
vuestras tierras, para que os ampare y acompañe en vuestro
ministerio pastoral, a la vez que os imparto con gran afecto
la Bendición Apostólica.
Valencia, 8 de julio de 2006
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Homilía de Su
Santidad Benedicto XVI
MISA CONCLUSIVA DEL V ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS
Queridos hermanos y hermanas:
En esta Santa Misa que tengo la inmensa alegría de presidir,
concelebrando con numerosos Hermanos en el episcopado y con
un gran número de sacerdotes, doy gracias al Señor por todas
las amadas familias que os habéis congregado aquí formando
una multitud jubilosa, y también por tantas otras que, desde
lejanas tierras, seguís esta celebración a través de la
radio y la televisión. A todos deseo saludaros y expresaros
mi gran afecto con un abrazo de paz.
Los testimonios de Ester y Pablo, que hemos escuchado antes
en las lecturas, muestran cómo la familia está llamada a
colaborar en la transmisión de la fe. Ester confiesa: “Mi
padre me ha contado que tú, Señor, escogiste a Israel entre
las naciones” (14,5). Pablo sigue la tradición de sus
antepasados judíos dando culto a Dios con conciencia pura.
Alaba la fe sincera de Timoteo y le recuerda “esa fe que
tuvieron tu abuela Loide y tu madre Eunice, y que estoy
seguro que tienes también tú” (2 Tm 1,5). En estos
testimonios bíblicos la familia comprende no sólo a padres e
hijos, sino también a los abuelos y antepasados. La familia
se nos muestra así como una comunidad de generaciones y
garante de un patrimonio de tradiciones.
Ningún hombre se ha dado el ser a sí mismo ni ha adquirido
por sí solo los conocimientos elementales para la vida.
Todos hemos recibido de otros la vida y las verdades básicas
para la misma, y estamos llamados a alcanzar la perfección
en relación y comunión amorosa con los demás. La familia,
fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una
mujer, expresa esta dimensión relacional, filial y
comunitaria, y es el ámbito donde el hombre puede nacer con
dignidad, crecer y desarrollarse de un modo integral.
Cuando un niño nace, a través de la relación con sus padres
empieza a formar parte de una tradición familiar, que tiene
raíces aún más antiguas. Con el don de la vida recibe todo
un patrimonio de experiencia. A este respecto, los padres
tienen el derecho y el deber inalienable de transmitirlo a
los hijos: educarlos en el descubrimiento de su identidad,
iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de
su libertad moral y de su capacidad de amar a través de la
experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con
Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en
que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que
van asumiendo progresivamente. De este modo son capaces de
elaborar una síntesis personal entre lo recibido y lo nuevo,
y que cada uno y cada generación está llamado a realizar.
En el origen de todo hombre y, por tanto, en toda paternidad
y maternidad humana está presente Dios Creador. Por eso los
esposos deben acoger al niño que les nace como hijo no sólo
suyo, sino también de Dios, que lo ama por sí mismo y lo
llama a la filiación divina. Más aún: toda generación, toda
paternidad y maternidad, toda familia tiene su principio en
Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
A Ester su padre le había trasmitido, con la memoria de sus
antepasados y de su pueblo, la de un Dios del que todos
proceden y al que todos están llamados a responder. La
memoria de Dios Padre que ha elegido a su pueblo y que actúa
en 0la historia para nuestra salvación. La memoria de este
Padre ilumina la identidad más profunda de los hombres: de
dónde venimos, quiénes somos y cuán grande es nuestra
dignidad. Venimos ciertamente de nuestros padres y somos sus
hijos, pero también venimos de Dios, que nos ha creado a su
imagen y nos ha llamado a ser sus hijos. Por eso, en el
origen de todo ser humano no existe el azar o la casualidad,
sino un proyecto del amor de Dios. Es lo que nos ha revelado
Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y hombre perfecto. Él
conocía de quién venía y de quién venimos todos: del amor de
su Padre y Padre nuestro.
