Ficha de LA NUBE DEL NO-SABER
Autor anónimo inglés del siglo XIV
Índice
1. De los cuatro grados de la vida cristiana;
del desarrollo de la vocación de aquel para quien he escrito este libro.
2. Breve
exhortación a la humildad y a la actividad contemplativa.
3. Cómo
se ha de hacer la contemplación; de su excelencia sobre las demás actividades.
4. De la
simplicidad de la contemplación; que no se ha de adquirir por el conocimiento o
la imaginación.
5. Que
durante la oración contemplativa todas las cosas creadas y sus obras han de ser
sepultadas bajo la nube del olvido.
6. Breve
explicación de la contemplación en la forma de un diálogo.
7. Cómo
se ha de conducir una persona durante la oración respecto a los pensamientos,
especialmente respecto a los que nacen de la curiosidad e inteligencia natural.
8. Una
buena exposición de ciertas dudas que pueden suscitarse respecto a la
contemplación; que la curiosidad del hombre, su saber y su natural inteligencia
han de abandonarse en este trabajo; de la distinción entre los grados y las
partes de la vida activa y contemplativa.
9. Que
los pensamientos más sublimes son más obstáculo que ayuda durante el tiempo de
la oración contemplativa.
10. De la
manera que tiene el hombre de conocer cuándo sus pensamientos son pecaminosos;
de la diferencia entre pecados mortales y veniales.
11. Que
el hombre ha de valorar con precisión sus pensamientos e inclinaciones y evitar
una actitud de descuido con respecto al pecado venial.
12. Que
en la contemplación queda destruido el pecado y se fomenta toda clase de bien.
13. De la
naturaleza de la humildad; cuándo es perfecta y cuándo es imperfecta.
14. Que
en esta vida la humildad imperfecta ha de preceder a la perfecta.
15. Una
prueba de que los que piensan que el motivo más perfecto de la humildad es la
comprensión de la bajeza del hombre están en un error.
16. Que
un pecador verdaderamente convertido y llamado a la contemplación llega a la
perfección del modo más rápido a través de la contemplación; que este es el
camino más seguro para obtener de Dios el perdón del pecado.
17. Que
un verdadero contemplativo no ha de mezclarse en la vida activa ni preocuparse
de lo que está a su alrededor, ni siquiera defenderse contra los que le
critican.
18. Cómo
hasta el presente las personas activas critican a las contemplativas por
ignorancia, lo mismo que Marta criticó a María.
19. Breve
defensa del autor en que enseña que los contemplativos han de excusar a las
personas activas que se quejan de ellos.
20. Que
de un modo espiritual Dios todopoderoso defenderá a todos los que por su amor
no abandonen su contemplación para defenderse a sí mismos.
21. Una
verdadera explicación del pasaje evangélico: «María ha elegido la mejor parte».
22. Del
maravilloso amor que Cristo tuvo por María Magdalena, que representa a todos
los pecadores verdaderamente arrepentidos y llamados a la contemplación.
23. Que
en el camino espiritual Dios contestará por y cuidará de todos aquellos que no
abandonan su contemplación para responder por y cuidarse de sí mismos.
24. Qué
sea la caridad en sí misma; y cómo se contiene sutil y perfectamente en el amor
contemplativo.
25. Que
durante el tiempo de la oración contemplativa, el perfecto contemplativo no
centra su atención en ninguna persona en particular.
26. Que
sin una gracia especial o una prolongada fidelidad a la gracia ordinaria, la
oración contemplativa es muy difícil; que esta obra es sólo posible con la
gracia, que es la obra de Dios.
27. Quién
ha de comprometerse en la obra de la contemplación.
28. Que
el hombre no debe atreverse a iniciar la contemplación hasta haber purificado
su conciencia de todo pecado particular según la ley de la Iglesia.
29. Que
el hombre ha de perseverar pacientemente en la obra de contemplación,
soportando alegremente sus sufrimientos y sin juzgar a nadie.
30. Quién
tiene el derecho de juzgar y censurar las faltas de los demás.
31. Cómo
han de conducirse los principiantes en la contemplación con respecto a sus
pensamientos e inclinaciones al pecado.
32. De
dos recursos espirituales que pueden aprovechar a los principiantes en la
contemplación.
33. Que
la persona se purifica de sus pecados particulares y de sus consecuencias por
medio de la contemplación; sin embargo, nunca llega a la seguridad perfecta en
esta vida.
34. Que
Dios da el don de la contemplación libremente y sin recurrir a métodos; los
métodos solos nunca pueden suscitarla.
35. De la
«lectura», el «pensamiento» y la «oración», tres hábitos que ha de desarrollar
el principiante en la contemplación.
36. Del
modo de meditar propio de los contemplativos.
37. De la
oración personal propia de los contemplativos.
38. Cómo
y por qué una breve oración penetra los cielos.
39. Cómo
ora el contemplativo avanzado; qué es la oración; y qué palabras son las más
adecuadas a la naturaleza de la oración contemplativa.
40. Que
durante la contemplación la persona da de lado toda meditación sobre la
naturaleza de la virtud y del vicio.
41. Que
en todo, excepto en la contemplación, la persona ha de ser moderada.
42. Que
no teniendo moderación en la contemplación, el hombre puede llegar a la
perfecta moderación en todo lo demás.
43. Que
el hombre ha de perder la conciencia radical de concentración en su propio ser,
si es que quiere llegar a las altas cimas de la contemplación en esta vida.
44. Cómo
se ha de disponer la persona a fin de destruir la conciencia elemental de
concentración en su propio ser.
45. Una
buena exposición de ciertos engaños que pueden acechar al contemplativo.
46. Una
instrucción provechosa para evitar estos engaños; que en la contemplación se ha
de confiar más en un entusiasmo gozoso que en la simple fuerza bruta.
47. Cómo
crecer hasta la perfección de la pureza del espíritu; cómo manifiesta un
contemplativo su deseo a Dios de una manera y los hombres de otra.
48. Que
Dios desea ser servido por el hombre en cuerpo y alma; que él glorificará a
ambos; y cómo distinguir entre goces espirituales buenos y malos.
49. Que
la esencia de toda perfección es una buena voluntad; los consuelos sensibles no
son esenciales para la perfección en esta vida.
50. Qué
se entiende por amor puro; que algunas personas experimentan poca consolación
sensible mientras que otras experimentan mucha.
51. Que
los hombres han de procurar no interpretar literalmente lo que se dice en
sentido espiritual, en particular el «dentro» y «arriba».
52. Cómo
algunos jóvenes principiantes presuntuosos interpretan mal la palabra «dentro»;
los engaños que resultan de ello.
53. De
los diversos amaneramientos inadecuados en que caen los pseudocontemplativos.
54. Que
la contemplación agracia al hombre con sabiduría y equilibrio y le hace
atractivo en cuerpo y espíritu.
55. Que
los que condenan el pecado con celo indiscreto quedan burlados.
56. Que
aquellos que confían más en su propia inteligencia natural y en el saber humano
que en la doctrina común y la dirección de la Iglesia están engañados.
57. Cómo
algunos jóvenes presuntuosos principiantes distorsionan la palabra «arriba»;
los engaños que se siguen.
58. Que
ciertos ejemplos de san Martín y san Esteban no se han de tomar literalmente
como ejemplos de elevación hacia arriba durante la oración.
59. Que
la ascensión corporal de Cristo no ha de tomarse como ejemplo para probar que
los hombres han de forzar su mente hacia arriba durante la oración; que en la
contemplación se ha de olvidar el tiempo, el lugar y el cuerpo.
60. Que
el camino más suave y más seguro del cielo se mide por los deseos y no por los
kilómetros.
61. Que
en el recto orden de la naturaleza la carne está sujeta al espíritu y no
viceversa.
62. De
cómo el hombre puede saber cuándo su actividad espiritual está por debajo y
fuera de él, a su mismo nivel y dentro de él, y cuándo está por encima de él,
pero debajo de Dios.
63. De
las facultades del espíritu en general; cómo la memoria, como facultad
principal, abarca en sí misma todas las demás facultades y sus obras.
64. De
las otras dos facultades principales, la razón y la voluntad; cómo funcionaban
antes del pecado original.
65. De la
primera facultad secundaria, la imaginación; cómo funciona y cómo la ha dañado
el pecado original.
66. De la
otra facultad secundaria, la percepción sensorial; cómo funciona y cómo ha sido
dañada por el pecado original.
67. La
ignorancia respecto al funcionamiento de las potencias del alma puede llevar
fácilmente a error y a entender mal la instrucción sobre la contemplación; de
cómo la persona se hace casi divina por la gracia.
68. Que
no estar en ninguna parte físicamente significa estar en todas espiritualmente;
que nuestro yo superficial puede ridiculizar la contemplación como una pérdida
de tiempo.
69. De
cómo el amor del hombre queda maravillosamente transformado en la experiencia
interior de esta nada y de esta falta de lugar.
70. Que
así como comenzamos a entender lo espiritual allí donde termina el conocimiento
del sentido, de la misma manera llegamos mucho más fácilmente a la altísima
comprensión de Dios, posible en esta vida con ayuda de la gracia, donde termina
nuestro conocimiento espiritual.
71. Que
algunas personas experimentan la perfección de la contemplación en raros
momentos de éxtasis, llamados «raptos», mientras que otras lo experimentan
cuando están en medio de su trabajo rutinario de cada día.
72. Que
un contemplativo no debe tomar su propia experiencia como criterio para otros
contemplativos.
73. Que
el Arca de la Alianza es figura de la contemplación; que Moisés, Besalel y
Aarón y su comunicación con el Arca representan tres caminos de contemplación.
74. Que
todo aquel que está llamado a la contemplación podrá reconocer algo afín a su
espíritu al leer este libro y que sólo a esta persona se le debiera permitir
leerlo o escucharlo; se repiten las observaciones del prólogo.
75. De
ciertos signos por los que el hombre puede saber si Dios le llama o no a la
contemplación.
LA NUBE DEL NO-SABER
1
De los cuatro grados de la
vida cristiana;
del desarrollo de la vocación
de aquel
para quien he escrito este
libro
Mi querido amigo: quisiera comunicarte cuanto he
observado sobre la vida cristiana. En general, esta parece avanzar a través de
cuatro etapas de crecimiento que yo llamo la común, la especial, la singular y
la perfecta. Las tres primeras pueden iniciarse y mantenerse en esta vida
mortal, pero la cuarta, aunque iniciada aquí, continuará sin fin hasta la
alegría de la eternidad. ¿Te das cuenta de que he colocado estas etapas dentro
de un orden concreto? Lo he hecho porque creo que nuestro Señor en su gran misericordia
te está llamando a avanzar siguiendo sus pasos. Descubro la llamada que te hace
en el deseo hacia él, que arde en tu corazón.
Tú sabes que durante un tiempo vivías la forma
común de la vida cristiana en una existencia mundana y rutinaria con tus
amigos. Pero creo que el amor eterno de Dios, que te creó de la nada y te
redimió de la maldición de Adán por medio del sacrificio de su sangre, no podía
consentir que vivieras una vida tan común alejada de él.
De este modo, con delicadeza exquisita, despertó
el deseo dentro de ti y, atándolo rápidamente con la rienda del ansia amorosa,
te atrajo más cerca de él, con esa manera de vivir que he llamado especial. Te
llamó a ser su amigo y, en compañía de sus amigos, aprendiste a vivir la vida
interior con más perfección de lo que era posible en la vida común u ordinaria.
¿Hay algo más? Sí, pues creo que, desde el
principio, el amor de Dios por ti fue tan grande que su corazón no pudo quedar
ni tan siquiera satisfecho con esto. ¿Qué hizo? ¿No ves con qué amabilidad y
suavidad te ha traído a la tercera vía, la vida singular? Sí, ahora vives en el
centro más profundo y solitario de tu ser aprendiendo a dirigir tu ardiente
deseo hacia la forma más alta y definitiva de amor que he llamado perfecta.
2
Breve exhortación a la
humildad
y a la actividad
contemplativa
Anímate, pues, y frágil mortal como eres, trata
de entenderte a ti mismo. ¿Piensas que eres alguien especial o que has merecido
el favor del Señor? ¿Cómo puede ser tu corazón tan pesado y tan falto de espíritu
que no se levante continuamente por la atracción del amor del Señor y el sonido
de su voz? Tu enemigo te sugerirá que descanses en tus laureles. Pero estate
alerta frente a su perfidia. No te engañes pensando que eres mejor y más santo
porque fuiste llamado o porque has avanzado en la vía singular de la vida. Por
el contrario, serás un desgraciado, culpable y digno de lástima, a menos que
con la ayuda de Dios y de su dirección hagas todo lo que está en tu mano para
vivir tu vocación. Lejos de engreírte, deberás ser cada vez más humilde y
entregado a tu Señor al considerar lo mucho que se ha abajado hasta llamarte
aquel que es el Dios todopoderoso, Rey de reyes y Señor de los señores. Pues de
todo su rebaño te ha elegido amorosamente para ser uno de sus amigos
especiales.
Te ha conducido a suaves praderas y te ha
alimentado con su amor, forzándote a tomar posesión de tu herencia en su reino.
Te pido, pues, que sigas tu curso sin desmayo.
Espera el mañana y deja el ayer. No te importe lo que hayas conseguido. Trata
más bien de alcanzar lo que tienes delante. Si haces esto, permanecerás en la
verdad. Por el momento, si quieres crecer has de alimentar en tu corazón el
ansia viva de Dios. Si bien este deseo vivo es un don de Dios, a ti corresponde
el alimentarlo. Ten en cuenta esto: Dios es un amante celoso. Está actuando en
tu espíritu y no tolerará sucedáneos. Tú eres el único a quien necesita. Todo
lo que pide de ti es que pongas su amor en él y que le dejes a él solo. Cierra
las puertas y ventanas de tu espíritu contra la invasión de pestes y enemigos y
busca suplicante su fuerza; si así lo haces te verás a salvo de ellos. Insiste,
pues. Quiero ver cómo caminas. Nuestro Señor está siempre dispuesto. Él sólo
espera tu cooperación.
Pero, me preguntas, ¿cómo seguir? ¿Qué he de
hacer a continuación?
3
Cómo se ha de hacer la
contemplación;
de su excelencia sobre las
demás actividades
He aquí lo que has de hacer. Eleva tu corazón al
Señor; con un suave movimiento de amor, deseándole por si mismo y no por sus
dones. Centra tu atención y deseo en él y deja que sea esta la única
preocupación de tu mente y tu corazón. Haz todo lo que esté en tu mano para
olvidar todo lo demás, procurando que tus pensamientos y deseos se vean libres de
todo afecto a las criaturas del Señor o a sus asuntos tanto en general como en
particular. Quizá pueda parecer una actitud irresponsable, pero, créeme, déjate
guiar; no les prestes atención.
Lo que estoy describiendo es la obra
contemplativa del espíritu. Es la que más agrada a Dios. Pues cuando pones tu
amor en él y te olvidas de todo lo demás, los santos y los ángeles se regocijan
y se apresuran a asistirte en todos los sentidos, aunque los demonios rabien y
conspiren sin cesar para perderte. Los hombres, tus semejantes, se enriquecen
de modo maravilloso por esta actividad tuya, aunque no sepas bien cómo. Las
mismas almas del purgatorio se benefician, pues sus sufrimientos se ven
aliviados por los efectos de esta actividad. Y por supuesto, tu propio espíritu
queda purificado y fortalecido por esta actividad contemplativa más que por
todas las demás juntas. En compensación, cuando la gracia de Dios llegue a
entusiasmarte, se convierte en la actividad más liviana y una de las que se
hacen con más agrado. Sin su gracia, en cambio, es muy difícil y, casi diría
yo, fuera de tu alcance.
Persevera, pues, hasta que sientas gozo en ella.
Es natural que al comienzo no sientas más que una especie de oscuridad sobre tu
mente o, si se quiere, una nube del no-saber Te parecerá que no conoces ni
sientes nada a excepción de un puro impulso hacia Dios en las profundidades de
tu ser. Hagas lo que hagas, esta oscuridad y esta nube se interpondrán entre ti
y tu Dios. Te sentirás frustrado, ya que tu mente será incapaz de captarlo y tu
corazón no disfrutará las delicias de su amor.
Pero aprende a permanecer en esa oscuridad.
Vuelve a ella tantas veces como puedas, dejando que tu espíritu grite en aquel
a quien amas. Pues si en esta vida esperas sentir y ver a Dios tal como es, ha
de ser dentro de esta oscuridad y de esta nube. Pero si te esfuerzas en fijar
tu amor en él olvidando todo lo demás -y en esto consiste la obra de
contemplación que te insto a que emprendas-, tengo la confianza de que Dios en
su bondad te dará una experiencia profunda de si mismo.
4
De la simplicidad de la
contemplación;
que no se ha de adquirir por
el conocimiento
o la imaginación
Acabo de describir un poco de lo que supone la
actividad contemplativa. Ahora quiero estudiarla con más detenimiento, tal como
yo la entiendo; a fin de que puedas proceder en ella con seguridad y sin
errores.
Esta actividad no lleva tiempo aun cuando algunas
personas crean lo contrario. En realidad es la más breve que puedes imaginar;
tan breve como un átomo, que a decir de los filósofos es la división más
pequeña del tiempo. El átomo es un momento tan breve e integral que la mente
apenas si puede concebirlo. No obstante, es de suma importancia, pues de esta
medida mínima de tiempo se ha escrito: «Habréis de responder de todo el tiempo
que os he dado. Y esto es totalmente exacto, pues tu principal facultad
espiritual, la voluntad, sólo necesita esta breve fracción de un momento para
dirigirse hacia el objeto de su deseo.
Si por la gracia fueras restablecido a la
integridad que el hombre poseía antes de pecar, serías dueño total de estos
impulsos. Ninguno de ellos se extraviaría, sino que volaría al único bien, meta
de todo deseo,
Dios mismo. Pues Dios nos creó a su imagen y
semejanza, haciéndonos iguales a él, y en la Encarnación se yació de su
divinidad, haciéndose hombre como nosotros. Es Dios, y sólo él, quien puede
satisfacer plenamente el hambre y el ansia de nuestro espíritu, que,
transformado por su gracia redentora, es capaz de abrazarlo por el amor. El, a
quien ni hombre ni ángeles pueden captar por el conocimiento, puede ser
abrazado por el amor. El intelecto de los hombres y de los ángeles es demasiado
pequeño para comprender a Dios tal cual es en si mismo.
Intenta comprender este punto. Las criaturas
racionales, como los hombres y los ángeles, poseen dos facultades principales:
la facultad de conocer y la facultad de amar.
Nadie puede comprender totalmente al Dios
increado con su entendimiento; pero cada uno, de maneras diferentes, puede
captarlo plenamente por el amor. Tal es el incesante milagro del amor: una
persona que ama, a través de su amor, puede abrazar a Dios, cuyo ser llena y
trasciende la creación entera. Y esta maravillosa obra del amor dura para
siempre, pues aquel a quien amamos es eterno. Cualquiera que tenga la gracia de
apreciar la verdad de lo que estoy diciendo, que se tome a pecho mis palabras,
pues experimentar este amor es la alegría de la vida eterna y perderlo es el
tormento eterno.
Quien, con la ayuda de la gracia de Dios, se da
cuenta de los movimientos constantes de la voluntad y aprende a dirigirlos
hacia Dios, nunca dejará de gustar algo del gozo del cielo, incluso en esta
vida. Y en el futuro, ciertamente lo saboreará plenamente. ¿Ves ahora por qué
te incito a esta obra espiritual? Si el hombre no hubiera pecado, te habrías
aficionado a ella espontáneamente, pues el hombre fue creado para amar y todo
lo demás fue creado para hacer posible el amor. A pesar de todo, el hombre
quedará sanado por la obra del amor contemplativo. Al fallar en esta obra se
hunde más a fondo en el pecado y se aleja más de Dios. Pero, perseverando en
ella, surge gradualmente del pecado y se adentra en la intimidad divina.
Por tanto, está atento al tiempo y a la manera de
emplearlo. Nada hay más precioso. Esto es evidente si te das cuenta de que en
un breve momento se puede ganar o perder el cielo. Dios, dueño del tiempo,
nunca da el futuro. Sólo da el presente, momento a momento, pues esta es la ley
del orden creado. Y Dios no se contradice a sí mismo en su creación. El tiempo
es para el hombre, no el hombre para el tiempo. Dios, el Señor de la
naturaleza, nunca anticipará las decisiones del hombre que se suceden una tras
otra en el tiempo. El hombre no tendrá excusa posible en el juicio final diciendo
a Dios: «Me abrumaste con el futuro cuando yo sólo era capaz de vivir en el
presente».
Veo que ahora estás desanimado y te dices a ti
mismo: «¿Qué he de hacer? Si todo lo que dice es verdad, ¿cómo justificaré mi
pecado? Tengo 24 años y hasta este momento apenas si me he dado cuenta del
tiempo. Y lo que es peor, no podría reparar el pasado aunque quisiera, pues
según lo que me acaba de enseñar,
esa tarea es imposible por naturaleza, incluso
con la ayuda de la gracia ordinaria. Sé muy bien, además, que en el futuro
probablemente no estaré más atento al momento presente de lo que lo he estado
en el pasado. Estoy completamente desanimado. Ayúdame por el amor de Jesús».
Bien has dicho «por el amor de Jesús. Pues sólo
en su amor encontrarás ayuda. En el amor se comparten todas las cosas, y si
amas a Jesús, todo lo suyo es tuyo. Como Dios, es el creador y dispensador del
tiempo; como hombre, aprovechó el tiempo de una manera consciente; como Dios y
hombre es el justo juez de los hombres y de su uso del tiempo. Únete, pues, a
Jesús, en fe y en amor de manera que perteneciéndole puedas compartir todo lo
que tiene y entrar en la amistad de los que le aman. Esta es la comunión de los
santos y estos serán tus amigos: nuestra Señora, santa María, que estuvo llena de
gracia en todo momento; los ángeles, que son incapaces de perder tiempo, y
todos los santos del cielo y de la tierra, que por la gracia de Jesús emplean
todo su tiempo en amar. Fíjate bien, aquí está tu fuerza. Comprende lo que digo
y anímate. Pero recuerda, te prevengo de una cosa por encima de todo. Nadie
puede exigir la verdadera amistad con Jesús, su madre, los ángeles y los
santos, a menos que haga todo lo que está en su mano con la gracia de Dios para
aprovechar el tiempo. Ha de poner su parte, por pequeña que sea, para
fortalecer la amistad, de la misma manera que esta le fortalece a él.