La fe no es, pues, una mera herencia cultural, sino una
acción continua de la gracia de Dios que llama y de la
libertad humana que puede o no adherirse a esa llamada.
Aunque nadie responde por otro, sin embargo los padres
cristianos están llamados a dar un testimonio creíble de su
fe y esperanza cristiana. Han de procurar que la llamada de
Dios y la Buena Nueva de Cristo lleguen a sus hijos con la
mayor claridad y autenticidad.
Con el pasar de los años, este don de Dios que los padres
han contribuido a poner ante los ojos de los pequeños
necesitará también ser cultivado con sabiduría y dulzura,
haciendo crecer en ellos la capacidad de discernimiento. De
este modo, con el testimonio constante del amor conyugal de
los padres, vivido e impregnado de la fe, y con el
acompañamiento entrañable de la comunidad cristiana, se
favorecerá que los hijos hagan suyo el don mismo de la fe,
descubran con ella el sentido profundo de la propia
existencia y se sientan gozosos y agradecidos por ello.
La familia cristiana transmite la fe cuando los padres
enseñan a sus hijos a rezar y rezan con ellos (cf.
Familiaris consortio, 60); cuando los acercan a los
sacramentos y los van introduciendo en la vida de la
Iglesia; cuando todos se reúnen para leer la Biblia,
iluminando la vida familiar a la luz de la fe y alabando a
Dios como Padre.
En la cultura actual se exalta muy a menudo la libertad del
individuo concebido como sujeto autónomo, como si se hiciera
él sólo y se bastara a sí mismo, al margen de su relación
con los demás y ajeno a su responsabilidad ante ellos.
Se intenta organizar la vida social sólo a partir de deseos
subjetivos y mudables, sin referencia alguna a una verdad
objetiva previa como son la dignidad de cada ser humano y
sus deberes y derechos inalienables a cuyo servicio debe
ponerse todo grupo social.
La Iglesia no cesa de recordar que la verdadera libertad del
ser humano proviene de haber sido creado a imagen y
semejanza de Dios. Por ello, la educación cristiana es
educación de la libertad y para la libertad.
Jesucristo es el hombre perfecto, ejemplo de libertad
filial, que nos enseña a comunicar a los demás su mismo
amor: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo;
permaneced en mi amor” (Jn 15,9). A este respecto enseña el
Concilio Vaticano II que “los esposos y padres cristianos,
siguiendo su propio camino, deben apoyarse mutuamente en la
gracia, con un amor fiel a lo largo de toda su vida, y
educar en la enseñanza cristiana y en los valores
evangélicos a sus hijos recibidos amorosamente de Dios. De
esta manera, dice el Concilio, ofrecen a todos el ejemplo de
un amor incansable y generoso, construyen la fraternidad de
amor y son testigos y colaboradores de la fecundidad de la
Madre Iglesia como símbolo y participación de aquel amor con
el que Cristo amó a su esposa y se entregó por ella” (Lumen
gentium, 41).
La alegría amorosa con la que nuestros padres nos acogieron
y acompañaron en los primeros pasos en este mundo es como un
signo y prolongación sacramental del amor benevolente de
Dios del que procedemos.
Para avanzar en ese camino de madurez humana, la Iglesia nos
enseña a respetar y promover la maravillosa realidad del
matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, que es,
además, el origen de la familia. Por eso, reconocer y ayudar
a esta institución es uno de los mayores servicios que se
pueden prestar hoy día al bien común y al verdadero
desarrollo de los hombres y de las sociedades, así como la
mejor garantía para asegurar la dignidad, la igualdad y la
verdadera libertad de la persona humana.
En este sentido, quiero destacar la importancia y el papel
positivo que a favor del matrimonio y de la familia realizan
las distintas asociaciones familiares eclesiales. Por eso,
“deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y
valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que
viven su responsabilidad al servicio de la familia” (Familiaris
consortio, 86), para que uniendo sus fuerzas y con una
legítima pluralidad de iniciativas contribuyan a la
promoción del verdadero bien de la familia en la sociedad
actual.