No debes, pues, descuidar esta obra de
contemplación. Procura también apreciar sus maravillosos efectos en tu propio
espíritu. Cuando es genuina, es un simple y espontáneo deseo que salta de
repente hacia Dios como la chispa del fuego. Es asombroso ver cuántos bellos
deseos surgen del espíritu de una persona que está acostumbrada a esta
actividad. Y sin embargo, quizá sólo una de ellas se vea completamente libre de
apego a alguna cosa creada. Q puede suceder también que tan pronto un hombre se
haya vuelto hacia Dios, llevado de su fragilidad humana, se encuentre distraído
por el recuerdo de alguna cosa creada o de algún cuidado diario. Pero no
importa. Nada malo ha ocurrido: esta persona volverá pronto a un recogimiento
profundo.
Pasamos ahora a la diferencia entre la obra
contemplativa y sus falsificaciones tales como los ensueños, las fantasías o
los razonamientos sutiles. Estos se originan en un espíritu presuntuoso,
curioso o romántico, mientras que el puro impulso de amor nace de un corazón
sincero y humilde. El orgullo, la curiosidad y las fantasías o ensueños han de
ser controlados con firmeza si es que la obra contemplativa se ha de alumbrar
auténticamente en la intimidad del corazón. Probablemente, algunos dirán sobre
esta obra y supondrán que pueden llevarla a efecto mediante ingeniosos
esfuerzos. Probablemente forzarán su mente e imaginación de un modo no natural
y sólo para producir un falso trabajo que no es ni humano ni divino. La verdad
es que esta persona está peligrosamente engañada. Y temo que, a no ser que Dios
intervenga con un milagro que la lleve a abandonar tales prácticas y a buscar
humildemente una orientación segura, caerá en aberraciones mentales o en
cualquier otro mal espiritual del demonio engañador. Corre, pues, el riesgo de
perder cuerpo y alma para siempre. Por amor de Dios, pon todo tu empeño en esta
obra y no fuerces nunca tu mente ni imaginación, ya que por este camino no
llegarás a ninguna parte. Deja estas facultades en paz.
No creas que porque he hablado de la oscuridad y
de una nube pienso en las nubes que ves en un cielo encapotado o en la
oscuridad de tu casa cuando tu candil se apaga. Si así fuera, con un poco de
fantasía podrías imaginar el cielo de verano que rompe a través de las nubes o
en una luz clara que ilumina el oscuro invierno. No es esto lo que estoy
pensando; olvídate, pues, de tal despropósito. Cuando hablo de oscuridad,
entiendo la falta o ausencia de conocimiento. Si eres incapaz de entender algo
o si lo has olvidado, ¿no estás acaso en la oscuridad con respecto a esta cosa?
No la puedes ver con los ojos de tu mente. Pues
bien, en el mismo sentido, yo no he dicho «nube», sino «nube del no-saber».
Pues es una oscuridad del no-saber que está entre ti y tu Dios.
5
Que durante la oración
contemplativa todas las cosas
creadas y sus obras han de
ser sepultadas
bajo la nube del olvido
Si deseas entrar en esta nube, permanecer en ella
y proseguir la obra de amor de la contemplación, a la cual te estoy urgiendo,
tienes que hacer otra cosa. Así como la nube del no-saber está sobre ti, entre
ti y tu Dios, de la misma manera debes extender una nube del olvido por debajo
de ti, entre ti y todo lo creado. la nube del no-saber te dejará quizá con la
sensación de que estás lejos de Dios. Pero no, si es auténtica, sólo la
ausencia de una nube del olvido te mantiene ahora alejado de él. Siempre que
digo «todas las criaturas», me refiero no sólo a todo lo creado, sino a todas
sus circunstancias y actividades: No hago excepción alguna. Tu obligación es no
vincularte a criatura alguna, sea material o espiritual, ni a su situación ni
hechos, sean buenos o malos. Para expresarlo brevemente, durante este trabajo
has de abandonarlos a todos ellos bajo la nube del olvido.
Pues aunque en ciertos momentos y circunstancias
es necesario y útil detenerse en situaciones y actividades concretas que atañen
a personas y cosas, durante esta actividad es casi inútil. El pensamiento y el
recuerdo son formas de comprensión espiritual en las que el ojo del espíritu se
abre y se cierra sobre las cosas como el ojo del tirador sobre su objetivo.
Pero te insisto en que todo aquello en lo que te detienes durante esta
actividad resulta un obstáculo a la unión con Dios. Pues si tu mente está
bloqueada con estas preocupaciones, no hay lugar para él.
Y con toda la debida reverencia, llego hasta a
afirmar que es completamente inútil pensar que puedes alimentar tu obra
contemplativa considerando los atributos de Dios, su bondad o su dignidad; o
pensando en nuestra Señora, los ángeles o los santos; o en los goces del cielo,
por maravillosos que sean. Creo que este tipo de actividad ya no te sirve para
nada. Desde luego, es laudable reflexionar sobre la bondad y el amor de Dios y
alabarle por ello. Sin embargo, es mucho mejor que tu mente descanse en la
conciencia de él mismo, en su existencia desnuda y le ame y le alabe por lo que
es en si mismo.
6
Breve explicación de la
contemplación
en la forma de un diálogo
Pero tú dices: «¿Cómo puedo hacer para pensar en
Dios tal cual es en si mismo?». A esto sólo puedo responder: «No lo sé».
Con esta pregunta me llevas a la misma oscuridad
y nube del no-saber a la que quiero que entres. El hombre puede conocer
totalmente y ponderar todo lo creado y sus obras, y también las obras de Dios,
pero no a Dios mismo. El pensamiento no puede comprender a Dios. Por eso,
prefiero abandonar todo lo que puedo conocer, optando más bien por amar a aquel
a quien no puedo conocer. Aunque no podemos conocerle, sí que podemos amarle.
Por el amor puede ser alcanzado y abrazado, pero nunca por el pensamiento. Por
supuesto, que hacemos bien a veces en ponderar la majestad de Dios o su bondad
por la comprensión que estas meditaciones pueden proporcionar. Pero en la
verdadera actividad contemplativa has de dejar todo esto aparte y cubrirlo con
una nube del olvido. Deja, pues, que tu devoto, gracioso y amoroso deseo avance,
decidida y alegremente, más allá de esto, llegue a penetrar la oscuridad que
está encima. Si, golpea esa densa nube del no-saber con el dardo de tu amoroso
deseo y no ceses, suceda lo que suceda.
7
Cómo se ha de conducir una
persona durante la oración
respecto a los pensamientos,
especialmente respecto a los
que nacen de la curiosidad e
inteligencia natural
Es inevitable que las ideas surjan en tu mente y
traten de distraerte de mil maneras. Te preguntarán diciendo:
«¿Qué es lo que buscas?, ¿qué quieres?». A todas
ellas debes responder: «A Dios solo busco y deseo, a él solo».
Y si te preguntan: «¿Quién es este Dios?», diles
que es el Dios que te creó, que te redimió y te trajo a esta obra. Di a tus
pensamientos: «Sois incapaces de captarle. Dejadme». Dispérsalos volviéndote a
Jesús con amoroso deseo. No te sorprendas si tus pensamientos parecen santos y
valiosos para la oración. Con toda probabilidad te encontrarás a ti mismo
pensando en las maravillosas cualidades de Jesús, su dulzura, su amor, su
gracia, su misericordia. Pero si prestas atención a estas ideas, verás que han
conseguido lo que deseaban de ti, y continuarán hablándote hasta inclinarte
hacia el pensamiento de la Pasión. Vendrán después ideas sobre su gran bondad y
si continúas atento, estarán complacidas. Pronto te encontrarás pensando en tu
vida pecadora y quizá con este motivo te podrás acordar de algún lugar en que
viviste en tu vida pasada, hasta que de repente, antes de que te des cuenta, tu
mente se habrá disipado por completo.
Y, sin embargo, no eran malos pensamientos. En
realidad eran pensamientos buenos y santos, tan valiosos que todo el que desee
avanzar sin haber meditado con frecuencia en sus propios pecados, en la Pasión
de Cristo, la mansedumbre, bondad y dignidad de Dios, se extraviará y fracasará
en su intento. Pero una persona que ha meditado largamente estas cosas ha de
dejarlas detrás, bajo la nube del olvido, si es que quiere penetrar la nube del
no-saber que está entre él y su Dios.
Por eso, siempre que te sientas movido por la
gracia a la actividad contemplativa y estés determinado a realizarla, eleva con
sencillez tu corazón a Dios con un suave movimiento de amor. Piensa solamente
en Dios que te creó, que te redimió y te guió a esta obra. No dejes que otras
ideas sobre Dios entren en tu mente. Incluso esto es demasiado. Basta con un
puro impulso hacia Dios, el deseo de él solo.
Si quieres centrar todo tu deseo en una simple
palabra que tu mente pueda retener fácilmente, elige una palabra breve mejor
que una larga. Palabras tan sencillas como «Dios» o «Amor» resultan muy
adecuadas. Pero has de elegir una que tenga significado para ti. Fíjala luego
en tu mente, de manera que permanezca allí suceda lo que suceda. Esta palabra
será tu defensa tanto en la guerra como en la paz. Sírvete de ella para golpear
la nube de la oscuridad que está sobre ti y para dominar todas las
distracciones, fijándolas en la nube del olvido, que tienes debajo de ti. Si
algún pensamiento te siguiera molestando queriendo saber lo que haces, respóndele
con esta única palabra. Si tu mente comienza a intelectualizar el sentido y las
connotaciones de esta «palabrita», acuérdate de que su valor estriba en su
sencillez. Haz esto y te aseguro que tales pensamientos desaparecerán. ¿Por
qué? Porque te has negado a desarrollarlos discutiendo con ellos.
8
Una buena exposición de
ciertas dudas que pueden
suscitarse respecto a la
contemplación; que la curiosidad
del hombre, su saber y su
natural inteligencia han de
abandonarse en este trabajo;
de la distinción entre los
grados y las partes de la
vida activa y contemplativa
Pero ahora me dices: «¿Cómo he de juzgar estas
ideas que actúan sobre mí cuando rezo? ¿Son buenas o malas? Y si son malas, me
extraña mucho porque despiertan grandemente mi devoción. A veces son un alivio
real e incluso me hacen llorar de pena ante la Pasión de Cristo o de mis
propios pecados.
Por otras razones también estoy inclinado a creer
que estas santas meditaciones me hacen un gran bien. Por eso, si no son malas
sino positivamente buenas, no comprendo por qué me aconsejas que las deje
debajo de una nube del olvido».
Las preguntas que me haces son muy buenas y
trataré de responderlas lo mejor que pueda. Quieres conocer, en primer lugar,
qué clase de pensamientos son, ya que parecen ser tan útiles. A esto respondo:
son las ideas claras de tu inteligencia natural que la razón concibe en tu
mente. A lo de si son buenas o malas, insistiré en que son siempre buenas en si
mismas, ya que tu inteligencia es un reflejo de la inteligencia divina. Son
buenas, ciertamente, cuando con la gracia de Dios te ayudan a comprender tus
pecados, la Pasión de Cristo, la bondad de Dios o las maravillas que obra a
través de la creación. Nada de extraño si estas reflexiones arraigan tu
devoción. Pero son malas cuando, hinchadas por el orgullo, la curiosidad
intelectual y el egoísmo, corrompen tu mente. Pues entonces has dejado a un
lado la mente humilde de un sabio, de un maestro en teología y ascética para
ser como esos sabios orgullosos del demonio, expertos en vanidades y mentiras.
Lo digo como una advertencia para todos. La inteligencia natural se inclina al
mal siempre que se llena de orgullo y de curiosidad innecesaria sobre negocios
mundanos y vanidades humanas o cuando egoístamente anhela las dignidades
mundanas, las riquezas, los placeres vanos, o la vanidad.
Me preguntas ahora: si estos pensamientos no sólo
son buenos en si mismos sino que además pueden usarse para bien, ¿por qué los
debo dejar bajo una nube de olvido? Responder a esto precisa cierta
explicación. Comenzaré diciendo que en la Iglesia hay dos clases o formas de
vida, la activa y la contemplativa. La vida activa es inferior, y la
contemplativa superior. Dentro de la vida activa hay también dos grados, uno
bajo y otro más alto. Pero estas dos vidas son tan complementarias que, si bien
son totalmente diferentes entre sí, ninguna de las dos puede existir
independientemente de la otra. Pues el grado superior de la vida activa se
introduce en el grado inferior de la contemplativa, de manera que, por activa
que sea una persona, es también al mismo tiempo parcialmente contemplativa. Y
cuando el hombre es tan contemplativo como puede ser en esta vida, en cierta
medida sigue siendo activo.
La vida activa es de tal naturaleza que comienza
y termina en la tierra. La contemplativa, sin embargo, puede ciertamente
comenzar en la tierra pero continuará sin fin en la eternidad. Y ello porque la
vida contemplativa es la parte de María que no le será quitada. La vida activa,
en cambio, se ve turbada y preocupada por muchas cosas, pero la contemplativa
se sienta en paz con la única cosa necesaria.
En el grado inferior de la vida activa la persona
hace bien ocupándose en buenas acciones y obras de misericordia. En el grado
superior de la vida activa (que se funde con el grado inferior de la vida
contemplativa) el hombre comienza a meditar en las cosas del espíritu. Ahora es
cuando debe ponderar con lágrimas la maldad del hombre hasta adentrarse en la
Pasión de Cristo y los sufrimientos de sus santos con ternura y compasión. Es
ahora también cuando crece en el aprecio de la bondad de Dios y de sus dones y
comienza a alabarle y darle gracias por las maravillosas maneras con que actúa
en su creación. Pero en el grado más alto de la contemplación -tal como la conocemos
en esta vida- todo es oscuridad y una nube del no-saber Aquí uno se vuelve a
Dios con deseo amoroso de sólo él mismo y permanece en la ciega conciencia de
su desnudo ser.
Las actividades del grado inferior de la vida
activa dejan gran parte del potencial humano natural del hombre sin explotar.
En esta etapa vive, como si dijéramos, fuera de si mismo o por debajo de si
mismo. A medida que avanza hacia el grado superior de la vida activa (que se
funde con el grado inferior de la vida contemplativa) se va haciendo más
interior, viviendo más desde las profundidades de si mismo y haciéndose más
verdaderamente humano. Pero en el grado superior de la vida contemplativa se
trasciende a si mismo porque consigue por la gracia lo que por naturaleza está
por encima de él. Pues ahora se encuentra unido a Dios espiritualmente en una
comunión de amor y de deseo. La experiencia enseña que es necesario dejar a un
lado por un tiempo las obras del grado inferior de la vida activa, a fin de
adentrarse en el grado superior de la vida activa, que, como dijimos, se funde
en el grado inferior de la vida contemplativa. De la misma manera, llega un
momento en que es necesario dar de lado estas obras también a fin de avanzar
hacia el grado superior de la vida contemplativa. Y así como es error que una
persona que se sienta a meditar piense en las cosas que ha hecho o que hará sin
mirar si son buenas y dignas en si mismas, de la misma manera no está bien que
una persona que debiera estar ocupada en la obra de la contemplación en la
oscuridad de la nube del no-saber deje que las ideas sobre Dios, sus dones
maravillosos, su bondad o sus obras le distraigan de la atención a Dios mismo.
Es esta una cuestión distinta del hecho de que se trate de pensamientos buenos
que reportan confort y gozo. No tienen lugar aquí!.
Por ello te apremio a que deseches todo
pensamiento sabio o sutil por santo o valioso que sea. Cúbrelo con la espesa
nube del olvido porque en esta vida sólo el amor puede alcanzar a Dios, tal
cual es en sí mismo, nunca el conocimiento. Mientras vivimos en estos cuerpos
mortales, la agudeza de nuestro entendimiento permanece embotada por
limitaciones materiales siempre que trata con las realidades espirituales y más
especialmente con Dios. Nuestro razonamiento, pues, no es jamás puro
pensamiento, y sin la asistencia de la misericordia divina nos llevaría muy
pronto al error.
9
Que los pensamientos más
sublimes
son más obstáculo que ayuda
durante el tiempo
de la oración contemplativa
Así, pues, has de rechazar toda conceptualización
clara tan pronto como surja, ya que surgirá inevitablemente, durante la
actividad ciega del amor contemplativo. Si no las vences, ellas ciertamente te
dominarán a ti. Pues cuando más desees estar solo con Dios, más se deslizarán a
tu mente con tal cautela que sólo una constante vigilancia las podrá detectar.
Puedes estar seguro de que si estás ocupado con algo inferior a Dios, lo
colocas por encima de ti mientras piensas en ello y creas una barrera entre ti
y Dios. Has de rechazar, por tanto, con firmeza todas las ideas claras por
piadosas o placenteras que sean. Créeme lo que te digo: un amoroso y ciego
deseo hacia Dios sólo es más valioso en si mismo, más grato a Dios y a los
santos, más provechoso a tu crecimiento y de más ayuda a tus amigos, tanto
vivos como difuntos, que cualquier otra cosa que pudieras hacer. Y resulta
mayor bendición para ti experimentar el movimiento interior de este amor dentro
de la oscuridad de la nube del no-saber que contemplar a los ángeles y santos u
oír el regocijo y la melodía de su fiesta en el cielo.
¿Te sorprende esto? Se debe solamente a que no lo
has experimentado por ti mismo. Pero cuando lo experimentes, como creo
firmemente que lo harás con la gracia de Dios, entonces podrás entenderlo. Por
supuesto que en esta vida es imposible ver y poseer plenamente a Dios; pero,
con su gracia y a su tiempo, es posible gustar algo de él tal como es en si
mismo. Así, pues, entra en esta nube con una gran ansia de él. Q más bien,
diría yo, deja que Dios despierte en ti esta ansia y arrójate a él en esta
nube, mientras con la ayuda de su gracia te esfuerzas por olvidar todo lo
demás.
Recuerda que si las ideas claras que surgen sin
querer y que tú rechazas pueden molestarte y apartarte del Señor, privándote de
la experiencia de su amor, mucho más lo harán aquellas que tú cultivas
voluntariamente. Y si el pensamiento de un santo particular o de alguna
realidad puramente espiritual crea un obstáculo a esta actividad, cuánto más el
pensamiento del hombre mortal o de cualquier otro interés material o mundano.
No digo que estos pensamientos, deliberados o indeliberados, sean malos en si
mismos. Dios me libre de que me entiendas mal. No, lo que he querido decir es
que son un obstáculo más que una ayuda. Pues si buscas de verdad a Dios solo,
nunca encontrarás descanso ni contento en algo inferior a Dios.
10
De la manera que tiene el
hombre de conocer
cuándo sus pensamientos son
pecaminosos;
de la diferencia entre
pecados mortales y veniales
Otra cosa son los pensamientos sobre los hombres
mortales y sobre las cosas materiales o mundanas. Es posible que aparezcan en
tu mente sin tu consentimiento pensamientos relativos a estas cosas. No hay
pecado en ello, pues no es culpa tuya ya que todo esto sucede como resultado
del pecado original. Aunque quedaste limpio del pecado original en el bautismo,
sigues cargado con sus consecuencias. Por lo mismo, estás obligado a rechazar
estos pensamientos inmediatamente, pues tu naturaleza es débil. Si no lo haces,
te puedes ver arrastrado a amar u odiar según las reacciones que susciten. Si
es un pensamiento agradable o te recuerda algún placer pasado, podrías
sorprenderte consintiendo al goce del mismo; y si se trata de un pensamiento
desagradable o te trae a la memoria algún recuerdo doloroso, podrías ceder a un
sentimiento de rencor. Un consentimiento tal puede llegar a convertirse en
pecado grave en el caso de una persona que vive alejada de Dios y que ha hecho
una elección fundamental en contra del bien. Pero en el caso tuyo como de
cualquier otra persona que sinceramente ha renunciado a las ataduras mundanas,
sólo seria un pecado leve. Al haber elegido tu modo de vida actual, hiciste una
opción radical por Dios, y esto queda en pie, aunque tengas algún fallo
pasajero. No hay un consentimiento pleno y por esto, para ti, seria un pecado
más leve. A pesar de todo esto, si permites que tus pensamientos, faltos de
control, lleguen al punto en que consciente y voluntariamente tú te instalas en
ellos, con pleno consentimiento, caerías en un pecado grave. Pues es siempre
pecado grave, si con plena conciencia y asentimiento te mantienes pensando en
alguna persona o cosa que incitan tu corazón a uno de los siete pecados
capitales.
Si le das vueltas a alguna injusticia pasada o
presente, pronto te torturarán deseos de venganza e ira; y la ira es pecado. Si
engendras desprecio profundo por otra persona y una especie de odio lleno de
rencor y de juicios prematuros, has sucumbido a la envidia. Si cedes a la
comodidad y a la desgana de hacer el bien, esto se llama pereza. Si el
pensamiento que te viene (o suscitas) está cargado de engreimiento y te hace
presumir de tu honor, inteligencia, los dones recibidos de la gracia, de tu
estado social, tus talentos o tu belleza, y si voluntariamente te regocijas en
ello, estás cayendo en el pecado del orgullo. Si se trata de un pensamiento
referido a cosas materiales, es decir, bienestar, posesiones u otros bienes
terrenales que la gente se afana en conseguir y llamar suyos, y si te mantienes
en este pensamiento suscitando el deseo, esto es codicia. Si sucumbes al deseo
desordenado de comidas y bebidas refinadas o en cualquier otro de los goces del
gusto, el pecado se llama gula. Y finalmente, el deseo ilícito del goce carnal
o de las caricias y los halagos de otros, esto se llama lujuria.
Si tus errantes pensamientos evocan cualquier
placer, pasado o presente, y si te detienes en él, dejándole que eche raíces en
tu corazón y que alimente tu deseo carnal, corres el peligro de verte vencido
por el deleite de la pasión. Entonces pensarás que estás en posesión de todo lo
que pudieras desear y que este placer puede satisfacerte a la perfección.
11
Que el hombre ha de valorar
con precisión
sus pensamientos e
inclinaciones y evitar una actitud
de descuido con respecto al
pecado venial
No digo esto porque me preocupe el que tú o
cualquier otra persona de oración se halle realmente bajo el peso de la culpa
de pecados como estos. Mi intención es poner de relieve la importancia que
tiene para ti el percatarte de tus pensamientos y deseos tan pronto como
surgen, ya que has de aprender a rechazar el más mínimo de ellos que pudiera
conducirte al pecado. Te prevengo que una persona que no vigila y controla sus
pensamientos, aun cuando no sean pecaminosos en sus primeros movimientos,
terminará por no dar importancia a los pecados leves. Es imposible evitar todas
las faltas y caídas en esta vida, pero la falta de cuidado en torno a pequeños
pecados deliberados es algo intolerable para quien busca verdaderamente la
perfección. Pues normalmente la negligencia en los pecados leves abre la puerta
a la probabilidad del pecado mortal.
12
Que en la contemplación queda
destruido el pecado
y se fomenta toda clase de
bien
Así, pues, para mantenerte firme y evitar las
trampas, mantente en la senda en que estás. Deja que tu incesante deseo golpee
en la nube del no-saber que se interpone entre ti y tu Dios. Penetra esa nube
con el agudo dardo de tu amor, rechaza el pensamiento de todo lo que sea
inferior a Dios y no dejes esta obra por nada. La misma obra contemplativa del
amor llegará a curarte de todas las raíces del pecado. Ayuna cuanto quieras,
mantente en vigilia hasta bien entrada la noche, levántate antes de la aurora,
disciplina tu cuerpo y, si te es permitido -que no lo es-, sácate los ojos,
arráncate la lengua, tapa tus oídos y nariz y prescinde de tus miembros; si,
castiga tu cuerpo con toda clase de disciplina y seguirás sin conseguir nada.
El deseo y la tendencia hacia el pecado permanecerían en tu corazón.
Todavía más, si lloraras en perpetuo llanto tus
pecados y la Pasión de Cristo y ponderaras incesantemente los goces del cielo,
¿crees que te haría algún bien? Mucho bien, no me cabe la menor duda. Estoy
seguro de que aprovecharías y crecerías en la gracia, pero en comparación con
el ciego impulso del amor, todo esto es muy poco. Pues la obra contemplativa
del amor es la mejor parte y pertenece a María. Es totalmente completa en si
misma, mientras que todas las demás disciplinas y ejercicios son de poco valor
sin ella.
La obra del amor no sólo cura las raíces del
pecado, sino que fomenta la bondad práctica. Cuando es auténtica verás que eres
sensible a toda necesidad y que respondes con una generosidad desprovista de
toda intención egoísta. Todo lo que trates de hacer sin este amor será
ciertamente imperfecto, pues es seguro que se echará a perder por ulteriores
motivos.
La bondad auténtica se manifiesta en una manera
habitual de obrar bien y de responder adecuadamente en cada situación, según se
presenta; está movida siempre por el deseo de agradar a Dios. Solo él es la
fuente pura de todo bien, y si alguna persona se ve motivada por algo distinto
de Dios, aun cuando Dios sea el primero, entonces su virtud es imperfecta. Esto
es evidente en el caso de dos virtudes en particular, la humildad y el amor
fraterno. Quien adquiere estos hábitos y actitudes no necesita otros, pues en
ellos poseerá todos los demás.
13
De la naturaleza de la
humildad;
cuándo es perfecta y cuándo
es imperfecta
Consideremos, pues, la virtud de la humildad de
forma que puedas entender por qué es perfecta cuando Dios solo es su fuente y
por qué es imperfecta cuando surge de otra fuente aun cuando Dios pudiera ser
la principal. Trataré de explicar primero lo que es la humildad en si misma y
después será más fácil captar la diferencia.
Un hombre es humilde cuando permanece en la
verdad con un conocimiento y apreciación de sí mismo tal cual es. Y de hecho,
cualquiera que se vea y experimente tal como real y verdaderamente es, no
tendrá dificultad alguna en ser humilde, pues dos cosas le aparecerán muy
claras. En primer lugar, verá claramente la degradación, miseria y flaqueza de
la condición humana, fruto del pecado original. De estos efectos del pecado
original el hombre nunca se verá totalmente libre en esta vida, por santo que
llegue a ser. En segundo lugar, tendrá que reconocer la bondad trascendente de
Dios tal como es en sí mismo y en su rebosante y superabundante amor hacia el
hombre. Ante tan gran bondad y amor la naturaleza tiembla, los sabios
tartamudean como locos, y los ángeles y santos quedan cegados por su gloria.
Tan abrumadora es la revelación de la naturaleza de Dios, que si su poder no
los sostuviera, no me atrevo a pensar qué sucedería.
La humildad engendrada por este conocimiento
experimental de la bondad y del amor de Dios la llamo perfecta, porque es una
actitud que el hombre mantendrá incluso en la eternidad. Pero la humildad que
surge de una comprensión realista de la condición humana la considero
imperfecta, porque no sólo desaparecerá en la muerte juntamente con su causa,
sino que en esta misma vida no siempre será operativa. Pues a veces las
personas muy avanzadas en la vida contemplativa pueden recibir de Dios tal
gracia que de repente se sientan totalmente fuera de si mismas y sin pensar o
preocuparse por si son santas o pecadoras. Los contemplativos ya adelantados
pueden experimentar esto con mayor o menor frecuencia, según la sabiduría de
Dios, pero en cualquier caso, a mi juicio, es un fenómeno pasajero. Durante
este tiempo, sin embargo, aunque pueden perder todo interés o preocupación por
sus pecados o virtudes, no pierden el sentido del inmenso amor y bondad de Dios
y por tanto, tienen humildad perfecta. Por otra parte, sí el primer motivo es
operativo, aunque sea de modo secundario, sólo tienen humildad imperfecta. No
estoy sugiriendo, sin embargo, que se dé de lado el primer motivo. No quiera
Dios que me entiendas mal, pues estoy convencido de que las dos cosas son
provechosas y necesarias en esta vida.
14
Que en esta vida la humildad
imperfecta
ha de preceder a la perfecta
Si hablo de la humildad imperfecta no lo hago
porque dé poca importancia al verdadero autoconocimiento. Aunque se juntaran
todos los ángeles y santos del cielo con todos los miembros de la Iglesia en la
tierra, situados en todos los grados de la santidad cristiana, y rogaran por mi
crecimiento en la humildad, estoy cierto que no me aprovecharía tanto ni me
llevaría tan rápido a la perfección de esta virtud, como un poco de
autoconocimiento. Ciertamente, es imposible llegar a la perfecta humildad sin
él.
Por tanto, no huyas del sudor y de la fatiga que
supone el conseguir un verdadero autoconocimiento, pues estoy seguro de que
cuando lo hayas adquirido llegarás muy pronto al conocimiento experiencial de
la bondad y del amor de Dios. No un conocimiento completo, naturalmente, pues
eso no es posible al hombre; ni siquiera tan completo al que poseerás en la
alegría de la eternidad, pero si un conocimiento tan completo como es posible
al hombre en esta vida.
Mi propósito al explicar los dos tipos de
humildad no es ponerte en seguimiento de la perfecta con desprecio de la
imperfecta. No, y confío en que nunca harás esto. Mi intención es simplemente
ayudarte a apreciar la excelsa dignidad de la obra contemplativa del amor, en
comparación con cualquier otra posible con la ayuda de la gracia. Pues el amor secreto
de un corazón puro que presiona sobre esa nube oscura del no-saber que está
entre ti y tu Dios de una manera oculta pero cierta incluye en si mismo la
perfecta humildad sin ayuda de ideas concretas o claras. Quería además que
apreciaras la excelencia de la humildad perfecta de forma que la mantuvieras
ante tu corazón como un acicate a tu amor.
Esto es importante para nosotros dos. Y
finalmente, me he esforzado por explicar todo esto porque creo que un
conocimiento pleno sobre la perfecta humildad por si mismo te hará más humilde.
Pues pienso a menudo que la ignorancia de los dos grados de humildad ocasiona
una buena dosis de orgullo. Es muy posible que un poco de gusto de lo que he
llamado humildad imperfecta pudiera llevarte a creer que ya eres humilde a la
perfección. Te engañarías a ti mismo y lo que es más, habrías caído en el
fétido cieno de la presunción. Esfuérzate, pues, por conseguir esta virtud en
toda su perfección. Cuando una persona la experimenta no pecará ni entonces ni
durante mucho tiempo.
15
Una prueba de que los que
piensan que el motivo
más perfecto de la humildad
es la comprensión
de la bajeza del hombre están
en un error
Créeme cuando te digo que existe la humildad
perfecta y que con la gracia de Dios puede ser tuya en esta vida. Insisto en
esto porque algunos enseñan erróneamente que no existe mayor humildad que la
ocasionada por el pensamiento de la desdichada condición humana y el recuerdo
de la vida pecadora del pasado.
Concedo de grado que para los que están
habituados al pecado (como yo mismo he estado) esto es muy cierto. Y hasta que
el gran orín del pecado mortal sea raído en el sacramento de la Penitencia,
nada es más necesario y valioso en la enseñanza de la humildad que el
pensamiento de nuestro miserable estado y de nuestros pecados pasados. Pero
esta actitud no es auténtica para quienes nunca han pecado gravemente, con
pleno conocimiento y consentimiento. Son como niños inocentes que sólo han
caído por fragilidad e ignorancia. Pero incluso estos inocentes, especialmente
si están iniciados en el camino de la oración contemplativa, tienen motivos
para ser humildes. También nosotros, después de haber satisfecho adecuadamente
y de habernos arrepentido de nuestros pecados en la confesión y habiendo sido arrastrados
por la gracia a la oración contemplativa, tenemos motivos para ser humildes.
Algo que va mucho más lejos del motivo imperfecto que mencioné más arriba nos
mantendrá humildes. Pues la bondad y el amor de Dios es una razón tan por
encima del propio conocimiento como la vida de nuestra Señora está por encima
de la vida del penitente más pecador en la santa Iglesia; o como la vida de
Cristo está por encima de cualquier otro ser humano; o la vida de un ángel, que
no puede experimentar la debilidad humana, está por encima de la vida del
hombre más débil de la tierra.
Si no hubiera otra razón para la humildad más que
la pobreza de la condición humana, entonces me preguntaría por qué los que
nunca han experimentado la corrupción del pecado habrían de ser humildes. Pues,
con toda seguridad, nuestro Señor Jesucristo, nuestra Señora, los santos y los
ángeles del cielo están para siempre libres del pecado y de sus efectos. Sin
embargo, nuestro Señor Jesucristo mismo nos llama a la perfección de toda
virtud en el Evangelio cuando dice que debemos ser perfectos por gracia como él
lo es por naturaleza. Y así este llamamiento ha de incluir la virtud de la
humildad.
16
Que un pecador verdaderamente
convertido
y llamado a la contemplación
llega a la perfección
del modo más rápido a través
de la contemplación;
que este es el camino más
seguro para obtener
de Dios el perdón del pecado
No importa que el hombre haya pecado mucho, ya
que puede arrepentirse y enmendar su vida. Y si siente que la gracia de Dios le
arrastra a la vida contemplativa (habiendo seguido fielmente la dirección de su
padre y consejero espiritual), que nadie se atreva a llamarle presuntuoso por
querer alcanzar a Dios en la oscuridad de esa nube del no-saber con el humilde
deseo de su amor. ¿No dijo nuestro Señor a María, que representa a todos los
pecadores arrepentidos llamados a la contemplación: «tus pecados te son
perdonados»?. ¿Piensas que dijo esto sólo porque ella se acordaba siempre de
sus pecados pasados? ¿O por la humildad que sentía a la vista de su miseria? ¿Q
porque su dolor era grande? No, fue porque «amó mucho».
Graba bien esto. Pues en ello puedes ver lo
poderoso que es con la ayuda de Dios ese secreto amor contemplativo. Es más
poderoso, te lo aseguro, que cualquier otra cosa. Pero, al mismo tiempo, María
estaba llena de remordimiento, lloró mucho sus pecados pasados y estaba
profundamente humillada ante el pensamiento de su vileza. En el mismo sentido,
nosotros que hemos sido tan miserables y habituales pecadores durante toda nuestra
vida deberíamos lamentar nuestro pasado y ser totalmente humildes al recordar
nuestro infeliz estado.
Pero, ¿cómo? Sin duda el camino de María es el
mejor. Ciertamente nunca cesó de sentir un constante dolor por sus pecados y
durante toda su vida los llevó como una gran carga secreta en su corazón. Sin
embargo, la Escritura testifica que su más hondo dolor no fue tanto por sus
malas obras como por su falta de amor. Si, y por esto desfallecía con un ansia
y tristeza transidas de dolor que le llevaban casi al trance de la muerte, pues
aunque su amor era muy grande a ella le parecía muy pequeño. No has de
sorprenderte por esto. Es el estilo de todos los verdaderos amantes. Cuanto más
aman, más desean amar. En su corazón conocía con absoluta certeza que era el
más miserable de todos los pecadores. Se daba cuenta de que sus malas obras le
habían separado del Dios a quien tanto amaba y por eso mismo desfallecía ahora,
enferma como estaba por su falta de amor. ¿Y qué hizo? ¿Piensas que entonces
bajó desde las alturas de su gran deseo a lo hondo de su mala vida buceando en
ese fétido cieno y en el lodazal de sus pecados, examinándolos uno a uno en sus
mínimos detalles a fin de medir su dolor y sus lágrimas más eficazmente? No,
ciertamente. ¿Por qué? Porque Dios mismo, en las profundidades de su espíritu,
le enseñó con su gracia la inutilidad de esta actitud. Con las solas lágrimas
podría haberse despertado más pronto a nuevos pecados que a un perdón seguro de
su pasado.
Por eso, dirigió apresuradamente su amor y deseo
hacia esa nube del no-saber y aprendió a amarle, sin verle a la clara luz de la
razón ni sentir su presencia en el goce sensible de la devoción. Tan absorta
estaba en el amor que con frecuencia olvidaba si había sido pecadora o
inocente. Si, pienso que se enamoró tanto de la divinidad del Señor que apenas
se daba cuenta de la belleza de su presencia humana cuando estaba sentado junto
a ella, hablando y enseñando. Por el relato evangélico se diría que llegó a
olvidarse de todo, tanto de lo material como de lo espiritual.
17
Que un verdadero
contemplativo no ha de mezclarse
en la vida activa ni
preocuparse de lo que está
a su alrededor ni siquiera
defenderse
contra los que le critican
En el Evangelio de san Lucas leemos que nuestro
Señor entró a casa de Marta, y mientras ella se puso inmediatamente a
prepararle la comida, su hermana María no hizo otra cosa que estar sentada a
sus pies. Estaba tan embelesada escuchándole que no prestaba atención a lo que
hacía Marta. Ciertamente las tareas de Marta eran santas e importantes. (Son,
en efecto, las obras del primer grado de la vida activa). Pero María no les
daba importancia. Ni se daba cuenta tampoco del aspecto humano de nuestro
Señor, de la belleza de su cuerpo mortal, o de la dulzura de su voz y
conversación humanas, si bien esta podría haber sido una obra más santa y
mejor. (Representa el segundo grado de la vida activa y el primero de la vida
contemplativa). Pero se olvidó de todo esto y estaba totalmente absorta en la
altísima sabiduría de Dios oculta en la oscuridad de su humanidad.
María se volvió a Jesús con todo el amor de su
corazón, inmóvil ante lo que veía u oía hablar y hacer en torno a ella. Se
sentó en perfecta calma, con el amor gozoso y secreto de su corazón disparado,
hacia esa nube del no-saber entre ella y su Dios. Pues, como he dicho antes,
nunca hubo ni habrá criatura tan pura o tan profundamente inmersa en la amorosa
contemplación de Dios que no se acerque a él en esta vida a través de esta
suave y maravillosa nube del no-saber. Y fue esta misma nube donde María
dirigió el oculto anhelo de su amante corazón. ¿Por qué? Porque es la parte
mejor y más santa de la vida contemplativa que es posible al hombre y no la
hubiera cambiado por nada de esta tierra. Aun cuando Marta se quejara a Jesús,
regañándole por no ordenarle que se levantase y la ayudase en la tarea, María
permanecía allí muy quieta e imperturbable, sin mostrar el más mínimo
resentimiento contra Marta por su regaño. Pero esto en realidad no ha de
sorprendernos, pues estaba totalmente absorta en otra actividad, totalmente
desconocida para María, y no tenía tiempo de comunicárselo a su hermana o de
defenderse.
¿No ves, amigo mío, que todo este incidente
relativo a Jesús y a las dos hermanas era una lección para las personas activas
y contemplativas de la Iglesia de todos los tiempos? María representa la vida
contemplativa, y todos los contemplativos deberían modelar sus vidas en la
suya. Marta representa la vida activa, y todas las personas activas deberían
tomarla como su guía.
18
Cómo hasta el presente las
personas activas critican
a las contemplativas por
ignorancia, lo mismo
que Marta criticó a María
Así como Marta se quejó de María, de la misma
manera en todo tiempo las personas activas se han quejado de las contemplativas.
Sucede con mucha frecuencia que la gracia de la contemplación surge en personas
de todo estado y condición de vida, tanto religiosos como seglares. Pero cuando
después de bucear en su propia conciencia y buscar un consejo seguro deciden
consagrarse de lleno a la contemplación, su familia y sus amigos descargan
sobre ellos una tormenta furiosa de crítica tachándolos severamente de vagos.
Estas personas desenterrarán toda clase de chismes horribles, verdaderos o
falsos, en torno a aquellos que emprendieron esta forma de vida y acabaron en
terribles males. Con toda seguridad, no tienen nada bueno que contar.
Es cierto que muchos que aparentemente habían
dejado las vanidades mundanas siguieron después malos caminos. Existe siempre
este peligro. Estas personas que deberían haber entrado al servicio de Dios
como sus contemplativos terminaron siendo esclavos del demonio y contemplativos
del diablo porque rehusaron escuchar el consejo de los auténticos guías
espirituales. Se convirtieron en hipócritas o herejes y cayeron en delirios y
otras perversidades que les llevaron a difamar la santa Iglesia. Dudo si
proseguir en torno a esto ahora, por miedo a oscurecer nuestro tema. Pero
después, Dios mediante, si veo que es necesario, te diré algunas de las causas y
circunstancias de su caída. Dejemos por el momento el tema y sigamos con
nuestro argumento.
19
Breve defensa del autor en
que enseña
que los contemplativos han de
excusar
a las personas activas que se
quejan de ellos
Quizá pienses que he insultado a Marta, uno de
los amigos especiales de Dios, comparándola con las personas mundanas que
critican a los contemplativos, o por haberlos comparado con ella. En realidad,
no quería ofender a ninguno de ellos. No permita Dios que yo diga algo en este
libro que condene a alguno de los amigos de Dios en cualquier grado de santidad
en que se encuentre, ni a uno solo de sus santos. Pues creo en verdad que
debemos excusar a Marta por quejarse, teniendo en cuenta el tiempo y las
circunstancias del incidente. No se daba cuenta entonces de lo que María estaba
haciendo. Tampoco ha de sorprender, pues dudo que hubiera oído hablar alguna
vez de la posibilidad de tal perfección. Además, fue cortés y breve en su
queja, y por eso creo que debe quedar completamente excusada.
Pienso igualmente que los críticos con mentalidad
mundana que encuentran faltas a los contemplativos han de ser también
perdonados en atención a su ignorancia, aun cuando a veces son también
desconsiderados. Así como Marta era ignorante de lo que decía cuando protestaba
ante el Señor, de la misma manera estas personas entienden poco o nada sobre la
vida contemplativa. Les exaspera el ardor de los jóvenes que buscan a Dios. No
pueden comprender cómo estos jóvenes pueden abandonar su carrera y
oportunidades y aprestarse con sencillez y sinceridad de corazón a ser amigos
de Dios. Estoy seguro de que si algo de esto tuviera sentido para ellos, no se
comportarían como lo hacen. Y por lo mismo, creo que debemos excusarlos. Sólo
han experimentado una forma de vida -la suya propia- y no pueden imaginar otra.
Por otra parte, cuando recuerdo los caminos en que he fracasado por ignorancia,
pienso que debo ejercer una amable tolerancia hacia los demás. De lo contrario
no los trataría como yo quiero que me traten.
20
Que de un modo espiritual
Dios todopoderoso
defenderá a todos los que por
su amor no abandonen
su contemplación para
defenderse a sí mismos
Pienso que los que se esfuerzan por ser
contemplativos no sólo deberían perdonar a todos los que se quejan de ellos,
sino que han de estar tan ocupados en su propio trabajo que ni siquiera se den
cuenta de lo que se dice o se hace a su alrededor. Es lo que hizo María
Magdalena, y por eso es nuestro modelo. Si seguimos su ejemplo, Jesús hará
ciertamente por nosotros lo que hizo por ella.
¿Y qué fue lo que hizo? Recordarás que Marta
urgía a Jesús a que reprendiese a María; a que le dijera que se levantara y la
ayudara en la faena. Pero nuestro Señor Jesucristo, que discernía los
pensamientos secretos de todos los corazones, comprendió perfectamente que
María estaba inmersa en una contemplación amorosa de su divinidad, y por eso se
puso de su parte. Con una cortés delicadeza propia de su bondad, contestó por
ella ya que su amor por él no le permitía dejarle el tiempo suficiente para
contestarle por si misma. ¿Y qué le dijo? Marta había apelado a él como a juez,
pero él le contestó más que como juez. Habló como defensor legal de María
puesto que esta le amaba tanto. «Marta, Marta», le dijo. La llamó dos veces por
su nombre para cerciorarse de que le escuchaba y se detuvo lo suficiente para
que prestara atención a lo que le iba a decir: «Te ocupas y te turbas por
muchas cosas». Esto indica que las personas activas están siempre ocupadas e
interesadas por un sinfín de asuntos relativos primeramente a si mismas y
después a sus hermanos cristianos según lo exige el amor. Quería que Marta se
diera cuenta de que su obra era importante y valiosa para su desarrollo
espiritual. Añadió, sin embargo, para que no concluyera que era la mejor obra
posible: «Una sola cosa es necesaria». ¿Y qué crees que es esta sola cosa? Se
refería, sin duda, a la obra del amor y de la alabanza de Dios por si mismo. No
hay obra mayor. Quería, finalmente, que Marta comprendiera que no es posible
dedicarse enteramente a esta obra y a la acción al mismo tiempo. Las
preocupaciones de cada día y la vida contemplativa no pueden combinarse
adecuadamente aunque puedan unirse de una forma incompleta. Para aclarar esto,
añadió: «María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada». Pues la obra
del perfecto amor que comienza aquí en la tierra es la misma que el amor que es
vida eterna; son una sola cosa.
21
Una verdadera explicación del
pasaje evangélico:
«María ha elegido la mejor
parte»
«María ha elegido la mejor parte». ¿Qué significa
esto? Siempre que hablamos de lo mejor, suponemos algo bueno y algo mejor. Lo
mejor es el grado superlativo. ¿Cuáles son, pues, las opciones de las que María
eligió la mejor? No hay tres formas de vida puesto que la santa Iglesia sólo
habla de dos: la activa y la contemplativa. No, el significado más profundo del
relato evangélico de san Lucas que acabamos de considerar es que Marta
representa la vida activa y María la contemplativa, siendo la primera
absolutamente necesaria para la salvación. Por eso, cuando se impone una opción
entre dos, una de ellas no puede llamarse la mejor.