Volvamos por un momento a la primera lectura de esta Misa,
tomada del libro de Ester. La Iglesia orante ha visto en
esta humilde reina, que intercede con todo su ser por su
pueblo que sufre, un prefiguración de María, que su Hijo nos
ha dado a todos nosotros como Madre; una prefiguración de la
Madre, que protege con su amor a la familia de Dios que
peregrina en este mundo. María es la imagen ejemplar de
todas las madres, de su gran misión como guardianas de la
vida, de su misión de enseñar el arte de vivir, el arte de
amar.
La familia cristiana –padre, madre e hijos- está llamada,
pues, a cumplir los objetivos señalados no como algo
impuesto desde fuera, sino como un don de la gracia del
sacramento del matrimonio infundida en los esposos. Si éstos
permanecen abiertos al Espíritu y piden su ayuda, él no
dejará de comunicarles el amor de Dios Padre manifestado y
encarnado en Cristo. La presencia del Espíritu ayudará a los
esposos a no perder de vista la fuente y medida de su amor y
entrega, y a colaborar con él para reflejarlo y encarnarlo
en todas las dimensiones de su vida. El Espíritu suscitará
asimismo en ellos el anhelo del encuentro definitivo con
Cristo en la casa de su Padre y Padre nuestro. Éste es el
mensaje de esperanza que desde Valencia quiero lanzar a
todas las familias del mundo. Amén.
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Palabras de Su
Santidad Benedicto XVI
PALABRAS ANTES DEL REZO DEL ÁNGELUS
Antes de terminar esta celebración nos dirigimos a la Virgen
María, como tantas familias la invocan en la intimidad de su
casa, para que las asista con su solicitud materna. Con la
intercesión de María, abrid vuestros hogares y vuestros
corazones a Cristo para que él sea vuestra fuerza y vuestro
gozo, y os ayude a vivir unidos y a proclamar al mundo la
fuerza invencible del verdadero amor.
En este momento quiero dar
gracias a todos los que han hecho posible el buen desarrollo
de este Encuentro. De modo particular deseo reconocer el
trabajo sacrificado y eficaz de los numerosos Voluntarios de
tantas nacionalidades por su abnegada colaboración en todos
los actos. Un agradecimiento especial lo dedico a las
numerosas personas y comunidades religiosas, sobre todo de
clausura, que con su oración perseverante han acompañado
todas las celebraciones.
Ahora tengo el gozo de
anunciar que el próximo Encuentro Mundial de las Familias se
celebrará el año 2009 en la Ciudad de México. A la amada
Iglesia que peregrina en la noble Nación mexicana y en la
persona del Señor Cardenal Norberto Rivera Carrera,
Arzobispo de aquella ciudad, expreso ya desde ahora mi
gratitud por su disponibilidad.
Chères familles de langue
française, je vous salue avec joie, vous annonçant que la
prochaine Rencontre mondiale des familles aura lieu en 2009
dans la ville de Mexico. Je vous invite à enraciner votre
vie et votre amour conjugal sur le sacrement reçu le jour de
votre mariage, qui fait de vous des icônes et des témoins de
l’amour de Dieu. C’est un amour qui doit aller sans cesse
jusqu’au pardon au sein des couples; c’est la voie qui ouvre
un avenir aux relations conjugales et familiales. Ainsi,
vous serez les témoins de l’amour véritable auprès de vos
enfants, leur donnant confiance en eux-mêmes, leur faisant
découvrir le Christ, qui veut les aider à édifier leur
personnalité intégrale et leur remettre entre leur mains la
responsabilité de leur existence. Puissiez-vous annoncer à
ceux qui vous entourent que, comme le Christ nous l’a montré,
il n’y a pas de plus grand amour que de donner et de se
donner à Dieu et à ses frères.