Con todo, aunque la vida activa y contemplativa
son dos formas de vida dentro de la santa Iglesia, sin embargo, dentro de ellas
tomadas en conjunto, hay tres partes, tres grados ascendentes. Ya hemos hablado
de ellos, pero los resumiré aquí brevemente. El primer grado o escalón es la
buena y recta vida cristiana en la que el amor es predominantemente activo en
las obras corporales de misericordia. En el segundo, una persona comienza a
meditar en las verdades espirituales relativas a sus propios pecados, a la
Pasión de Cristo y a los goces de la eternidad. La primera forma de vida es
buena, pero la segunda es mejor, pues aquí comienzan a converger la vida activa
y la contemplativa. Se mezclan en una especie de parentesco, llegando a ser
hermanas, como Marta y María. Tanto es así que una persona activa no puede
progresar en la contemplación, excepto en intervenciones ocasionales de una
gracia especial. Y un contemplativo puede volver a medio camino -pero no más
lejos- para emprender alguna actividad. No lo debería hacer, sin embargo, a no
ser en raras ocasiones y por exigencia de una gran necesidad.
En el tercer grado o escalón una persona entra en
la oscura nube del no-saber donde en secreto y sola centra todo su amor en
Dios. El primer grado es bueno; el segundo, mejor, pero el tercero es el mejor.
Esta es la mejor parte correspondiente a María. Ahora resulta claro por qué
nuestro Señor no dijo a Marta: «María ha elegido la vida mejor». Sólo hay dos
modos de vida y, como dije, cuando una elección es sólo entre dos, una no puede
llamarse la mejor. Pero nuestro Señor dice: «María ha elegido la mejor parte,
que no le será quitada».
Las partes primera y segunda son buenas y santas
pero desaparecerán con el paso de esta vida mortal. Pues en la eternidad no
habrá necesidad de obras de misericordia como la hay ahora. La gente no tendrá
hambre ni sed, ni morirá de frío o de enfermedad, sin hogar o cautiva. Nadie necesitará
una sepultura cristiana, pues no morirá nadie. En el cielo ya no habrá que
lamentarse por nuestros pecados o por la Pasión de Cristo. Por eso, si la
gracia te llama a elegir la tercera parte, elígela con María. Q, más bien,
déjame que te muestre el camino. Si Dios te llama a la tercera parte, trata de
alcanzarla; trabaja por conseguirla con todo tu corazón. Nunca se te quitará,
pues no tendrá fin. Aunque comienza en la tierra, es eterna.
Replicaré con las palabras del Señor a las
personas activas que se quejan de nosotros. Que hable él por nosotros como lo
hizo por María cuando dijo: «Marta, Marta». Dice: «Oíd, todos los que vivís la
vida activa: sed diligentes en las obras de la primera y segunda parte,
trabajando ora en una, ora en otra. Y si os sentís inclinados, acometed
intrépidamente las dos. Pero no os metáis con mis amigos contemplativos, pues
no entendéis lo que les aflige. No les recriminéis el ocio de la tercera y
mejor parte que es la de María»
22
Del maravilloso amor que
Cristo
tuvo por María Magdalena, que
representa
a todos los pecadores
verdaderamente arrepentidos
y llamados a la contemplación
Dulce fue el amor entre María y Jesús. ¡Cómo le
amaba! ¡Y cuánto más la amaba él! No tomes el relato evangélico a la ligera
como si fuera un cuento superficial. Describe su mutua relación con toda
verdad. Al leerlo, ¿quién no ve que ella le amaba intensamente, sin reservarse
nada de su amor y rechazando a cambio toda comodidad que no fuera la de su
amor? Es la misma María que le buscó llorando ante la tumba aquella primera
mañana de Pascua. Los ángeles le hablaron entonces suavemente: «No llores,
María», le dijeron. «Pues el Señor a quien buscas ha resucitado, como dijo. Va
delante de vosotros a Galilea. Allí le veréis con sus discípulos, como os
prometió». Pero los mismos ángeles fueron incapaces de tranquilizarla o de
detener sus lágrimas. Difícilmente podían los ángeles confortar a quien había
salido al encuentro del Rey de los ángeles.
¿Debo continuar? Sin duda, cualquiera que estudie
la Escritura encontrará muchos ejemplos del amor total de María hacia Cristo
registrados allí para nuestro provecho. Ellos confirmarán lo que vengo
diciendo. De hecho, podría pensarse que fueron escritos especialmente para los
contemplativos. Y así lo fueron para todo aquel que tenga el suficiente
discernimiento para ver. Cualquiera que reconozca en el amor hermoso y personal
de nuestro Señor hacia María Magdalena el amor maravilloso e incomparable que
tiene por todos los pecadores arrepentidos y dedicados sinceramente a la
contemplación, habrá de reconocer por qué no pudo tolerar que ninguno -ni
siquiera su hermana- hablara contra ella sin salir él mismo en su defensa. Si,
y todavía hizo más. Pues en otra ocasión increpó a su huésped, Simón el
Leproso, en su misma casa, por el simple hecho de haber pensado mal de ella.
Grande en verdad fue su amor; ciertamente no fue superado.
23
Que en el camino espiritual
Dios contestará
por y cuidará de todos
aquellos que no abandonan
su contemplación para
responder por
y cuidarse de sí mismos
Te aseguro que si con la gracia de Dios y un
consejo fiable nos esforzamos con toda el alma en modelar nuestro amor y
nuestra vida a imagen de los de María.
Magdalena, nuestro Señor nos defenderá como la
defendió a ella. Todo el que piense o hable contra nosotros sentirá el reproche
del Señor en lo secreto de su conciencia. Esto no quiere decir que no tendremos
nada que aguantar. Tendremos que sufrir mucho, como María. Pero digo que si no
prestamos atención a ello y proseguimos pacíficamente nuestra obra
contemplativa a pesar de las criticas, como ella lo hizo, nuestro Señor
reprenderá a los que nos hieren en lo profundo de sus corazones. Si son
personas sinceras y abiertas, no dudarán en sentirse avergonzadas de sus
pensamientos y palabras en pocos días.
Y así como él vendrá en nuestra ayuda espiritual,
de la misma manera incitará a otros a procurarnos comida y vestido y satisfará
las necesidades de la vida cuando vea que no dejamos la obra del amor para
atender a tales cosas por nosotros mismos. Digo esto especialmente para refutar
a los que erróneamente sostienen que nadie se puede dedicar a la vida
contemplativa sin haber provisto antes a todas sus necesidades materiales.
Dicen: «Dios envía la vaca, pero no por el cuerno». Pero interpretan falsamente
a Dios y ellos lo saben. Pues Dios nunca defrauda a los que verdaderamente
abandonan los intereses mundanos para dedicarse a él. Puedes estar cierto de
esto: él proporcionará una de las dos cosas a sus amigos. Q recibirán en abundancia
todo lo que necesiten, o les dará aguante físico y un corazón paciente para
soportar la necesidad. ¿Qué más da que haga lo uno o lo otro? Le es todo lo
mismo al verdadero contemplativo. Todo el que pone en duda esto, demuestra que
el maligno ha robado la fe de su corazón o que todavía no está tan totalmente
entregado a Dios como debiera, a pesar de ingeniosas y estudiadas apariencias
en contrario.
Vuelvo a repetir una vez más a todo aquel que
quiera ser un auténtico contemplativo como María: deja que sea la maravillosa
trascendencia y bondad de Dios la que te enseñe la humildad, mejor que el
pensamiento de tus propios pecados, pues entonces tu humildad será perfecta.
Atiende más a la soberanía absoluta de Dios que a tu propia miseria. Y recuerda
que los que son perfectamente humildes no carecerán de nada de cuanto
necesitan, sea en el orden espiritual o material. Dios les pertenece y él es su
todo. Quien posee a Dios, como atestigua este libro, no necesita otra cosa en
esta vida.
24
Qué sea la caridad en sí
misma;
y cómo se contiene sutil y
perfectamente
en el amor contemplativo
Hemos visto que la perfecta humildad es una parte
integral del puro y ciego amor del contemplativo. Siendo todo él impulso hacia
Dios, este simple amor golpea incesantemente sobre la oscura nube del no-saber,
dejando todo pensamiento discursivo bajo la nube del olvido. Y así como el amor
contemplativo fomenta la perfecta humildad, de la misma manera crea la bondad
práctica, especialmente la caridad. Pues en la caridad verdadera uno ama a Dios
por si mismo, por encima de todo lo creado, y ama a su hermano el hombre por
que esta es la ley de Dios. En la obra contemplativa, Dios es amado por encima
de toda criatura pura y simplemente por él mismo. En realidad, el verdadero secreto
de esta obra no es otra cosa que un puro impulso hacia Dios por ser él quien
es.
Lo llamo puro impulso porque es totalmente
desinteresado. En esta obra el perfecto artesano no busca el medro personal o
verse exento del sufrimiento. Desea sólo a Dios y a él solo. Está tan fascinado
por el Dios que ama y tan preocupado porque se haga su voluntad en la tierra,
que ni se da cuenta ni se preocupa de su propia comodidad o ansiedad. Y esto
porque, a mi juicio, en esta obra Dios es realmente amado perfectamente y por
ser él quien es. Pues un verdadero contemplativo no debe compartir con ninguna
otra creatura el amor que debe a Dios.
En la contemplación, además, también se cumple
totalmente el segundo mandamiento de la caridad. Los frutos de la contemplación
son testigos de esto aun cuando durante el tiempo real de la oración el
contemplativo avezado no dirija su mirada a ninguna persona en particular, sea
hermano o extraño, amigo o enemigo. En realidad, ningún hombre le es extraño,
porque considera a cada uno como hermano. Y nadie es su enemigo. Todos son sus
amigos. Incluso aquellos que le hieren o le ofenden en la vida diaria son tan
queridos para él como sus mejores amigos y todos los buenos deseos hacia sus
mejores amigos se los desea a ellos.
25
Que durante el tiempo de la
oración contemplativa,
el perfecto contemplativo no centra su
atención
en ninguna persona en
particular
Ya he explicado que durante esta actividad un
verdadero contemplativo no se detiene en el pensamiento de ninguna persona en
particular, sea amigo, enemigo, extraño o familiar. Pues todo aquel que desea
ser perfecto en ella ha de olvidarse de todo excepto de Dios.
No obstante, por medio de la contemplación va
creciendo en amor y bondad prácticas, de manera que, cuando habla o reza con
sus hermanos cristianos en otros momentos, el calor de su amor les alcanza
también a ellos sean amigos, enemigos, extraños o familiares. Si existe alguna
parcialidad, es más probable que exista hacia su enemigo que hacia su amigo.
(No es que nunca abandone totalmente la contemplación -esto no podría hacerse
sin un gran pecado-, pero a veces la caridad le exigirá que descienda de las
alturas de su obra para hacer algo en favor de sus semejantes).
Pero en la actividad contemplativa misma, no
distingue entre amigo y enemigo, hermano o extraño. Con ello, sin embargo, no
quiero dar a entender que haya que dejar de sentir un afecto espontáneo hacia
unos pocos que le son especialmente íntimos. Lo sentirá, naturalmente, y con
frecuencia. Esto es perfectamente natural y legitimo por muchas razones que
sólo el amor conoce. Recuerda que Cristo mismo tuvo especial amor por Juan,
María y Pedro. Lo que quiero destacar es que durante la actividad contemplativa
todos le son igualmente queridos, puesto que es Dios quien le mueve a amarlos.
Ama a todos los hombres simple y llanamente por Dios; y los ama como él se ama
a si mismo.
Todos los hombres se perdieron por el pecado de
Adán, pero todos aquellos que por su buena voluntad manifiestan un deseo de ser
salvados, serán salvados por la muerte redentora de Cristo. Una persona
profundamente comprometida en la contemplación participa en el sufrimiento
redentor de Cristo, no exactamente como sufrió Cristo, sino de una manera
similar a la de Cristo. Pues en la verdadera contemplación la persona es una
con Dios en un sentido espiritual y hace todo lo que está en su mano para
atraer a otros a la contemplación perfecta. Sabes que todo tu cuerpo comparte
el dolor o el bienestar sentido por cada una de sus partes porque es una unidad.
En sentido espiritual, todos los cristianos son partes del único cuerpo de
Cristo. En la Cruz se sacrificó a si mismo por su cuerpo, la Iglesia. Quien
desee seguir a Cristo de una manera perfecta, ha de estar dispuesto también a
entregarse a la obra espiritual del amor para la salvación de todos sus
hermanos y hermanas de la familia humana. Repito, no sólo por sus amigos y su
familia y aquellos que le son más queridos, sino que también ha de trabajar
para la salvación de toda la humanidad con afecto universal. Pues Cristo murió
para salvar a todo el que se arrepiente de sus pecados y busca la misericordia
de Dios.
Ves, por tanto, que el amor contemplativo es tan
refinado e integral que incluye en sí mismo la perfecta humildad y la caridad.
Por las mismas razones y en el mismo sentido, incluye también todas las demás
virtudes.
26
Que sin una gracia especial o
una prolongada
fidelidad a la gracia
ordinaria, la oración contemplativa
es muy difícil; que esta obra
es sólo posible
con la gracia, que es la obra
de Dios
Así, pues, entrégate a la tarea de la
contemplación con sincera generosidad. Golpea sobre esta alta nube del no-saber
y desecha el pensamiento del descanso. Pues te digo con franqueza que todo
aquel que desea ser contemplativo experimentará el dolor de la ardua tarea (a
menos que Dios intervenga con una gracia especial); sentirá agudamente el
precio del constante esfuerzo hasta que se haya ido acostumbrando a esta obra
durante largo tiempo.
Pero, dime, ¿por qué habría de ser tan difícil?
Sin duda, el amor ferviente despertándose de continuo en la voluntad no es
doloroso. No, pues es la acción de Dios, el fruto de su poder omnipotente.
Dios, además, ansia siempre trabajar en el corazón de quien ha hecho todo lo
posible para preparar el camino a su gracia.
Entonces, ¿por qué es esta obra tan fatigosa? El
trabajo, por supuesto, consiste en la incesante lucha para desterrar los
innumerables pensamientos que distraen e importunan nuestra mente y tenerlos a
raya bajo la nube del olvido, de que he hablado anteriormente. Este es el
sufrimiento. Toda la lucha nace del lado del hombre, del esfuerzo que ha de
hacer para prepararse a la acción de Dios, acción que consiste en suscitar el
amor y que sólo él puede llevar a cabo. Pero tu persevera, haciendo tu parte, y
yo te prometo que Dios no te fallará.
Mantente, pues, fiel a esta obra. Quiero ver cómo
progresas. ¿No ves cómo te ayuda pacientemente el Señor? ¡Ruborízate de
vergüenza! Aguanta la opresión de la disciplina durante un tiempo y pronto
remitirán la dificultad y el peso. Al comienzo te sentirás probado y oprimido,
pero es porque todavía no has experimentado el gozo interior de esta obra. A
medida que pase el tiempo, sin embargo, sentirás por ella un gozoso entusiasmo
y entonces te parecerá ligera y fácil. Entonces te sentirás poco o nada
constreñido, pues Dios trabajará a veces en tu espíritu por sí mismo. Pero no
siempre y por mucho tiempo sino según le parezca a él mejor. Cuando haga que tú
goces y seas feliz, déjale que obre como quiera.
Entonces quizá pueda tocarte con un rayo de su
divina luz que atravesará la nube del no-saber que está entre él y tú. Te
permitirá vislumbrar algo de los secretos inefables de su divina sabiduría y tu
afecto parecerá arder con su amor. No sé decir más, ya que la experiencia va
mucho más allá de las palabras. Aun cuando quisiera decir más, no podría
hacerlo ahora. Pues temo no poder describir la gracia de Dios con mi torpe y
desmañada lengua. En una palabra, aun en el caso de intentarlo, no lo
conseguiría.
Pero cuando la gracia surge en el espíritu de un
hombre, este ha de poner su parte para responder a ella, y es esto lo que
quiero ahora discutir contigo. Hay menos riesgo en hablar de esto.
27
Quién ha de comprometerse en
la obra
de la contemplación
En primer lugar y sobre todo quiero dejar claro
quién ha de emprender la obra contemplativa, cuándo es apropiado hacerlo y cómo
ha de proceder la persona en cuestión. Quiero darte también algunos criterios
para el discernimiento en esta obra.
Si me preguntas quién ha de emprender la
contemplación, te contestaré: todos los que se han apartado sinceramente del
mundo y han dado de lado las preocupaciones de la vida activa. Estas personas,
aun cuando hayan sido durante algún tiempo pecadoras habituales, se deberían
entregar a fomentar la gracia de la oración contemplativa.
28
Que el hombre no debe
atreverse a iniciar la
contemplación hasta haber purificado su
conciencia
de todo pecado particular
según la ley de la Iglesia
Si me preguntas cuándo ha de comenzar una persona
la obra de contemplación, te contestaré: no hasta haber purificado su
conciencia de todos los pecados particulares en el sacramento de la Penitencia
como prescribe la Iglesia.
Después de la Confesión seguirá existiendo la
raíz y la tierra de la que brota el mal en su corazón, a pesar de todos sus
esfuerzos, pero la obra del amor los curará cierta y totalmente. Por eso, esta
persona deberá
limpiar primero su conciencia en la Confesión.
Pero, una vez que ha hecho lo que la Iglesia prescribe, ha de comenzar sin
miedo la obra contemplativa, pero con humildad, dándose cuenta de que ha
tardado en llegar a ella. Pues, incluso los que no tienen conciencia de pecado
grave, deberían emplear toda su vida en esta obra, ya que mientras estamos en
estos cuerpos mortales experimentaremos la impenetrable oscuridad de la nube
del no-saber que está entre Dios y nosotros. Además, y a causa del pecado
original, sufriremos siempre el peso de nuestros errantes pensamientos, que tratarán
de apartar nuestra total atención de Dios.
Este es precisamente el castigo del pecado
original. Antes de pecar, el hombre era dueño y señor de todas las criaturas,
pero sucumbió a la perversa sugestión de tales criaturas y desobedeció a Dios.
Y ahora, al querer obedecer a Dios, siente la traba de las cosas creadas. Le
acosan como plagas arrogantes a medida que trata de llegar a Dios.
29
Que el hombre ha de
perseverar pacientemente
en la obra de contemplación, soportando
alegremente
sus sufrimientos y sin juzgar
a nadie
Quien desee recuperar la pureza del corazón
perdida por el pecado y conseguir esa integridad personal que está por encima
de todo sufrimiento, ha de luchar pacientemente en la actividad contemplativa y
mantenerse en el tajo, haya sido pecador habitual o no. Pecadores e inocentes
sufrirán en esta tarea, aunque obviamente los pecadores sentirán más el
sufrimiento. Sucede, sin embargo, con frecuencia, que muchos que han sido
grandes y habituales pecadores llegan antes a la perfección de ella que
aquellos que nunca han pecado gravemente. Dios es verdaderamente maravilloso al
derramar su gracia en aquellos que elige; el mundo se queda abrumado, aturdido,
ante un amor como este.
Y creo que el día del juicio final será realmente
glorioso, pues la bondad de Dios brillará claramente en todos sus dones de
gracia. Algunos de los que ahora son menospreciados y despreciables (y que
quizá son pecadores inveterados) reinarán aquel día gloriosamente con sus
santos. Y quizá algunos de los que nunca han pecado gravemente y que ante los
demás aparecen como personas piadosas, venerados como buenos por otras
personas, se encontrarán en la miseria entre los condenados.
Lo que quiero resaltar es que en esta vida ningún
hombre puede juzgar a otro como bueno o malo por la simple evidencia de sus
obras. Las obras en si mismas son otra cuestión. Podemos juzgarlas como buenas
o malas, pero no a la persona.
30
Quién tiene el derecho de
juzgar
y censurar las faltas de los demás
Pero, podemos preguntar, ¿hay alguien que pueda
juzgar la vida de otro hombre?
Si, naturalmente, el que tiene la autoridad y la
responsabilidad del bien espiritual de los demás puede con todo derecho
censurar las obras de los hombres. Un hombre puede recibir oficialmente este
poder por medio de un decreto y la ordenación de la Iglesia, o es posible que
el Espíritu Santo pueda inspirar a un individuo particular bien fundado en el
amor el asumir este oficio. Pero que cada uno esté muy atento a no arrogarse a
sí mismo el deber de censurar las faltas de los demás, porque está expuesto a
un gran error. Otra cuestión es si en la contemplación un hombre realmente es
inspirado a hablar.
Por eso te advierto que lo pienses dos veces
antes de emitir un juicio sobre la vida de los demás hombres. En la intimidad
de tu propia conciencia júzgate a ti mismo como te ves delante de Dios o ante
tu padre espiritual, pero no te metas en la vida de los demás.
31
Cómo han de conducirse los
principiantes
en la contemplación con respecto a sus
pensamientos
e inclinaciones al pecado
Cuando creas que has hecho lo que has podido para
enmendar tu vida de acuerdo con las leyes de la Iglesia, entrégate
apasionadamente a la actividad contemplativa. Y si el recuerdo de tus pecados
pasados o la tentación de cometer otros nuevos rondara tu mente, formando un
obstáculo entre ti y tu Dios, aplástalos con tus pies y pasa con decisión por
encima de ellos. Intenta sepultar el pensamiento de estas obras bajo la espesa
nube del olvido como si tú o cualquier otro nunca las hubiera realizado. En una
palabra: tan pronto como surjan estos pensamientos, habrás de rechazarlos. Si
llegares a sentirte duramente fatigado probablemente comenzarás a investigar
las técnicas, los métodos y las secretas sutilezas de las ciencias ocultas para
que te ayuden a controlarlos. Pero, créeme, las técnicas para controlar tus
pensamientos se aprenden mejor de Dios a través de la experiencia que de
cualquier hombre en esta vida.
32
De dos recursos espirituales
que pueden aprovechar
a los principiantes en la
contemplación
Te hablaré también un poco sobre dos técnicas
para dominar las distracciones. Pruébalas y mejóralas si puedes.