I greet all the English-speaking
participants who have gathered from various parts of the
world. I trust that your experiences here will have
strengthened your commitment to promoting the integrity of
family life. May God abundantly bless you and all those you
represent, and through the intercession of Mary, Mother of
the Church, may you and your families be filled with the
wisdom of her Son.
Sehr herzlich grüße ich die
Pilger and besonders die Familien aus den Ländern deutscher
Sprache. Als Gemeinschaft des Lebens and der Liebe, die in
Gott gegründet ist, bleibt die Familie der vorzügliche Ort
der Weitergabe des Glaubens. Begleiten wir die Familien mit
unserem Gebet. Und werden wir nicht müde im Einsatz für die
stets notwendige Förderung von Ehe and Familie im heutigen
gesellschaftlichen Kontext. Liebe Freunde, gerne lade ich
euch schon heute zum nächsten Weltfamilientreffen in Mexiko-Stadt
im Jahr 2009 ein. Der Herr schenke den Familien und uns
allen seinen Segen!
Rivolgo un saluto cordiale
alle famiglie italiane! Cari amici, in ogni parte del mondo
gli italiani sono stati sempre stimati per il loro forte
legame alla famiglia e ai suoi valori. Auspico che questo
patrimonio spirituale, morale e sociale, costantemente
rinnovato alla luce della Parola di Dio e degli insegnamenti
della Chiesa, possa essere difeso anche di fronte alle sfide
dell'epoca attuale. Invoco a tal fine l'intercessione dei
Santi e soprattutto di san Giuseppe e della Vergine Maria,
ai quali affido anche il cammino verso il prossimo Incontro
Mondiale delle Famiglie, che avrà luogo nel 2009 a Città del
Messico.
Saúdo com grande afecto as
famílias de língua portuguesa, aqui presentes ou em comunhão
connosco, sobre todas invocando a solicitude materna da
Virgem Maria para que, em cada lar cristão, se mantenha viva
a chama da fé, do amor e da concórdia, como suma e preciosa
herança cuja entrega aos filhos deve acontecer em vida dos
pais. Queridas famílias, sede abençoadas nos vossos
compromissos a bem da humanidade e da Igreja! Se Deus quiser,
o próximo Encontro Mundial será em 2009, na cidade do
México.
Pozdrawiam serdecznie
polskie rodziny, te, które tu w Walencji biora, udzial w
piatym swiatowym spotkaniu rodzin i te które uczestnicza w
nim duchowo we wlasnych domach. Zycze, by kazda rodzina byla
wspólnota modlitwy, przekazu wiary i miejscem ksztaltowania
ducha. Niech Maryja, Królowa Rodzin wspiera wasze wysilki i
zawsze was prowadzi. Juz dzisiaj zapraszam was na kolejne
swiatowe spotkanie rodzin, które, jesli Bóg pozwoli,
odbedzie sie w Meksyku w 2009 r. Niech Bóg wam wszystkim
blogoslawi.
[Saluto cordialmente le
famiglie polacche, quelle che qui a Valencia partecipano al
quinto Incontro Mondiale delle Famiglie e quelle che lo
fanno, spiritualmente, nelle loro case. Auguro che ogni
famiglia sia una comunità di preghiera, di trasmissione
della fede ed il luogo della formazione dello spirito. Che
Maria, Regina delle famiglie, sostenga i vostri sforzi e vi
guidi costantemente. Già da oggi vi invito al prossimo
Incontro Mondiale delle Famiglie, che si terrà, se Dio
vuole, in Messico nell'anno 2009. Dio vi benedica tutti.
Abrazo de corazón a todas
las familias aquí presentes y a las que se han unido a esta
celebración a través de la radio, la televisión u otros
medios de comunicación social. Encomiendo a todas a la
Sagrada Familia de Nazaret para que las proteja y, siguiendo
su ejemplo callado, ayuden a los hijos a crecer en
sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y los hombres (cf.
Lc 2,52).
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Rezo del
Ángelus Domini
PLAZA DE LA VIRGEN - SÁBADO 8 DE JULIO DE 2006
Queridos hermanos y hermanas:
Al llegar a Valencia, he querido ante todo visitar el lugar
que representa el centro de esta antiquísima y floreciente
Iglesia particular que me recibe: su bella Catedral, donde
he orado ante el Santísimo Sacramento y me he detenido ante
la renombrada reliquia del Santo Cáliz. Allí he saludado a
los Obispos, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, que
según su propio ministerio y carisma se esfuerzan por
mantener viva la luz de la fe.
Después, ante la Virgen de los Desamparados, que los
valencianos veneran con gran fervor y profunda devoción, le
he implorado que sostenga su fe y llene de esperanza a todos
sus hijos. Allí, acompañando a las familias de las víctimas
del Metro, he rezado también con ellas un Padrenuestro por
el eterno descanso de sus seres queridos.
Ahora deseo saludaros con afecto, queridos seminaristas,
acompañados de vuestros familiares, que viven con gozo la
dicha de vuestra vocación. El amor, entrega y fidelidad de
los padres, así como la concordia en la familia, es el
ambiente propicio para que se escuche la llamada divina y se
acoja el don de la vocación. Vivid intensamente los años de
preparación en el seminario, con la ayuda y el
discernimiento de los formadores, y con la docilidad y
confianza total de los Apóstoles, que siguieron a Jesús
prontamente. Aprended de la Virgen María cómo se acoge sin
reservas esta llamada, con alegría y generosidad. Esto lo
recordamos y lo pedimos precisamente en la bella oración del
Ángelus que a continuación rezaremos todos juntos, rogando
también «al Señor de la mies que mande trabajadores a su
mies» (Mt 9, 38).
Y ahora, con amor filial y en valenciano, me dirijo a la
Virgen, vuestra Patrona. «Davant de la Cheperudeta vullc
dirli: "Ampareumos nit i dia en totes les necessitats, puix
que sou, Verge María, Mare dels Desamparats".» [«Ante la
Jorobadita quiero decirle: "Ampáranos noche y día en todas
las necesidades, ya que sois, Virgen María, Madre de los
Desamparados"».
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Palabras de
Su Santidad
CEREMONIA DE DESPEDIDA - AEROPUERTO DE MANISES (VALENCIA)
Majestades,
Señor Presidente del Gobierno y distinguidas Autoridades,
Señores Cardenales y Hermanos en el episcopado,
Queridos hermanos y hermanas:
1. Al concluir mi grata estancia en Valencia con motivo del
V Encuentro Mundial de las Familias, agradezco vivamente a
Sus Majestades los Reyes de España, a las Autoridades de la
Nación, de la Generalitat de Valencia, del Ayuntamiento y de
la Diputación, así como al Señor Arzobispo y a todos
vosotros, la amable hospitalidad que me habéis dispensado y
las muestras de afecto en todos los momentos de mi visita a
esta floreciente tierra levantina.
2. Confío en que, con la ayuda
del Altísimo y la maternal protección de la Virgen María,
este Encuentro siga resonando como un canto gozoso del amor,
de la vida y de la fe compartida en las familias, ayudando
al mundo de hoy a comprender que la alianza matrimonial, por
la que el varón y la mujer establecen un vínculo permanente,
es un gran bien para toda la humanidad.
3. Gracias por vuestra
presencia aquí. Habéis venido de todos los continentes del
mundo, con no pocos sacrificios que habéis afrontado y
ofrecido al Señor. Os llevo en mi corazón. Mis sentimientos
se unen a mi oración para que el Todopoderoso os bendiga hoy
y siempre.
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C/
MIGUEL DE UNAMUNO, 10 - 28660 BOADILLA DEL
MONTE (MADRID) - Tel. 91 632 5069
NÚMERO DE VISITAS: 9018 |
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