Cuando te sientas molestado por pensamientos
impertinentes, trata de no enterarte de su presencia ni de cómo se han colado
entre ti y tu Dios. Mira más allá de ellos -por encima de sus hombros, como si
dijéramos- como si estuvieras contemplando algo distinto, como así es en
verdad. Pues más allá de ellos está oculto Dios en la oscura nube del no-saber
Haz esto y estate seguro de que pronto te sentirás aliviado de la angustia que
te producen. Te puedo garantizar la ortodoxia de esta técnica, porque en
realidad significa un anhelo hacia Dios, un ansia de verlo y gustarlo en cuanto
es posible en esta vida. Y un deseo como este ya es amor, que siempre trae paz.
Existe otra estrategia que deberías intentar
también. Cuando te sientas totalmente exhausto de luchar contra tus
pensamientos, dite a ti mismo: «Es inútil luchar más con ellos», y después
ríndete a sus pies como un cobarde o cautivo. Pues, al hacer esto, te
encomiendas a Dios en medio de tus enemigos y admites la radical impotencia de
tu naturaleza. Te aconsejo que recuerdes esta estratagema particular, pues al
emplearla te haces completamente dócil en las manos de Dios. Y ciertamente,
cuando esta actitud es auténtica, equivale a un autoconocimiento, ya que te ves
a ti mismo como realmente eres, una miserable y corrompida criatura, menos que
nada sin Dios. Es, en realidad, una humildad experiencial. Cuando Dios te ve apoyado
sólo en esta verdad, no puede menos que apresurarse a ayudarte desquitándose en
tus enemigos. Luego como padre que corre a rescatar a su hijo pequeño de las
mandíbulas del jabalí o de los osos salvajes, te cogerá y te estrechará en sus
brazos, enjugando tiernamente tus lágrimas espirituales.
33
Que la persona se purifica de
sus pecados
particulares y de sus consecuencias por
medio
de la contemplación; sin
embargo, nunca llega
a la seguridad perfecta en esta vida
No entraré ahora directamente en otras técnicas.
Si dominas estas, creo que estarás más capacitado para enseñarme a mi que yo a
ti. Pues, a pesar de que todo lo que te he dicho es cierto, estoy muy lejos de
ser un experto en ellas. Por eso espero sinceramente que me puedas ayudar
progresando tú mismo en ellas.
Te animo a que te mantengas durante algún tiempo
en esta tarea y si no puedes dominar inmediatamente estas técnicas, aguanta
pacientemente el sufrimiento de las distracciones. Pero tu sufrimiento pasará y
Dios comenzará a enseñarte sus propios métodos por medio de su gracia y a
través de la experiencia. Entonces sabré que has sido purificado del pecado y
de sus efectos; de los efectos de tus propios pecados personales, es decir, no
de los del pecado original. Pues las secuelas del pecado original te asediarán
hasta la tumba, a pesar de tus esfuerzos. No te molestarán tanto, sin embargo,
como los efectos de tus pecados personales. Has de comprender, no obstante, que
en esta vida no podrás vivir sin gran angustia. Por lo que respecta al pecado
original, cada día te traerá alguna nueva tentación al mal que habrás de
derribar y cercenar con la vehemente espada de doble filo del discernimiento.
La experiencia te enseñará que en esta vida no hay absoluta seguridad ni paz
duradera.
Pero no cedas nunca ni te pongas demasiado
nervioso por la posible caída. Pues si tienes la gracia de dominar los efectos
de tus pecados personales con la ayuda de los recursos que he descrito (o si
puedes con otras formas mejores), confía en que los efectos del pecado original
y demás tentaciones que puedan derivarse de ellos apenas habrán de impedir tu
crecimiento
34
Que Dios da el don de la
contemplación libremente
y sin recurrir a métodos; los métodos solos
nunca pueden suscitarla
Si me preguntas ahora cómo se ha de proceder para
realizar la obra contemplativa del amor, me pones en un aprieto. Todo lo que
puedo decir es que pido a Dios todopoderoso que en su gran bondad y dulzura te
enseñe él mismo. Pues debo admitir con toda honradez que yo no lo sé. Y no te
has de extrañar, pues es una actividad divina y Dios puede realizarla en
cualquiera que elija. Nadie puede merecerla. Por paradójico que pueda parecer,
ni siquiera puede ocurrírsele a persona alguna -no, ni a un ángel ni a un santo-
el desear el amor de contemplación en caso de que no estuviera ya vivo en él.
Creo también que, con frecuencia, llama el Señor deliberadamente a trabajar en
esta obra a los que han sido pecadores habituales con preferencia a aquellos
que, en comparación, nunca le ofendieron gravemente. Sí, parece que lo hace con
mucha frecuencia. Pues pienso que quiere hacernos comprender que es todo
misericordia y poder, y que es perfectamente libre para obrar como, donde y
cuando le plazca.
No da, sin embargo, su gracia ni realiza esta
obra en una persona que no tenga aptitud para ella. Pero una persona que no
tiene capacidad de recibir su gracia no la alcanzará tampoco a través de sus
propios esfuerzos. Nadie, ni pecador ni inocente, puede conseguirla. Pues esta
gracia es un don, y no se da a la inocencia ni es negada al pecado. Advierte
que digo negada, no retirada.
Cuidado con el error aquí, te lo suplico.
Recuerda que cuanto más cerca está el hombre de la verdad, más sensible ha de
ser al error. La advertencia que hago es correcta, pero si ahora no puedes
captarla, déjala hasta que Dios te ayude a entenderla. Haz como te digo y no te
devanes los sesos.
¡Alerta con el orgullo! Es una blasfemia contra
Dios en sus dones y hace al pecador temerario. Si fueras realmente humilde
entenderías lo que intento decir. La oración contemplativa es don de Dios,
totalmente gratuito. Nadie puede merecerlo. Corresponde a la naturaleza de este
don el que, quien lo recibe, reciba también la aptitud correspondiente. Nadie
puede tener la aptitud sin el don mismo. La aptitud para esta obra se
identifica con la obra misma; son idénticas. Quien experimenta la acción de
Dios en lo hondo de su espíritu tiene la aptitud para la contemplación y no
otra cosa. Sin la gracia de Dios una persona sería tan insensible a la realidad
de la oración contemplativa que seria incapaz de desearla o buscarla. La posees
en la medida en que deseas poseerla, ni más ni menos. Pero nunca deseas
poseerla hasta que aquel que es inefable e incognoscible te mueve a desear lo
inefable e incognoscible. No seas curioso por saber más, te lo suplico. Sé
constantemente fiel a esta obra hasta que llegue a ser toda tu vida.
Para expresarlo de una manera más simple, deja
que la gracia misteriosa actúe en tu espíritu como quiera y síguela donde te
lleve. Que ella sea el agente activo y tú el receptor pasivo. No te interfieras
con ella (como si te fuera posible aumentar la gracia), más bien déjala actuar,
no sea que la estropees totalmente. Tu parte es la de la madera con respecto al
carpintero o la casa en relación al que la habita. Permanece ciego durante este
tiempo desechando todo deseo de conocer, ya que el conocimiento es aquí un
obstáculo. Conténtate con sentir cómo se despierta suavemente en lo hondo de tu
espíritu esta gracia misteriosa. Olvídate de todo excepto de Dios y fija en él
tu puro deseo, tu anhelo despojado de todo interés propio.
Si esto de que hablo forma parte de tu
experiencia, entonces llénate de confianza porque realmente es Dios, y él solo,
quien despierta tu voluntad y deseo. Él no necesita técnicas ni tu asistencia.
No tengas miedo del maligno, pues él no se atreve a acercarse a ti. Por astuto
que sea, es incapaz de violar el santuario interior de tu voluntad, si bien
algunas veces puede atentarlo por medios indirectos. Ni siquiera un ángel puede
tocar directamente tu voluntad. Sólo Dios puede entrar aquí.
Estoy tratando de aclarar con palabras lo que la
experiencia enseña más convenientemente: que las técnicas y métodos son en
última instancia inútiles para despertar el amor contemplativo.
Es inútil venir a esta actividad armado con
ellos. Pues todos los buenos métodos y medios dependen de él, mientras que él
no depende de nada.
35
De la «lectura», el
«pensamiento» y la «oración»,
tres hábitos que ha de desarrollar el
principiante
en la contemplación
No obstante, todo aquel que aspira a la
contemplación ha de cultivar el Estudio, la Reflexión y la Oración, o dicho de
otra manera, la lectura, el pensamiento y la oración. Otros han escrito sobre
estas disciplinas con más detenimiento de lo que yo puedo hacer aquí, por eso
no hay necesidad de que trate de ellas ahora en detalle. Pero diré esto a los
que puedan leer este libro, tanto principiantes como un poco avanzados (aunque
no a los muy expertos en la contemplación): estas tres cosas son tan
interdependientes que es imposible pensar sin primero leer o -lo que es lo
mismo- haber oído leer a otros. Pues la lectura y la audición son realmente una
misma cosa; los sacerdotes aprenden leyendo libros y los no letrados aprenden
de los sacerdotes que predican la palabra de Dios. Los principiantes y los poco
avanzados que no se esfuerzan por meditar la palabra de Dios no deberían
sorprenderse si son incapaces de orar. La experiencia confirma esto.
La palabra de Dios, hablada o escrita, es como un
espejo. La razón es tu ojo espiritual, y la conciencia tu semblante espiritual.
Y así como empleas un espejo para detectar un defecto en tu persona -y sin un
espejo o alguien que te diga dónde está la mota no podrías descubrirla-, de la
misma manera, en el orden espiritual, sin la lectura o la audición de la
palabra de Dios, el hombre, ciego espiritualmente a causa de su pecado
habitual, es incapaz de ver la mancha en su conciencia.
Cuando una persona descubre en el espejo -o se
entera por otra- que su cara está sucia, va inmediatamente a la fuente y se
lava. De la misma manera, cuando un hombre de buena voluntad se ve a si mismo
reflejado por las Escrituras o por la predicación de otros y se da cuenta de
que su conciencia está manchada, corre inmediatamente a limpiarse. Si es una
mala obra particular la que descubre, entonces la fuente que ha de buscar es la
Iglesia y el agua que ha de aplicarse es la Confesión según la costumbre de la
Iglesia. Pero si es la raíz ciega y la tendencia al pecado lo que ve, entonces
la fuente que debe buscar es el Dios de toda misericordia y el agua que ha de
emplear es la oración con todo lo que esto supone.
Por eso quiero que entiendas con claridad que
para los principiantes y los poco avanzados en la contemplación, la lectura o
la escucha ponderada de la palabra de Dios ha de ser lo primero, ya que sin un
tiempo consagrado a la reflexión seria no puede haber oración genuina.
36
Del modo de meditar propio de
los contemplativos
Los que, sin embargo, están continuamente
ocupados en la contemplación, experimentan todo esto de modo diferente. Su
meditación se parece más a una intuición repentina o a una oscura certeza.
Intuitiva y repentinamente se darán cuenta de sus pecados o de la bondad de
Dios, pero sin haber hecho ningún esfuerzo consciente para comprender esto por
medio de la lectura u otros medios. Una intuición como esta es más divina que
humana en su origen.
De hecho, en este punto no me importa que dejes
de meditar tanto en tu naturaleza caída como en la bondad de Dios. Supongo,
naturalmente, que estás movido por la gracia y que has pedido consejo para
dejar atrás estas prácticas. Pues entonces basta con centrar tu atención en una
simple palabra tal como pecado o Dios (u otra que prefieras), y sin la
intervención del pensamiento analítico puedes permitirte experimentar
directamente la realidad que significa. No emplees la inteligencia lógica para
examinar o explicarte esta palabra, ni consientas ponderar sus diferentes sentidos,
como si todo ello te permitiera incrementar tu amor. No creo que el
razonamiento ayude nunca en la contemplación. Por eso te aconsejo que dejes
estas palabras tal cual, como un conjunto, por así decirlo.
Cuando pienses en el pecado, no te refieras a ninguno
en particular; sino sólo a ti mismo, y tampoco a nada particular en ti mismo.
Creo que esta oscura conciencia global del pecado (refiriéndote sólo a ti
mismo, pero de una manera indefinida, como a conjunto) puede incitarte a la
furia de un animal salvaje enjaulado. Cualquiera que te observe, sin embargo,
no notará ningún cambio en tu expresión y supondrá que estás perfectamente
tranquilo y en orden. Sentado, caminando, echado, descansando, de pie o de
rodillas aparecerás completamente relajado y en paz.
37
De la oración personal propia
de los contemplativos
El experto contemplativo, pues, no depende del
razonamiento discursivo del mismo modo que los principiantes y los poco
avanzados. Sus conocimientos surgen espontáneamente sin la ayuda del proceso
intelectual, como intuiciones directas de la verdad. Algo similar puede decirse
también de su oración. Hablo de su oración personal, no del culto litúrgico de
la Iglesia, aunque no quiero dar a entender que se desprecia la oración
litúrgica. Por el contrario, el verdadero contemplativo tiene la más alta
estima de la liturgia y es cuidadoso y exacto en su celebración, siguiendo la
tradición de nuestros padres. Pero estoy hablando ahora de la oración privada y
personal del contemplativo. Esta, lo mismo que su meditación, es totalmente
espontánea y no depende de métodos específicos de preparación.
Los contemplativos raras veces oran con palabras,
y si lo hacen, son pocas. En realidad, cuanto menos mejor. Y además una palabra
monosílaba es más adecuada a la naturaleza espiritual de esta obra que las
largas. Pues desde ahora el contemplativo se ha de mantener continuamente
presente en el más profundo e intimo centro del alma.
Déjame ilustrar lo que digo con un ejemplo tomado
de la vida real. Si un hombre o mujer, aterrorizado por un repentino desastre,
toca el límite de sus posibilidades personales, concentra toda su energía en un
gran grito de auxilio. En circunstancias extremas como esta, una persona no se
entrega a muchas palabras, ni siquiera a las más largas. Por el contrario,
reuniendo toda su fuerza, expresa su desesperada necesidad en un grito agudo:
«¡Socorro!". Y con esta exclamación suscita efectivamente la atención y la
asistencia de los demás.
De manera semejante, podemos entender la eficacia
de una palabrita interior, que no llega a pronunciarse o pensarse, pero que
surge desde lo hondo del espíritu de un hombre y que es la expresión de todo su
ser. (Por lo hondo o profundidad entiendo lo mismo que altura, pues, en el
ámbito del espíritu, altura y profundidad, largura y anchura, es lo mismo). Por
eso esta simple oración que prorrumpe desde lo hondo de tu espíritu mueve el
corazón de Dios todopoderoso con más seguridad que un largo salmo recitado
mecánicamente en voz baja.
Este es el significado de aquel dicho de la
Escritura: «Una breve oración penetra los cielos».
38
Cómo y por qué una breve
oración penetra los cielos
¿Por qué supones que esta breve oración es tan
poderosa como para penetrar los cielos? Sin duda, porque es la oración de todo
el ser del hombre. Un hombre que ora como este, ora con toda la altura y
profundidad, la largura y la anchura de su espíritu. Su oración es alta porque
ora con todas las fuerzas de su espíritu; es profunda, porque ha reunido todo
su pensamiento y comprensión en esta palabrita; es larga, porque si este
sentimiento pudiera durar estaría gritando siempre como lo hace ahora; es
ancha, porque con preocupación universal desea para todos lo que desea para si
mismo.
Con esta oración la persona llega a comprender
con todos los santos la largura y la anchura, la altura y la profundidad del
Dios eterno, misericordioso, omnipotente y omnisciente, como dice san Pablo. No
totalmente, por supuesto, sino parcialmente y de esa manera oscura, característica
del conocimiento contemplativo. La largura habla de la eternidad de Dios, la
anchura de su amor, la altura de su poder y la hondura de su sabiduría. No ha
de extrañarnos, pues, que cuando la gracia transforma de esta manera a una
persona a imagen y semejanza de Dios, su creador, su oración sea oída tan
rápidamente. Y estoy seguro de que Dios oirá y ayudará siempre a todo hombre
que ore como este; sí, aun cuando sea pecador y, por así decirlo, enemigo de
Dios. Pero si su gracia le mueve a lanzar este angustiado grito desde la
profundidad y la altura, la largura y la anchura de su ser, Dios le escuchará.
Dé jame ilustrar lo que estoy diciendo con otro
ejemplo. Imagínate que en medio de la noche oyes gritar a tu peor enemigo con
todo su ser «¡Socorro!» o «¡Fuego!». Aun cuando este hombre fuera tu enemigo,
¿no te moverías de compasión por la agonía de ese grito y te lanzarías a
ayudarle? Si, por supuesto que lo harías. Y aunque estuvieras en lo más crudo
del invierno te apresurarías a apagar el fuego o a calmar su angustia. ¡Dios
mío! Si la gracia puede transformar de tal manera a un hombre hasta el punto de
poder olvidar el odio y tener tal compasión por su enemigo, ¿qué no deberemos
esperar de Dios cuando oiga gritar a una persona desde lo más alto y más bajo,
desde lo largo y ancho de su ser? Pues Dios es por naturaleza la plenitud de
cuanto nosotros somos por participación. La misericordia de Dios pertenece a la
esencia de su ser; por eso decimos que es todo misericordia. Con toda
seguridad, pues, podemos esperar confiadamente en él.
39
Cómo ora el contemplativo
avanzado;
qué es la oración; y qué palabras son las
más
adecuadas a la naturaleza de
la oración contemplativa
Hemos de orar, pues, con toda la intensidad de
nuestro ser en su altura y profundidad, en su largura y anchura. Y no con
muchas palabras sino con una palabrita.
Pero ¿qué palabra emplearemos? Ciertamente, la
palabra más apropiada es aquella que refleja la naturaleza de la oración misma.
¿Y qué palabra es esa? Bueno, tratemos primero de determinar la naturaleza de
la oración y luego quizá estemos en mejores condiciones de decidir.
En si misma, la oración es simplemente una
apertura reverente y consciente a Dios, llena del deseo de crecer en bondad y
de superar el mal. Y ya sabemos que todo mal, sea por instigación o por obra,
se resume en una palabra: «pecado». Por eso, cuando deseamos ardientemente orar
para la destrucción del mal no debemos decir, pensar y significar otra cosa que
esta palabra: «pecado». No se necesitan otras palabras. Y cuando queramos pedir
la bondad, que todo nuestro pensamiento y deseo esté contenido en esta pequeña
palabra: «Dios». No se necesita nada más, ni otras palabras, pues Dios es el
compendio de todo bien. Él es la fuente de todo bien, pues constituye su
verdadero ser.
No te sorprendas de que ponga estas palabras por
encima de todas las demás. Si supieras que hay otras palabras más pequeñas y
que expresaran tan adecuadamente todo lo que es bueno y malo, o que Dios me
hubiere enseñado otras, ciertamente las usaría. Y te aconsejo que tú hagas lo
mismo. No te turbes investigando la naturaleza de las palabras, de lo contrario
nunca te pondrás a la tarea de aprender a ser contemplativo. Te aseguro que la
contemplación no es fruto de estudio sino un don de la gracia.
Aun cuando he recomendado estas dos palabritas,
no tienes por qué hacerlas tuyas si la gracia no te indina a elegirías. Pero si
por la atracción de la gracia de Dios encuentras que tienen significado,
entonces fíjalas por todos los medios en tu mente siempre que te sientas
arrastrado a orar con palabras, porque son cortas y simples. Si no te sientes
inclinado a orar con palabras, entonces olvídate también de estas.
Creo que encontrarás que la simplicidad en la
oración, que tan vivamente te he recomendado, no impedirá su frecuencia,
porque, como expliqué arriba, esta oración se hace en la largura del espíritu,
lo que significa que es incesante, hasta que recibe respuesta. Nuestra
ilustración confirma esto. Cuando una persona está aterrorizada y en gran
zozobra, se encontrará gritando «¡Socorro!» o «¡Fuego!», hasta que alguien oiga
su grito y acuda en su auxilio.
40
Que durante la contemplación
la persona da de lado
toda meditación sobre la naturaleza de la
virtud
y del vicio
Como ya he explicado, has de sumergir tu ser en
la realidad espiritual significada por la palabra «pecado», no insistiendo, sin
embargo, en una clase particular de pecado tal como el orgullo, la ira,
envidia, codicia, pereza, gula, lujuria o cualquier otro pecado, sea mortal o
venial. Pues, para un contemplativo, ¿qué importa la clase o la gravedad del
pecado? A la luz de la contemplación cualquier cosa que le separa de Dios, por
leve que sea, aparece como un mal atroz y le roba la paz interior.
Trata de experimentar el pecado como un conjunto
de algo, entendiendo que eres tú mismo, pero sin definirlo con precisión. Luego
grita en tu corazón esta única palabra: «pecado», «pecado», «pecado», o «socorro»,
«socorro», «socorro». Dios puede enseñarte lo que quiero decir por medio de la
experiencia mucho mejor de lo que puedo hacerlo con palabras. Pues lo mejor es
que esta palabra sea totalmente interior sin un pensamiento definido o un
sonido real. En ocasiones, te sentirás tan saturado de lo que es el pecado, que
la tristeza y el peso del mismo se extenderá por todo tu cuerpo y alma, hasta
llegar a exclamar la misma palabra.
Todo esto es igualmente cierto de la palabra
«Dios». Sumérgete en la realidad espiritual de que te habla, pero sin ideas
precisas de las obras de Dios, sean grandes o pequeñas, espirituales o
materiales. No consideres ninguna virtud en particular que Dios pueda enseñarte
con su gracia, sea la humildad, la caridad, paciencia, abstinencia, esperanza,
fe, moderación, castidad o pobreza evangélica. Porque, en cierto sentido, para
el contemplativo todas son lo mismo. Él encuentra y experimenta todas ellas en
Dios, quien es la fuente y esencia de toda bondad. El contemplativo ha llegado
a comprender que si posee a Dios, posee todos los bienes, y por eso no desea
nada en particular sino sólo al buen Dios mismo. Y tú también debes hacerlo
así, en cuanto te es posible con su gracia. Que esta palabra represente para ti
a Dios en toda su plenitud y nada más que la plenitud de Dios. Que nada sino
Dios predomine en tu mente y en tu corazón.
Y dado que, mientras vivas en esta vida mortal,
habrás de sentir en alguna medida el peso del pecado como parte y parcela de tu
ser, sé lo suficientemente prudente para alternar entre estas dos palabras:
«Dios» y «pecado». Acuérdate de este principio general: si posees a Dios te
verás libre del pecado, y cuando estás libre del pecado posees a Dios.
41
Que en todo, excepto en la
contemplación,
la persona ha de ser moderada
Si me preguntas ahora qué clase de moderación has
de observar en la obra de la contemplación, te responderé lo siguiente:
ninguna. En todo lo demás, como el comer, beber y dormir, la moderación es la
regla. Evita los extremos de calor y frío; guárdate contra el exceso por más o
por menos en la lectura, la oración o el compromiso social. En todas estas
cosas, repito, sigue el sendero del medio. Pero en el amor no guardes medida.
En realidad, desearía que nunca cesaras en esta obra del amor.
Has de darte cuenta, en efecto, de que en esta
vida te será imposible continuar en esta obra con la misma intensidad durante
todo el tiempo. La enfermedad, los achaques del cuerpo y del espíritu y otras
innumerables necesidades de la naturaleza te dejarán indispuesto y apartado de
sus alturas. Al mismo tiempo, sin embargo, te aconsejo que te mantengas siempre
con buen ánimo y si quieres, con alegría. Lo que quiero decir es que con el
deseo puedes permanecer en ella aun cuando interfieran otras cosas. Por amor de
Dios, evita, pues, la enfermedad en cuanto te sea posible, a fin de que no seas
responsable de una enfermedad innecesaria.
Te hablo seriamente cuando digo que esta obra
exige una disposición relajada, sana y vigorosa tanto de cuerpo como de
espíritu. Por amor de Dios, disciplínate en el cuerpo y en el espíritu a fin de
mantener tu salud el mayor tiempo posible. Pero si, a pesar de tus mejores
esfuerzos, la enfermedad te domina, sé paciente en soportarla y espera con
humildad la misericordia de Dios. Esto basta. En efecto, tu paciencia en la
enfermedad y en la aflicción puede ser a menudo más grata a Dios que los
tiernos sentimientos de devoción en tiempos de salud.
42
Que no teniendo moderación en
la contemplación,
el hombre puede llegar a la perfecta
moderación
en todo lo demás
Quizá estés preguntándote ahora cómo determinar
la medida adecuada en la comida, la bebida, el sueño y demás. Te contestaré
brevemente: conténtate con aceptar las cosas según vienen. Si te entregas
generosamente a la obra del amor, estoy seguro de que sabrás cuándo has de
comenzar y terminar cualquier otra actividad. No puedo creer que una persona
entregada con toda su alma a la contemplación pueda errar por exceso o por
defecto en estos asuntos externos, a menos que sea una persona que siempre
yerre.
¡Ojalá yo pudiera estar siempre preocupado y ser
fiel a la obra del amor en mi corazón! Dudo que entonces me preocupase mucho de
mi comida, bebida, sueño y conversación. Pues ciertamente se consigue antes
moderación en estas cosas por despreocupación de las mismas que a través de una
introspección angustiosa, como si esta ayudara a determinar la medida adecuada.
Con seguridad nada de lo que haga o diga puede realmente conseguirlo. Que otros
digan lo que quieran; la experiencia es mi testigo.
Por eso te digo, una vez más, eleva tu corazón
con un ciego impulso de amor, consciente ora del pecado, ora de Dios, deseando
a Dios y detestando el pecado. A este lo conoces demasiado bien, pero tu deseo
tiende hacia Dios. Pido que el buen Dios venga en tu ayuda, pues al llegar a
este punto le necesitarás muchísimo.
43
Que el hombre ha de perder la
conciencia radical
de concentración en su propio ser,
si es que quiere llegar a las
altas cimas
de la contemplación en esta vida
Sé cauto al vaciar tu mente y tu corazón de todo
excepto de Dios durante el tiempo de esta obra. Rechaza el conocimiento y la
experiencia de todo lo que es inferior a Dios, dejándolo bajo la nube del
olvido. Y has de aprender también a olvidar no sólo a toda criatura y sus obras
sino también a ti mismo, juntamente con cuanto has hecho por el servicio de
Dios. Pues un verdadero amante no sólo quiere a su amado más que a si mismo
sino que en cierto sentido se olvida de si mismo en relación al único que ama.
Y esto es lo que has de aprender a hacer. Has de
llegar a abominar y detestar todo lo que ocupa tu mente excepto a Dios, pues
todo es un obstáculo entre él y tú. Apenas si te ha de extrañar el que llegues
a odiar el pensar sobre ti mismo en vistas a tu mayor comprensión del pecado.
Esta mancha fétida y detestable llamada pecado no es sino tú mismo, y aunque no
lo consideres con todo detalle, ahora sabes que es parte y parcela de tu mismo
ser y algo que te separa de Dios.
Rechaza, pues, el pensamiento y la experiencia de
todas las cosas creadas, pero aprende más especialmente a olvidarte de ti
mismo, ya que todo tu conocimiento y experiencia depende del conocimiento y
sentimiento de ti mismo. Todo lo demás se olvida fácilmente en comparación con
uno mismo. Comprueba si la experiencia no me da a mí la razón. Aun mucho
después de haberte olvidado con éxito de las criaturas y de sus obras, te darás
cuenta de que un elemental conocimiento y sentimiento de tu ser sigue permaneciendo
entre ti y Dios. Créeme, no serás perfecto en el amor hasta que esto sea
también destruido.
44
Cómo se ha de disponer la
persona a fin de destruir
la conciencia elemental de concentración
en su propio ser
Me preguntas ahora cómo podrás destruir este
elemental conocimiento y sentimiento de tu propio ser. Quizá tú llegas a
comprender por fin que, si destruyes esto, cualquier otro obstáculo quedaría
destruido. Si has llegado a entender esto, ya es mucho. Pero para responderte
he de explicar que sin una gracia especial de Dios, libremente otorgada, y sin
la perfecta correspondencia a esta gracia por tu parte, no puedes nunca esperar
la destrucción de ese elemental conocimiento y sentimiento de tu ser. La
perfecta correspondencia a esta gracia consiste en un fuerte y profundo dolor o
tristeza interior.
Pero es de suma importancia modelar este dolor.
Has de ser cauto para no forzar nunca de forma irreverente tu cuerpo o tu
espíritu. Siéntete relajado y tranquilo pero sumergido en el dolor. El dolor del
que hablo es genuino y perfecto, y bendito el hombre que lo experimente. Todo
hombre tiene muchos motivos de tristeza, pero sólo entiende la razón universal
y profunda de la tristeza el que experimenta que es (existe). Todo otro motivo
palidece ante este. Sólo siente auténtica tristeza y dolor quien se da cuenta
no sólo de lo que es sino de que es. Quien no ha sentido esto debería llorar,
pues nunca ha experimentado la verdadera tristeza. Esta tristeza purifica al
hombre del pecado y del castigo del pecado. Aún más, prepara su corazón a
recibir aquella alegría por medio de la cual trascenderá finalmente el saber y
el sentir de su ser.
Cuando esta tristeza es auténtica, está henchida
del anhelo reverente de la salvación de Dios, pues de otra manera ningún hombre
podría aguantarla. Si el hombre no estuviera un tanto alentado por el consuelo
de la oración contemplativa, quedaría completamente aplastado por el
conocimiento y sentimiento de su ser. Pues cuántas veces quiere llegar a un
conocimiento y sentimiento verdaderos de Dios en pureza de su espíritu (hasta
el punto que es posible en esta vida) y siente luego que no puede -pues se da
cuenta constantemente de que su conocer y su sentir están como ocupados y
llenos de una fétida y pestilente mancha de si mismo, que siempre ha de
odiarse, despreciarse y desecharse, si se quiere ser perfecto discípulo de Dios
y enseñado por él solo en el monte de la perfección-, casi se desespera por la
tristeza que siente, llorando, gimiendo, retorciéndose, imprecando y reprochándose
a sí mismo. Siente, en una palabra, el peso de si mismo de una manera tan
trágica que ya no se cuida de si mismo con tal de poder amar a Dios.
Y sin embargo, en todo esto no desea dejar de
existir, pues esto es locura del diablo y blasfemia contra Dios. De hecho, se
alegra de existir y desde lo hondo de su corazón rebosante de agradecimiento da
gracias a Dios por el don y el bien de su existencia. Al mismo tiempo, sin
embargo, desea incesantemente verse libre del conocimiento y sentimiento de su
ser.
Antes o después todos han de darse cuenta en
alguna medida tanto de esta tristeza como de este anhelo de libertad. Dios, en
su sabiduría, enseñará a sus amigos espirituales, según la fuerza física y
moral de cada uno, a soportar esta verdad, de acuerdo con el progreso y la
apertura a su gracia de cada uno. Él los instruirá poco a poco hasta que sean
completamente uno en la plenitud de su amor; esa plenitud posible en la tierra
con su gracia.
45
Una buena exposición de
ciertos engaños
que pueden acechar al contemplativo
Te debo advertir que un joven novicio, sin
experiencia en la contemplación, está expuesto a una gran decepción si no está
constantemente alerta y no es lo suficientemente sincero para buscar un guía
seguro. El peligro es que puede dar al traste con su fortaleza física y caer en
aberraciones mentales por medio del orgullo, la sensualidad y una engañosa
sofistería.
He aquí cómo puede insinuarse la decepción. Un
joven o una joven recién iniciado en el camino de la contemplación empieza a
oír hablar del deseo por el que el hombre eleva su corazón a Dios, ansiando
incesantemente experimentar su amor; oye hablar también sobre la tristeza que
acabo de describir. Considerándose vanamente diestro y sofisticado en la vida
espiritual, no tarda en comenzar a interpretar lo que oye en términos literales
y materiales, perdiendo completamente de vista el sentido espiritual más
profundo. Y por eso violenta locamente sus recursos físicos y emocionales más
allá de toda razón. Despreciando la inspiración de la gracia y excitado por la
vanidad y la presunción, fuerza su aguante tan mórbidamente que en poco tiempo
se encuentra fatigado y extenuado en cuerpo y espíritu. Después siente la
necesidad de aliviar la tensión creada buscando una compensación baladí,
material o física, como relajación del cuerpo y del espíritu.
Suponiendo que salga de esto, su ceguera
espiritual y el abuso que inflige a su cuerpo en esta pseudocontemplación (pues
difícilmente se puede llamar espiritual) le pueden llevar a fomentar sus
pasiones de forma no natural o a crear en él un estado frenético. Y todo ello
es el resultado de una pseudoespiritualidad y de un mal trato del cuerpo. Está
instigado por su enemigo, el demonio, que se vale de su orgullo, sensualidad y
presunción intelectual para engañarle.
Esta clase de personas creen, por desgracia, que
la exaltación que sienten es el fuego del amor encendido en sus pechos por el
Espíritu Santo. De este engaño y otros semejantes surgen males de todas clases,
mucha hipocresía, herejía y error. Esta especie de pseudoexperiencia trae
consigo el falso conocimiento propio de la escuela del diablo, de la misma
manera que la auténtica experiencia comporta la comprensión de la verdad
enseñada por Dios. Créeme cuando te digo que el diablo tiene sus contemplativos
como Dios tiene los suyos.
La falsedad de las pseudoexperiencias y del falso
conocimiento se da de mil maneras y situaciones según las diferentes
mentalidades y disposiciones de los engañados, de la misma manera que la
experiencia verdadera asume muy diferentes formas subjetivas. Pero voy a
detenerme aquí. No quiero cargarte con más conocimientos de los que necesitas
para hacer seguro tu camino. ¿De qué puede servirte el oír que el maligno ha
engañado a grandes clérigos y en diferentes etapas de su vida? De nada, estoy
seguro. Por eso, sólo describiré aquellas trampas que puedes encontrar con mas
facilidad a medida que avanzas en esta obra. Te digo que puedes ser avisado de
antemano y evitarías.
46
Una instrucción provechosa
para evitar estos engaños;
que en la contemplación se ha de confiar
más
en un entusiasmo gozoso que
en la simple fuerza bruta
Por el amor de Dios, pues, sé cauto y no te
fuerces imprudentemente en esta obra. Confía más en un alegre entusiasmo que en
la simple fuerza bruta. Pues cuanto más alegremente procedas, más humilde y
espiritual se hará tu contemplación. Si, por el contrario, te conduces
morbosamente, los frutos resultantes serán toscos y no naturales. Por eso, sé
cauto. En efecto, todo el que pretende acercarse a esta encumbrada montaña de
la oración contemplativa por medio de la simple fuerza bruta, será arrojado con
piedras. Sabes que las piedras son cosas ásperas y secas que hieren
terriblemente cuando golpean. Sin duda que una represión morbosa dañará tu
salud, pues carece del rocío de la gracia y está completamente seca. Causará,
además, un gran daño a tu mente alocada, llevándola a tropezar en ilusiones
diabólicas. Por eso te vuelvo a decir que evites todo impulso no natural y que
aprendas a amar con alegría con una suave y dulce disposición de cuerpo y de
alma. Espera con alegre y modesta finura la iniciativa del Señor y no trates de
arrebatar impacientemente la gracia cual codicioso lebrel muerto de hambre.
Hablo ahora medio en broma, pero trata de dominar
el agudo y espontáneo suspiro de tu espíritu e intenta ocultar el ansia de tu
corazón a los ojos del Señor. Quizá desprecies esto que te digo como algo
infantil y frívolo, pero créeme, quien tenga la luz para entender lo que estoy
diciendo y la gracia de seguirlo, experimentará, en efecto, las delicias de los
gozos del Señor. Pues como un padre que juguetea con su hijo, estrechará y
besará a quien viene a él con un corazón de niño-
47
Cómo crecer hasta la
perfección de la pureza
del espíritu; cómo manifiesta un
contemplativo
su deseo a Dios de una manera
y los hombres de otra
No te molestes si te parece que hablo infantil y
alocadamente y como si careciera de sano juicio. Lo hago adrede, pues creo que
el Señor me ha inspirado en los últimos días para pensar y sentir así y decir a
algunos de mis otros buenos amigos lo que ahora te digo a ti.
Una razón que tengo para aconsejarte que ocultes
el deseo de tu corazón de los ojos de Dios es que, cuando tú lo ocultas, más
clara y realmente lo ve él. Al ocultarlo consigues tu propósito y ves tu deseo
cumplido antes que por otros medios que pudieras discurrir para atraer la
atención de Dios. Otra segunda razón es que quiero que vayas independizándote
de tus constantes emociones y que llegues a experimentar a Dios en la pureza y
profundidad de tu espíritu. Finalmente, quiero ayudarte a anudar el nudo
espiritual del amor ardiente que te atará a Dios en comunión de ser y de deseo.
Pues, como sabes, Dios es espíritu, y todo aquel que desea unirse a él ha de
entrar en la verdad y la profundidad de una comunión espiritual que trasciende
con mucho toda representación terrena.
Dios, como es obvio, lo sabe todo y nada puede
quedar oculto a sus ojos, sea material o espiritual. Pero, por ser espíritu,
algo que se ha introducido a fondo en el espíritu es para él más claro y
evidente que lo que se mezcla con las emociones. Y por eso lo espiritual es
algo connatural a él. Por esta razón creo que cuanto más enraizado está nuestro
deseo en las emociones, se encuentra más alejado de Dios que si surgiera
simplemente de la actitud gozosa de un espíritu puro y profundo.
Ahora ya puedes entender mejor por qué te
aconsejo alegremente cubrir y ocultar tu deseo de Dios. Con ello no te estoy
sugiriendo que lo ocultes totalmente, pues sería el consejo de un loco y
además, una tarea imposible. Pero te ruego que eches mano de tu ingenuidad para
ocultarlo a sus ojos lo mejor que puedas. ¿Por qué te digo esto? Porque quiero
que lo metas en el fondo de tu espíritu, lejos del contagio de caprichosas
emociones que lo hacen menos espiritual y más alejado de Dios.
Sé, además, que a medida que tu corazón vaya
creciendo en pureza de espíritu, estará menos dominado por la carne y más
íntimamente unido a Dios. Él te verá más claramente y tú serás una fuente de
delicias para él. Su visión, por supuesto, no queda literalmente afectada por
esto o por aquello, pues es inmutable. Lo que trato de decirte es que cuando tu
corazón se haya transformado por la pureza de espíritu, se hará connatural a
Dios, pues él es espíritu.
Tengo todavía otra razón para aconsejarte que
escondas tu ansia de la mirada de Dios. Tú y yo, y muchos como nosotros,
estamos muy inclinados a desfigurar la realidad espiritual y a concebirla literalmente.
Quizá si yo te hubiera urgido a mostrar el deseo de tu corazón a Dios, lo
hubieras demostrado físicamente con gestos, sonidos, palabras o con cualquier
otra actividad ingeniosa que hubieras podido emplear para manifestar un
sentimiento secreto de tu corazón a un amigo humano. Pero esto sólo convertiría
tu obra de contemplación en menos simple y depurada, pues nosotros presentamos
las cosas al hombre de una manera y a Dios de otra.
48
Que Dios desea ser servido
por el hombre en cuerpo
y alma; que él glorificará a ambos; y cómo
distinguir
entre goces espirituales
buenos y malos
Mi intención en todo esto no es ciertamente
disuadirte de que ores en voz alta cuando el Espíritu Santo te inspire hacerlo
así. Y si el gozo de tu espíritu inunda tus sentidos de manera que comienzas a
hablar a Dios como hablarías a un hombre cualquiera, diciendo cosas como
«Jesús», «dulce Jesús», y otras parecidas, no necesitas apagar tu espíritu.
Dios no permita que me entiendas mal en esta materia. Pues ciertamente no
quiero apartarte de expresiones externas de amor. Dios me libre de querer
separar cuerpo y espíritu, pues fue él mismo quien los hizo una unidad. En
efecto, debemos honrar a Dios con toda la persona, cuerpo y espíritu juntos. Y
en la eternidad él glorificará perfectamente toda nuestra persona, cuerpo y
espíritu. Como primicia de su eterna gloria, Dios puede inflamar a veces los
sentidos de sus fieles amigos con indecible delicia y consuelo, incluso aquí
mismo, en esta vida. Y no solamente una o dos veces, sino quizá con mucha
frecuencia, según juzgue más conveniente. Este goce, sin embargo, no se origina
fuera de la persona entrando a través de las fuerzas de los sentidos, sino que
brota de una abundancia de alegría espiritual y de verdadera devoción del espíritu.
Consolación y gozo como este no ha de ser nunca puesto en duda o temido. En una
palabra, creo que todo el que lo experimenta no podrá ya dudar de su
autenticidad.
Pero te prevengo para que seas cauto ante otros
consuelos, sonidos, alegrías o goces provenientes de fuentes externas que no
puedes identificar, ya que pueden ser buenos o malos, obra de un ángel bueno o
del espíritu maligno. Pero si evitas vanas especulaciones y tensiones físicas y
emocionales no naturales en los caminos que yo te he enseñado (o en caminos
mejores que tú puedas descubrir), importa poco que sean consuelos buenos o
malos, pues no pueden hacerte mal. ¿Por qué está tu seguridad tan afianzada?
Sin duda, porque la fuente de la auténtica consolación es el deseo reverente y
amoroso que habita en un corazón puro. Esta es la obra del Dios todopoderoso
labrada sin recurso de técnicas y por lo mismo libre de la fantasía y del error
que llevan a caer a un hombre en esta vida.
Por lo que se refiere a otros consuelos, sonidos
y goces, no entraré en los criterios para discernir si son buenos o malos
ahora, pues no creo que sea necesario. Han sido tratados en toda su extensión
en la obra de otro hombre que es muy superior a cuanto yo pudiera escribir o
decir. Allí puedes encontrar cuanto he dicho y cuanto tú necesitas saber, y
mucho mejor tratado. Pero ¿qué importa eso? De todos modos yo proseguiré, pues
no me molesta contestar al deseo de tu corazón que busca la comprensión de la
vida interior. Este deseo me lo manifestaste antes a mí con palabras y ahora lo
veo claramente en tus acciones.
Diré una cosa relativa a estos sonidos y goces
que percibes a través de las facultades naturales y que pueden o no ser malas.
Aprende a estar continuamente ocupado en el ansia ciega reverente y gozosa del
amor contemplativo como te he enseñado. Si haces esto, estoy cierto que este
amor mismo te permitirá discernir sin error entre el bien y el mal. Es posible
que estas experiencias puedan cogerte desprevenido al principio por ser tan
poco comunes. Pero el ciego impulso del amor afirmará tu corazón y no les darás
crédito hasta que reciban su aprobación desde dentro, por el Espíritu Santo, o
desde fuera por la orientación de un prudente padre espiritual.
49
Que la esencia de toda
perfección es una buena
voluntad; los consuelos sensibles no son
esenciales
para la perfección en esta
vida
Y así puedes apoyarte confiadamente en este
limpio impulso del amor que brota de tu corazón y seguirle donde te lleve, pues
es tu guía seguro en esta vida y te llevará a la gloria de la venidera. Este
pequeño amor es la esencia de una buena vida y sin él nada bueno es posible.
Básicamente, el amor significa una radical y personal entrega a Dios. Esto
supone que tu voluntad está armoniosamente sintonizada a la suya en una
permanente alegría y entusiasmo por cuanto él hace.
Una buena voluntad como esta es la esencia de la
más alta perfección. El goce y consolaciones del espíritu y del sentido, por
sublimes que sean, son meramente accidentales en comparación con ella y de ella
dependen totalmente. Digo que son accidentales, porque importa poco el que una
persona las experimente o no. Son contingentes a la vida en la tierra, pero en
la eternidad serán elementos esenciales de la gloria final del hombre, tan
pronto como su cuerpo (que las siente ahora) se una real y esencialmente para
siempre con su espíritu. Pero en la tierra el meollo de toda consolación es la
realidad íntima de una buena voluntad.
Estoy seguro, además, de que la persona que ha
madurado en la perfección de su voluntad (al menos en lo que le es posible en
esta vida) no experimenta delicia o consolación a la que no pudiera renunciar
voluntaria y gozosamente si Dios quisiera.
50
Qué se entiende por amor
puro; que algunas
personas experimentan poca consolación
sensible
mientras que otras
experimentan mucha
Espero que veas ahora por qué es tan importante
que concentremos toda nuestra energía y atención en este suave movimiento de
amor en la voluntad. Con toda la reverencia debida a los dones de Dios, mi
opinión es que debemos estar completamente despreocupados de los deleites y
consuelos del sentido o del espíritu, por muy agradables o sublimes que sean.
Si vienen, bienvenidos sean, pero no te detengas en ellos por miedo a quedarte
vacío; créeme, gastarás mucha energía si te mantienes mucho tiempo en dulces
sentimientos y lágrimas. Es posible, además, que comiences a amar a Dios por
esas cosas y no por él mismo. Puedes saber si sucede esto o no, si te sientes
aburrido e irritable cuando no las experimentas. Si hallares que este es tu
caso, entonces tu amor no es todavía casto o perfecto. Cuando el amor es casto
y perfecto, puede permitir que los sentidos se nutran y fortalezcan por suaves
emociones y lágrimas, pero nunca se turba si Dios permite que desaparezcan.
Sigue gozándose en Dios de la misma manera.
Algunas personas experimentan cierto grado de
consolación casi siempre, mientras que otras sólo raras veces. Dios, en su gran
sabiduría, determina lo que es mejor para cada uno. Ciertas personas son
espiritualmente tan frágiles y delicadas que, a menos que sean siempre
confortadas con un poco de consolación sensible, serían incapaces de aguantar
las diversas tentaciones y sufrimientos que las afligen mientras luchan en esta
vida contra sus enemigos interiores y exteriores. Y hay otros tan frágiles
físicamente, que son incapaces de purificarse a través de una rigurosa disciplina.
Nuestro Señor, en su gran bondad, purifica a estas personas espiritualmente por
medio de consuelos y lágrimas. Hay, sin embargo, otros tan viriles
espiritualmente, que encuentran suficiente consuelo en el reverente
ofrecimiento de este sencillo y pequeño amor y en la suave armonía de sus
corazones con el de Dios. Encuentran tal fortalecimiento espiritual en su
interior, que necesitan poco de otro consuelo. Cuál de estas personas es más
santa o cercana a Dios, sólo él lo sabe. Yo, ciertamente, no lo sé.
51
Que los hombres han de
procurar no interpretar
literalmente lo que se dice en sentido
espiritual,
en particular el «dentro» y
«arriba»
Fija, pues, humildemente tu ciego impulso de amor
en tu corazón. No hablo de tu corazón físico, por supuesto, sino de tu corazón
espiritual, de tu voluntad. Procura no tomar las cosas espirituales de que te
hablo en sentido literal. Créeme, la vanidad humana de los que tienen una mente
rápida e imaginativa puede llevarles a grandes errores al obrar así.
Consideremos, por ejemplo, lo que te dije sobre
el ocultar tu deseo ante Dios lo mejor que puedas. Si te hubiera dicho que le
mostraras tu deseo, lo hubieras tomado quizá más al pie de la letra que ahora,
cuando te digo que lo ocultes. Pues ahora te das cuenta de que ocultar algo
intencionadamente es introducirlo en lo hondo de tu espíritu. Sigo creyendo que
se necesita una gran cautela al interpretar las palabras empleadas en un
sentido espiritual para no distorsionarías por un significado literal. Has de
cuidar, en particular, las palabras «dentro» y «arriba», por el gran error y
decepción que puede producir en la vida de los que se han propuesto ser
contemplativos, la distorsión del significado que está detrás de estos
vocablos. Puedo confirmar esto con mi propia experiencia y con la de otros.
Pienso que te seria muy útil saber algo de estos engaños.
Un joven discípulo de la escuela de Dios, que
acaba de abandonar el mundo, cree que por el hecho de haberse entregado a la
oración y a la penitencia durante algún tiempo y bajo la dirección de su padre
espiritual, ya está preparado para iniciar la contemplación. Ha oído hablar o
ha leído sobre ella en el sentido de que «el hombre debe recoger todas sus
facultades en si mismo» o «que debe saltar por encima de sí mismo». No bien ha
oído esto cuando, arrastrado por su ignorancia de la vida interior, por la
sensualidad y la curiosidad, distorsiona su significado. Siente dentro de sí
mismo una curiosidad natural por lo oculto y misterioso, y supone que la gracia
le llama a la contemplación. Se aferra tan testarudamente a esta convicción,
que si su padre espiritual no está de acuerdo con él, se pone muy triste.
Entonces comienza a pensar y a decir a otros, tan ignorantes como él, que no le
entienden. Se aleja y movido por la audacia y la presunción, deja la oración
humilde y la disciplina espiritual demasiado pronto, para comenzar (así lo
supone él) la obra de la contemplación. Si de verdad persiste en ella, su obra
ni es divina ni es humana, sino, para decirlo llanamente, algo no natural,
instigado y dirigido por el demonio. Es una senda directa a la muerte del
cuerpo y del alma, pues es una aberración que lleva a la locura. Pero él no se
da cuenta de esto, y pensando insensatamente que puede poseer a Dios con su
entendimiento, fuerza su mente a concentrarse en nada más que en Dios.
52
Cómo algunos jóvenes
principiantes presuntuosos
interpretan mal la palabra «dentro»;
los engaños que resultan de
ello
El fracaso del que estoy hablando se origina del
siguiente modo. El neófito oye y lee que debe dejar de aplicar sus facultades
externas a las cosas externas y trabajar interiormente. Bien entendido, esto es
cierto. Pero como este sujeto no es capaz de trabajar interiormente, sus
esfuerzos llegan a frustrarse. Se vuelve morbosamente introspectivo y fuerza
sus facultades, como si por la fuerza bruta pudiera hacer que sus ojos vieran y
sus oídos oyeran cosas interiores. De igual manera abusa de sus sentidos
exteriores y de sus emociones. Así violenta su naturaleza presionando sobre su
imaginación tan brutalmente con su estupidez, que su mente al fin estalla.
Entonces queda abierto el camino al enemigo para simular cualquier fantasía de
luz o sonido, algún suave olor o gusto delicioso. El demonio puede también excitar
sus pasiones y despertar toda suerte de sensaciones raras en su pecho o
entrañas, su espalda, sus extremidades y otros órganos.
El pobre insensato, por desgracia, queda atrapado
por estos engaños y cree que ha alcanzado una contemplación de Dios llena de
paz por encima de toda tentación de pensamientos vanos. En realidad, no está
del todo equivocado, ya que ahora se encuentra tan saciado de mentiras que los
vanos pensamientos realmente no le turban. ¿Por qué? Porque el mismo enemigo,
que le podría molestar con tentaciones si estuviera entregado a una oración
genuina, es el encargado de dirigir esta pseudoactividad y no es tan estúpido
como para entorpecer su propia obra. Con gran astucia deja al insensato
atrapado en sus redes entretenido en suaves pensamientos sobre Dios, a fin de
que no se descubra su perversa mano
53
De los diversos
amaneramientos inadecuados
en que caen los pseudocontemplativos
El comportamiento espiritual y físico de los que
se entregan a cualquier tipo de pseudocontemplación se presta a aparecer muy
excéntrico, mientras que los amigos de Dios siempre se conducen con sencillez y
naturalidad. Cualquiera que conozca a estos ilusos en la oración podría ver
cosas verdaderamente extrañas. Si sus ojos están abiertos, pueden llegar a
mirar fijamente como los de un perturbado mental, o estar desorbitados de
horror como quien ve al diablo, y bien podría ser, porque no está lejos. A
veces sus ojos miran como los de una oveja herida próxima a la muerte. Unos
inclinan la cabeza hacia un lado, como si llevaran un gusano en las orejas.
Otros, cual espíritus, emiten sonidos estridentes y plañideros que suponen
sustituyen al habla. Normalmente son hipócritas. Otros, finalmente, gimen y
sollozan en su deseo y ansia de ser escuchados. Están a un paso de los herejes
y de aquellas personas astutas y engañosas que arguyen contra la verdad.
Cualquiera que los observe podría advertir sin
duda muchos otros amaneramientos grotescos e inadecuados, aunque algunos son
tan inteligentes que logran mantener en público una actitud respetable. Si se
los observara cuando están desprevenidos, creo que su vergüenza seria evidente,
y todo aquel que con audacia se atreviera a contradecirlos seria objeto de su
ira. Creen, sin embargo, que todo lo que hacen lo hacen por Dios y en servicio
a la verdad. Pero estoy convencido de que si Dios no interviene con un milagro
para que renuncien a su engañosa locura, su «estilo de amar a Dios» los
conduciría derechos a las garras del diablo rematadamente locos. No digo que
todo el que esté bajo la influencia del diablo se vea afligido con todos estos
achaques, aunque no lo considero imposible. Pero todos sus discípulos se hallan
corrompidos por alguno de ellos o por otros semejantes, como explicaré ahora,
si Dios quiere.
Hay algunos tan cargados con toda suerte de
excentricidades y amaneramientos refinados, que cuando escuchan adoptan una
forma recatada de retorcer la cabeza hacia arriba y hacia un lado, quedando
boquiabiertos. ¡Diríase que tratan de escuchar con la boca en lugar de hacerlo
con los oídos! Algunos, cuando hablan, apuntan con los dedos hacia sus propias
manos o al pecho o hacia aquellos a los que están sermoneando. Otros no pueden
estar sentados, ni de pie, ni acostados sin mover los pies o gesticular con las
manos. Algunos reman con los brazos como si trataran de atravesar a nado una
gran extensión de agua. Otros, finalmente, están siempre haciendo muecas o
riéndose sin motivo a cada momento como chicos atolondrados o payasos absurdos
sin educación. Cuánto mejor es una postura modesta, un porte tranquilo y
compuesto, un candor alegre.
Con esto no pretendo dar a entender que estos
amaneramientos sean un gran pecado en sí mismos o que todos aquellos que los
emplean sean necesariamente grandes pecadores. Pero es mi opinión que si estas
afectaciones dominan a una persona hasta el punto de tenerla esclavizada, son
prueba de orgullo, de sofistería, exhibicionismo y curiosidad. Por lo menos,
demuestran el corazón veleidoso y la inquieta imaginación de una persona que
carece tristemente de un espíritu verdaderamente contemplativo. Si hablo de
ellos es únicamente con el fin de que el contemplativo pueda preservar la
autenticidad de su propia actividad evitándolos.
54
Que la contemplación agracia
al hombre con sabiduría
y equilibrio y le hace atractivo en cuerpo
y espíritu
A medida que la persona madura en la obra de la
contemplación, descubrirá que este amor gobierna su comportamiento de una
manera conveniente tanto interna como externamente. Cuando la gracia atrae a un
hombre a la contemplación, parece transfigurarlo incluso físicamente de tal
forma que, aunque sea contrahecho por naturaleza, aparece cambiado y agradable
a la mirada. Toda su personalidad se vuelve tan atractiva, que las buenas
personas se honran y se deleitan estando en su compañía, fortalecidas por el
sentido de Dios que irradia de ellos.
Haz, pues, lo que está de tu parte y coopera con
la gracia para conseguir este gran don, pues te enseñará cómo el hombre que lo
posee se sabe gobernar a sí mismo y todo lo que le atañe. Será capaz incluso de
discernir el carácter y temperamento de otros cuando sea necesario. Sabrá cómo
acomodarse a cualquiera (para asombro de todos), incluso a los pecadores
empedernidos, sin pecar él. La gracia de Dios actuará por él, arrastrando a
otros a desear ese mismo amor contemplativo que el Espíritu Santo despierta en
él. Su comportamiento y conversación serán ricos en sabiduría espiritual, fuego
y frutos de amor, pues hablará con una seguridad llena de calma y desprovista
de falsedad y del fingido servilismo de los hipócritas.
Hay quienes canalizan todas sus energías físicas
y espirituales para aprender a apoyar y rodear su inseguridad con serviles
sollozos y afectada piedad. Están más preocupados por aparecer santos ante los
hombres que
por serlo ante Dios y ante sus ángeles. Tales
personas se encuentran más confusas y avergonzadas por un falso gesto o por una
falta de etiqueta en sociedad que por mil vanos pensamientos y feas
inclinaciones al pecado, intencionadamente estimulados o jugando perezosamente
con ellos, en la presencia de Dios y de sus ángeles. ¡Ah, Señor Dios! Una gran
dosis de humilde afectación denota ciertamente un corazón orgulloso. Es cierto
que una persona verdaderamente humilde ha de conducirse con modestia en
palabras y gestos, reflejando la disposición de su corazón. Pero no puedo
soportar una voz humilde afectada, contraria a la sencillez natural de
carácter. Si estamos diciendo la verdad, usemos un sencillo y sincero tono de
voz que esté acorde con la propia personalidad. Una persona que, por
naturaleza, tiene una voz franca y alta y que de modo habitual musita en un
cuchicheo a media voz -excepto, naturalmente, si está enfermo o habla en
privado a su confesor o en secreto a Dios- es ciertamente un hipócrita. Poco
importa que sea novicio o que tenga una gran experiencia; es un hipócrita.
¿Qué más puedo decir sobre estos engaños
traicioneros? Realmente, si el hombre no tiene la gracia de deshacerse de estos
plañideros hipócritas, corre peligro. Pues entre el secreto orgullo de su
corazón y la hipocresía de su conducta, el pobre desgraciado puede caer pronto
en un terrible fracaso.
55
Que los que condenan el
pecado
con celo indiscreto quedan burlados
El enemigo puede, además, engañar a ciertas personas
con otras trampas insidiosas. Les puede incitar con celo a mantener la ley de
Dios desarraigando el pecado del corazón de otras personas. No vendrá nunca
derecho a tentarlos con algo obviamente pecaminoso. Por el contrario, los
incitará a asumir el papel de prelados celosos que supervisan todos los
aspectos de la vida cristiana, como abad que inspecciona a sus monjes. Reprende
a todos y a cada uno por sus faltas, como sí fuera un pastor legítimamente
constituido. Siente que debe echarles en cara hasta la ira de Dios que se
manifiesta por él, y sostiene que es impelido por el amor de Dios y el fuego de
la caridad fraterna. Pero en realidad miente, pues es el fuego del infierno en
su cerebro e imaginación lo que le incita.
Lo que sigue parece confirmar esto. El demonio es
un espíritu que, como los ángeles, no tiene cuerpo. Pero siempre que con el
permiso de Dios él (o cualquier ángel) toma un cuerpo para tratar con los
hombres, el cuerpo que elige refleja de alguna manera la naturaleza de su
misión. Vemos esto en la Sagrada Escritura. Tanto en el Antiguo como en el
Nuevo Testamento encontramos que, cuando un ángel era enviado para cualquier
obra, su cuerpo o su nombre reflejaba su mensaje espiritual. De la misma
manera, siempre que el enemigo toma forma humana, alguna cualidad de su cuerpo
reflejará su intención.
Un ejemplo concreto ilustra esto muy bien. He
aprendido de algunos de los estudiantes de nigromancia (culto que enseña la
comunicación con los espíritus malignos), y de otros a los que se les ha
aparecido el diablo en forma humana, el tipo de cuerpo que precisamente suele
adoptar. Me han dicho que cuando se aparece, normalmente acostumbra tener un
solo orificio nasal ancho y espacioso, y que puede fácilmente volver su cabeza
hacia atrás de manera que el hombre puede ver directamente su cerebro, que
aparece como el fuego del infierno. Un demonio no puede tener otro cerebro, y
se da por muy satisfecho si puede inducir al hombre a contemplarle, pues la visión
sacará al ser humano fuera de si para siempre. (El aprendiz experto de magia
negra sabe muy bien esto y, por ello, toma las precauciones debidas, para no
ponerse en peligro él mismo).
Así, pues, cuando el demonio asume un cuerpo,
puedes estar seguro de que este reflejará de alguna manera su intención. En el
caso de falso celo que estamos considerando, inflama de tal manera la
imaginación de sus contemplativos con el fuego del infierno, que repentina e
imprudentemente se desatarán con presunción increíble. Se arrogan a si mismos
el derecho de amonestar a otros, con frecuencia de una manera cruel y
precipitada. Y todo porque sólo tienen un único orificio nasal espiritual. La
división de la nariz del hombre en dos fosas sugiere que debe poseer un discernimiento
espiritual que le permita decidir lo bueno de lo malo, lo malo de lo peor, y lo
bueno de lo mejor antes de formular un juicio. (Por cerebro entiendo la
imaginación espiritual, pues según la naturaleza la imaginación reside y
funciona en la cabeza).
56
Que aquellos que confían más
en su propia inteligencia
natural y en el saber humano que en la
doctrina común
y la dirección de la Iglesia
están engañados
Hay todavía otros que, aunque escapen a los
engaños que acabo de describir, caen víctimas de su orgullo, de su curiosidad
intelectual y de su saber de eruditos al rechazar la doctrina común y la
orientación de la Iglesia. Estas personas y sus seguidores confían demasiado en
su propio saber. Nunca estuvieron enraizados en esa humilde y ciega experiencia
del amor contemplativo y de la bondad de vida que le acompaña. Son así
vulnerables a la pseudoexperiencia trazada y dirigida por su enemigo
espiritual. Llegan hasta levantarse y blasfemar contra los santos, los
sacramentos y las ordenanzas de la santa Iglesia. Los hombres sensuales y
mundanos que creen que las exigencias de la Iglesia para la enmienda adecuada
de su vida son demasiado molestas, corren pronta y fácilmente detrás de estos
herejes, y los apoyan. Y todo porque imaginan que estos herejes los conducirán
por una senda más suave que la santa Iglesia.
Ahora bien, creo realmente que todo aquel que no
emprenda el camino arduo del cielo se deslizará fácilmente por el camino del
infierno, como veremos cada uno de nosotros el último día. Estoy convencido de
que si pudiéramos ver a estos herejes y sus seguidores en el momento actual,
como los veremos en el día del juicio, nos daríamos cuenta de que, además de su
abierta presunción al negar la verdad, están cargados con grandes y pesados
pecados cometidos en su vida privada. Se dice de ellos que en su vida privada
están tan llenos de vil lujuria como lo están de la falsa virtud que despliegan
en su vida. pública. Con toda verdad bien pueden llamarse los discípulos del
Anticristo
57
Cómo algunos jóvenes
presuntuosos principiantes
distorsionan la palabra «arriba»;
los engaños que se siguen
Dejemos a un lado esta discusión ahora y volvamos
a lo que comencé a decir sobre la comprensión espiritual de ciertas palabras
clave.
Dije más arriba que los jóvenes discípulos de
espiritualidad que no tienen cuidado con la presunción están muy inclinados a
interpretar mal la palabra «arriba». Oirán decir o leerán que los
contemplativos deben «levantar su corazón a Dios». Inmediatamente comienzan a
clavar la mirada en las estrellas como si estuvieran en otro planeta y a
escuchar como si esperaran captar cantos celestiales de ángeles. A veces
enfocan su curiosa imaginación a penetrar los secretos de los planetas y a
perforar el firmamento con la esperanza de ver en el espacio exterior. Están
inclinados a imaginarse a Dios según sus propias fantasías, viéndole en
suntuosa vestimenta y sentado en un trono exótico. Alrededor de él se imaginan
ángeles en forma humana, dispuestos como músicos en una orquesta. Créeme, no se
ha visto ni oído nada semejante en esta vida.
Algunas de estas personas son engañadas de una
manera increíble por el demonio, que incluso les enviará una especie de rocío
que pretende ser el alimento celeste de los ángeles. Parece llegar suave y delicadamente
de los cielos, dirigiéndose de modo maravilloso hacia su boca. Así han
contraído el hábito de estar boquiabiertos como si trataran de coger moscas. No
te engañes. Todo esto es una ilusión, a pesar de sus matices piadosos, pues al
mismo tiempo su corazón está vacío de fervor genuino. Por el contrario, esas
locas fantasías les han llenado de tal vanidad, que el demonio puede llevarles
fácilmente a hacerles oír extraños ruidos, iluminaciones raras y deliciosos
olores. Es un engaño lamentable.
Estas gentes, sin embargo, no ven el engaño y
están convencidas de que emulan a santos como Martín, que, en una revelación,
vio a Cristo entre los ángeles vestido de esplendor; o Esteban, que vio al
Señor glorioso en los cielos; o los discípulos, que le estaban mirando mientras
desaparecía en las nubes. Creen que, como ellos, deberíamos mantener nuestra
mirada fija en los cielos. Yo estoy de acuerdo en que deberíamos levantar
nuestros ojos y manos en gestos corporales de devoción según nos impulse el
Espíritu. Pero insisto en que nuestra actividad contemplativa no ha de
dirigirse hacia arriba o abajo, a este lado o al otro, adelante o atrás, como
si fuera una máquina. Pues no es actividad de la carne sino aventura de vida
interior emprendida en el Espíritu.
58
Que ciertos ejemplos de san
Martín y san Esteban
no se han de tomar literalmente como
ejemplos
de elevación hacia arriba
durante la oración
Con respecto a lo que algunas personas dicen
sobre san Martín y san Esteban, debemos recordar que, aunque tuvieron visiones
de Cristo, fueron gracias extraordinarias destinadas a confirmar una verdad
espiritual. Estas personas saben muy bien que Cristo no llevó nunca la capa de
san Martín -¡como si tuviera necesidad de ser protegido contra los elementos!-.
No, esta manifestación fue para instrucción de aquellos de nosotros que somos
llamados a la salvación como miembros del único cuerpo de Cristo. Cristo
confirmaba, de esta forma simbólica, lo que ya había enseñado en el Evangelio.
Allí leemos que todo aquel que viste a un pobre o lo sirve en una necesidad
material, física o espiritual por amor de Jesús, ha servido de hecho a Jesús
mismo y será recompensado por él. En este ejemplo particular el Señor en su
sabiduría decidió ratificar el Evangelio con un milagro y por eso se apareció a
san Martín vestido con la capa que este había dado a un pobre. Toda revelación
como esta hecha a los hombres en la tierra tiene un profundo significado
espiritual. Y por mi parte, creo que si la persona que la recibe pudiera captar
este significado profundo de manera distinta, la visión sería innecesaria.
Aprendamos, pues, a ir más allá de la dura corteza y morder en lo jugoso del
fruto.
¿Cómo haremos esto? Ciertamente, no como los
herejes, pues son como borrachos que han apurado la copa y después la estrellan
contra la pared. Mantengámonos en la verdad y evitemos esta grosera conducta.
No debemos comer tanta fruta que lleguemos a aborrecer el árbol, ni hemos de
beber tan desenfrenadamente que rompamos la copa cuando nos hayamos llenado.
Ahora bien, el árbol y la copa representan visiones extraordinarias y otras
gracias sensibles tales como los gestos de devoción que he señalado. La fruta y
el vino representan el profundo significado espiritual de estas gracias. Si
estos gestos están inspirados por el Espíritu, tienen sentido y son genuinos;
de lo contrario, son hipócritas y falsos. Cuando son auténticos, son ricos en
fruto espiritual, por eso no debemos despreciarlos. ¿No besa reverentemente la
gente noble la copa por el vino que contiene?.
Por lo que respecta a la ascensión física de
nuestro Señor a la vista de su madre y de sus discípulos, ¿han de entender esto
los contemplativos como una invitación a estar absortos durante la oración,
esperando contemplarle entronizado en su gloria o de pie en los cielos como lo
vio san Esteban? Ciertamente, él no espera que escudriñemos el cielo durante el
tiempo de nuestra actividad espiritual con el fin de contemplarle de pie,
sentado, echado o en cualquier otra postura. No conocemos en realidad la naturaleza
de la humanidad glorificada de nuestro Señor, ni conocemos tampoco la posición
que ha adoptado en el cielo. Esto es trivial, por otra parte. Lo que sabemos es
que su cuerpo humano y su alma están unidos para siempre con su divinidad en la
gloria. No sabemos ni necesitamos saber qué hace, sino tan sólo que se posee a
si mismo en completa libertad. Cuando en una visión se revela a si mismo en
esta o aquella postura, lo hace para poner de relieve su mensaje espiritual y
no para manifestar su semblante celestial.
Voy a clarificar más esto con un ejemplo. Estar
de pie es símbolo de asistencia o apoyo. Antes de la batalla, por ejemplo, un
amigo dirá a otro: «Animo, camarada. Lucha bravamente y no decaigas de ánimo,
pues yo estaré a tu lado». Obviamente, cuando dice «yo estaré a tu lado», no se
refiere a la postura física, pues quizá caminan en un escuadrón de caballería
hacia una batalla que se ha de librar a caballo. Quiere decir que él estará
allí dispuesto a ayudar. De modo semejante, nuestro Señor se apareció de pie a
san Esteban durante su martirio para darle ánimos. No tenía intención de darnos
una lección de cómo soñar despiertos. Más bien, es como si dijera a todos los
mártires en la persona de san Esteban: «¡Mira, Esteban! He rasgado el firmamento
para revelarme a mí mismo como presente aquí. Has de saber que yo estoy
realmente a tu lado con mi fuerza omnipotente dispuesto a ayudarte. Así, pues,
mantente en tu fe y soporta animosamente el mortal asalto de los que te
apedrean, pues te coronaré con la gloria por el testimonio que has dado de mi,
y no sólo a ti, sino a todos aquellos que sufren por mi amor».
Espero que entiendas ahora que estas revelaciones
físicas van dirigidas a manifestar una verdad espiritual, aunque pueda quedar
oculta a un observador superficial.
59
Que la ascensión corporal de
Cristo no ha de tomarse
como ejemplo para probar que los hombres
han de
forzar su mente hacia arriba
durante la oración;
que en la contemplación se ha de olvidar el
tiempo,
el lugar y el cuerpo
Objetas ahora que, puesto que nuestro Señor
ascendió a su Padre físicamente como Dios y como hombre, la ascensión tiene
también para nosotros una lección tanto física como espiritual. A esto he de
contestar diciendo que en su ascensión la humanidad de nuestro Señor quedó
transformada y que su cuerpo, aunque físico, era un cuerpo inmortal. Había
muerto, pero en su resurrección se vistió de inmortalidad. Sabemos que nuestros
cuerpos resucitarán también en gloria en el último día. Serán, pues,
espiritualizados y tan ágiles como lo es ahora nuestro pensamiento. Arriba o
abajo, izquierda o derecha, detrás o delante serán una y la misma cosa, como
nos dicen los teólogos. Pero todavía no hemos recibido esta gloria, y por lo
mismo sólo podemos subir al cielo de una manera espiritual, que no tiene nada
que ver con la dirección de la que hablamos ordinariamente.
Quiero que sepas claramente que los que obran
espiritualmente, de modo especial los contemplativos, han de andar con cautela
a la hora de interpretar lo que leen. Leemos «eleva» o «entra» o «impulso»,
pero debemos darnos cuenta de que estas expresiones no se dicen en un sentido
literal o físico. «Impulso» o movimiento no se refiere a un movimiento físico
ni la palabra «descanso» dice relación a una postura de reposo o de
inmovilidad. Pues cuando nuestro trabajo es auténtico y maduro, es totalmente
espiritual, alejado tanto del movimiento como del reposo. Además, se podría
efectivamente describir mejor el término «impulso» como una transformación
súbita que como una moción. En cualquier caso, tratándose de esta actividad
espiritual, olvídate totalmente de lo que es tiempo, localización física y
materialidad.
Sé cauto, por tanto, para no interpretar la
ascensión en términos literales y materiales. No fuerces tu imaginación durante
la oración en un loco intento de elevar tu cuerpo hacia arriba como si
quisieras llegar a la luna. En la esfera del espíritu todo esto carece de
sentido. Por lo que se refiere a la realidad física de la ascensión, recuerda
que sólo Cristo ascendió físicamente, como lo atestiguan las Escrituras cuando
dicen: «Nadie ha subido al cielo, sino el que ha bajado del cielo: el Hijo del
Hombre». Así, pues, aun cuando nos fuera posible ahora subir al cielo
físicamente (que no lo es), la causa seria una sobreabundancia de poder
espiritual y no el esfuerzo de la imaginación hacia arriba o hacia abajo, a la
izquierda o a la derecha. Es inútil y harás bien en evitar este error.
60
Que el camino más suave y más
seguro del cielo
se mide por los deseos y no por los
kilómetros
Quizá la ascensión de Cristo sigue siendo para ti
una piedra de escándalo. Él ascendió físicamente en presencia de todos sus
discípulos y envió al Espíritu Santo como había prometido. Todo lo cual te hace
creer que durante la oración has de dirigir literalmente tu mente hacia arriba.
De hecho, creemos que Cristo en su humanidad resucitada subió a su Padre, pero
me vas a permitir que intente explicarte una vez más por qué este hecho no se
ha de reconstruir en un sentido literal. Me explicaré lo más sencillamente que
pueda aun cuando mi explicación no sea del todo adecuada.
Si, Cristo ascendió a los cielos y desde lo alto
envió al Espíritu Santo, pero subió arriba porque esto era más adecuado que
descender o dirigirse a la izquierda o a la derecha. Aparte del alto valor
simbólico de dirigirse hacia arriba, la dirección de este movimiento, sin
embargo, es totalmente accidental a la realidad espiritual. Pues en el reino
del espíritu, el cielo está tan cerca de arriba como de abajo, de detrás como
de delante, de la izquierda como de la derecha. El acceso al cielo se hace a
través del deseo. El que desea estar en él, realmente está allí en espíritu. La
senda que lleva al cielo se mide por el deseo y no por los kilómetros. Por esta
razón san Pablo dice en una de sus cartas: «Para nosotros nuestra patria está
en el cielo...». Otros santos han dicho sustancialmente lo mismo, pero de
diferentes maneras. Quieren decir que el amor y el deseo constituyen la vida
del espíritu. Y el espíritu mora donde mora su amor, tan ciertamente como mora
en el cuerpo al que llena de vida. ¿Entiendes mejor ahora? No necesitamos
tensar nuestro espíritu en todas las direcciones para llegar al cielo, pues ya
vivimos en él por el amor y el deseo.
61
Que en el recto orden de la
naturaleza la carne
está sujeta al espíritu y no viceversa
A la vez, cuando arrastrados por el Espíritu
levantamos nuestros ojos y nuestras manos hacia los cielos donde brillan las
estrellas, alabamos a Dios en un hermoso gesto de devoción. Si el Espíritu
Santo inspira en nosotros tal plegaria, debemos seguirle. Pero, por otra parte,
no debemos preocuparnos del gesto, porque todo gesto físico ha de sujetarse al
espíritu y no viceversa.
La ascensión de nuestro Señor lo pone de
manifiesto. En su divinidad, Jesús nunca estuvo (ni pudo estar) separado de
Dios. Pero cuando, estando en la tierra, le llegó la hora prevista de volver al
Padre, retornó al Padre corporalmente en su humanidad. Si, revestido de poder y
de la fuerza del Espíritu, él, como una sola persona, volvió al Padre en su
humanidad. Este misterio quedó expresado de la manera más adecuada por su
ascensión hacia arriba.
De una forma similar, aunque menos completa, han
de experimentar la verdadera relación de la materia con el espíritu aquellos
que generosamente se entregan a la obra interior del amor que hemos descrito en
este libro. Aun cuando el contemplativo no se dé cuenta de ello de una manera
consciente, su cuerpo quedará influenciado por la disposición de su espíritu.
Pues cuando se recoge para comenzar esta actividad, su cuerpo, que quizá estuvo
postrado en una postura indolente, se recoge súbitamente en una postura de
atención y alerta. La alerta interior de su espíritu afecta a la disposición
exterior de su cuerpo, y con qué precisión.
Es propio de la dignidad del hombre estar erecto,
su rostro vuelto hacia las estrellas y no hacia la tierra como las bestias,
pues es la más excelsa de las obras de Dios. La nobleza de su destino
espiritual, que le llama a llegar espiritualmente hacia Dios, se refleja en el
porte y dignidad de su postura erecta. Pero, fíjate bien. Dije que llega
«espiritualmente» a Dios, no físicamente. Pues ¿puede un espíritu no material
ser dirigido de acá para allá como algo físico? De ninguna manera.
Sé, por tanto, prudente para no interpretar lo
espiritual en términos materiales. Es necesario usar palabras como «arriba»,
«abajo», «dentro», «fuera», «detrás», «delante», «izquierda» y «derecha». Pues
por espiritual que pueda ser nuestro tema, nosotros somos hombres y debemos
apoyarnos en el vocabulario del lenguaje humano ordinario para comunicarnos. El
lenguaje pertenece al reino de la materia porque nuestras palabras derivan de
la experiencia humana y se pronuncian con la lengua física. ¿Significa esto,
sin embargo, que hayan de entenderse en un sentido literal? Por supuesto que
no. Como seres humanos, podemos ir más allá de su significación inmediata y
captar el significado espiritual que comportan a otro nivel.
62
De cómo el hombre puede saber
cuándo su actividad
espiritual está por debajo y fuera de él, a
su mismo
nivel y dentro de él, y cuándo
está por encima de él,
pero debajo de Dios
Pienso que te resultaría más fácil detectar el
significado espiritual que está detrás de las expresiones ordinarias, si te
explicara algunos términos comúnmente usados en relación a la actividad
contemplativa. Esto te puede dar más seguridad a la hora de discernir con
precisión cuándo tratas con cosas exteriores y por debajo de ti mismo, cuándo
con cosas interiores e iguales a ti, y finalmente cuándo son las que te
trascienden, aunque estén por debajo de Dios.
Por debajo de ti y exterior a ti se extiende todo
el universo creado. Si, incluso el sol, la luna y las estrellas. Están situadas
por encima de ti resplandeciendo en el firmamento; sin embargo, no se pueden
comparar con tu excelsa dignidad de ser humano.
Los ángeles y las almas de los justos son
superiores a ti, por cuanto están confirmados en gracia y revestidos
gloriosamente de toda clase de virtudes, pero son iguales en naturaleza como
criaturas inteligentes. Por naturaleza estás adornado de tres maravillosas
facultades espirituales: memoria, razón y voluntad, y de dos facultades
secundarias: imaginación y percepción sensorial. No hay nada por encima de ti
en la naturaleza a excepción de Dios.
Cuando leas libros sobre la vida interior y
encuentres alusiones a ti mismo, has de saber que quieren expresar tu yo total
como ser humano de dignidad espiritual y no simplemente tu cuerpo físico. Como
hombre, estás relacionado con todo lo que existe en la creación por medio de
tus facultades.
Si llegas a entender todo esto relativo a la
jerarquía de la creación y a tu propia naturaleza y tu lugar en ella, tendrás
algunos criterios para valorar la importancia de cada una de tus relaciones.
63
De las facultades del
espíritu en general;
cómo la memoria, como facultad principal,
abarca en sí misma todas las
demás facultades
y sus obras
La razón, la voluntad, la imaginación y la
percepción sensorial son las potencias con las que el hombre opera para
elaborar los datos de la realidad. La memoria es la facultad comprehensiva que
recibe, selecciona y retiene el conocimiento adquirido a través de las otras
cuatro facultades. Puesto que la naturaleza de la función de la memoria es tan
diferente de la de las otras facultades, no podemos decir propiamente que opera,
en sentido activo, sino que más bien entiende en una actitud propiamente
receptiva.
A unas facultades del hombre las llamo primarias
y a otras secundarias, no porque el espíritu del hombre sea divisible, sino
porque los datos que elaboran se pueden dividir en dos categorías principales.
La primera incluye todos los datos relativos al espíritu, y la llamo primaria;
la segunda incluye todo lo relativo a la materia, y la considero secundaria.
Cuando las dos facultades principales, razón y voluntad, tratan directamente
las cosas espirituales, pueden funcionar independientemente de la imaginación y
de la percepción sensorial.
La imaginación y la percepción sensorial operan
con lo material, tanto presente como ausente. Residen en el cuerpo y funcionan
a través de los cinco sentidos del cuerpo. Pero mientras la razón y la voluntad
funcionan de una manera autónoma, la imaginación y la percepción sensorial requieren
la asistencia de la razón y de la voluntad a fin de poder captar incluso las
cosas materiales en su totalidad. La esencia, las causas, las propiedades y
diferencias de las cosas materiales son inaccesibles a la imaginación y a la
percepción sensorial sin la ayuda de las facultades primarias.
Resumiendo, pues, la razón y la voluntad se
llaman primarias, porque no son materiales y pueden funcionar
independientemente de las otras facultades dentro de la esfera de lo
espiritual. La imaginación y la percepción sensorial se llaman secundarias,
porque operan con las cosas materiales y actúan en el cuerpo a través de los
cinco sentidos. La memoria es una facultad primaria porque, si bien no opera
directamente con los datos de la realidad, abarca en si misma las otras cuatro
facultades, juntamente con el conocimiento que estas adquieren. Explicaré esto
más detenidamente.
64
De las otras dos facultades
principales,
la razón y la voluntad; cómo funcionaban
antes
del pecado original
La razón es la facultad que nos permite
distinguir lo bueno de lo malo, lo bueno de lo mejor y lo mejor de lo
buenísimo. O, según los casos, lo bueno de lo malo, lo malo de lo peor y lo
peor de lo malísimo. Antes de pecar, el hombre hacía esto de una manera natural
y fácil, pero ahora la razón, cegada a consecuencia del pecado original, yerra
a menos que esté iluminada por la gracia. La memoria abarca tanto la razón como
su objeto.
Después de que la razón ha determinado lo que es
bueno, la voluntad se dirige hacia ello con amor y deseo y descansa finalmente
en ello con satisfacción, deleite y pleno consentimiento. Antes del pecado
original, el hombre no se encontraba en peligro de elegir y de amar un falso
bien, ya que en su integridad original experimentaba cada cosa como realmente
era. Ninguna de sus facultades estaba perturbada y no era propenso a ser
engañado por ninguna de ellas. Pero en el presente orden de cosas, el hombre no
puede elegir el bien de una manera firme sin la asistencia de la gracia. El
pecado original le dejó herido y ciego, de manera que es fácilmente engañado
por las apariencias y llevado a elegir un mal disfrazado de bien.
La memoria abarca, asimismo, la voluntad y su
objeto.
65
De la primera facultad
secundaria, la imaginación;
cómo funciona y cómo la ha dañado el pecado
original
Con la facultad de la imaginación reproducimos
para nosotros la imagen de las cosas presentes o ausentes. La imaginación y
todas las imágenes que reproduce se hallan contenidas en la memoria. Antes del
pecado original, la imaginación cooperaba totalmente con la razón. Como una
criada, reflejaba fielmente cada imagen de acuerdo con la realidad, y así la
razón nunca era engañada en sus juicios por una imagen deformada de cualquier
cosa, fuera material o espiritual. Ahora, sin embargo, esta integridad de
nuestra naturaleza se ha perdido, y la imaginación no cesa día y noche de
deformar la imagen de las criaturas materiales, de tergiversar su esencia
espiritual o de engendrar en nuestra memoria fantasmas de cosas espirituales. Sin
la ayuda de la gracia corremos el peligro de tener grandes errores de
percepción, produciéndose así muchas deformaciones de la realidad.
La naturaleza indisciplinada de la imaginación es
evidente en la experiencia de los neófitos que acaban de dejar el mundo y que
están en el comienzo de la vida contemplativa. No sin gran dificultad apartan
su alma de millares de pensamientos e imágenes placenteras, o de fantasías en
torno a su pasado que la imaginación desbocada proyecta continuamente sobre la
pantalla de su alma. Esta habitual actividad indisciplinada de la imaginación
es una de las consecuencias dolorosas del pecado original. A medida que estos
neófitos progresan en las prácticas de la vida contemplativa, meditando
fielmente en su humana fragilidad, en la Pasión de Cristo, su bondad
trascendente y en las demás verdades de la vida interior, la razón va
gradualmente sanando, recuperando su justo predominio sobre la imaginación
66
De la otra facultad
secundaria, la percepción sensorial;
cómo funciona y cómo ha sido dañada
por el pecado original
La percepción sensorial es la facultad de nuestra
alma que se vale de los sentidos y es dueña de ellos. Esta facultad es una
bendición para nosotros porque nos permite conocer y experimentar todas las
criaturas materiales y determinar si son buenas o no para nosotros. La
percepción sensorial incluye tanto los sentidos externos como los internos. Los
sentidos externos atienden a la satisfacción de nuestras necesidades físicas, y
los internos sirven a la inteligencia. Es la facultad que se rebela cuando el
cuerpo experimenta alguna necesidad y la que nos puede mover también a
excedemos en la satisfacción de cualquier necesidad. Refunfuña ante la
privación del placer y cuando se le inflige un dolor, alegrándose vivamente
cuando se le quita el dolor y se le devuelve el placer. La memoria abarca
también la facultad de la percepción sensorial y todo lo que experimenta.
Así como la imaginación es la criada de la razón,
la percepción sensorial es la esclava de la voluntad. Antes de que el hombre
pecara, era una esclava perfecta, puesto que cualquier deleite o dolor suyo
estaba en perfecta consonancia con la realidad. No comunicaba a la voluntad
ninguna sensación desordenada acerca de criatura alguna material, ni el demonio
despertaba experiencia espiritual engañosa en los sentidos internos.
Pero ya no es así. Debido al pecado original,
experimenta dolor cuando se ve privada de placeres desordenados, por los que
suspira ciegamente, y cuando se ve sometida a una disciplina saludable, que
rechaza. La gracia ha de fortalecer la voluntad para que acepte humildemente su
parte en las consecuencias del pecado original, manteniendo a raya la
percepción sensorial para que no se exceda en los placeres legítimos y adquiera
el gusto por una disciplina saludable. Sin la gracia, la percepción sensorial
se entregaría caprichosamente a los placeres de la vida y de la carne
degradando al hombre hasta convertirlo más en una bestia que en un ser humano,
que tiene un destino espiritual.
67
La ignorancia respecto al
funcionamiento
de las potencias del alma puede llevar
fácilmente
a error y a entender mal la
instrucción
sobre la contemplación; de cómo la persona
se hace casi divina por la
gracia
Mi querido amigo en Dios, fíjate a qué riesgos
nos vemos expuestos por el pecado original. ¿Ha de extrañarnos el que estemos
ciegos y engañados a la hora de interpretar el significado espiritual de
ciertas expresiones, especialmente si somos tan ignorantes de nuestras propias
facultades y de su funcionamiento?
Has de darte cuenta de que siempre que estás
ocupado en cosas materiales, por buenas que sean en si mismas, estás ocupado en
algo que es exterior a ti y que está por debajo de ti en el orden de la
creación. Otras veces estarás absorto en introspección en el ámbito más sutil
de tu conciencia, pues a medida que crezcas en el conocimiento propio y en la
humana perfección, tus facultades espirituales se dirigirán hacia tu desarrollo
espiritual, los buenos hábitos que vas adquiriendo, los malos que vas dominando
y tus relaciones con los demás. En tales momentos estás ocupado en algo que es
interior a ti mismo y que está a tu mismo nivel de hombre. Pero habrá veces
también en que tu alma se vea libre de toda ocupación en algo material o espiritual
y totalmente absorta en el ser de Dios mismo. Esta es la actividad
contemplativa que he venido describiendo en este libro. En esos momentos te
trasciendes a ti mismo, haciéndote casi divino, si bien permaneciendo por
debajo de Dios.
Digo que te trasciendes a ti mismo, haciéndote
casi divino, porque has conseguido por la gracia lo que te es imposible por
naturaleza, ya que esta unión con Dios en espíritu, en amor y en la unidad de
deseo es el don de la gracia. Casi divino; si, tú y Dios sois tan uno que tú (y
todo verdadero contemplativo) puedes ser llamado divino en un sentido
verdadero. De hecho, las Escrituras nos dicen esto. Naturalmente, tú no eres
divino en el mismo sentido en que lo es Dios; pues él, sin principio ni fin, es
divino por naturaleza. Tú, en cambio viniste al ser desde la nada y en un
determinado momento en el tiempo. Además, después que Dios te creó con el
inmenso poder de su amor, tú te hiciste menos que nada por el pecado. Por el
pecado no merecías nada, pero el Dios de toda misericordia te recreó
amorosamente en gracia, haciéndote, como si dijéramos, divino y uno con él en
el tiempo y en la eternidad. Pero, aunque eres verdaderamente uno con él por
gracia, sigues siendo menor que él por naturaleza.
Mi querido amigo, ¿comprendes todo lo que estoy
diciendo? Todo aquel que desconoce sus propias facultades espirituales y su
funcionamiento es propenso a tergiversar las palabras usadas en sentido
espiritual. ¿Ves ahora más claramente por qué no me atrevía a decirte: «Muestra
tu deseo a Dios»? Te enseñé, por el contrario, a usar tu ingenuidad y a
ocultarlo alegremente. Temía que llegaras a interpretar literalmente lo que
había querido expresar espiritualmente.
68
Que no estar en ninguna parte
físicamente
significa estar en todas espiritualmente;
que nuestro yo superficial
puede ridiculizar
la contemplación como una pérdida de tiempo
A lo mejor otro te diría que has de replegar tus
facultades y sentidos dentro de ti mismo para allí dar culto a Dios. Diría
bien, esto es cierto, y ninguna persona sensata podría negarlo. Sin embargo,
por miedo a un posible engaño y a que puedas interpretar literalmente lo que
digo, yo no quiero expresar la vida interior de esta manera. Me expresaré más
bien en paradojas. No trates de replegarte dentro de ti mismo, pues, para
decirlo de un modo simple, no quiero que estés en ninguna parte; no, ni fuera,
ni arriba, ni detrás o al lado de ti mismo.
Pero a esto dices: «¿Dónde he de estar entonces?
Según dices, ¡no he de estar en ninguna parte!». Exacto. De hecho, lo has
expresado bastante bien, pues efectivamente quisiera que no estuvieras en
ninguna parte. ¿Por qué? Porque no estar en ninguna parte físicamente equivale
a estar en todas partes espiritualmente. Procura entender esto claramente: tu
actividad espiritual no está localizada en ningún lugar particular. Pero cuando
tu mente se centra conscientemente en algo, tú estás en ese lugar
espiritualmente, de la misma manera que tu cuerpo está localizado ahora en un
lugar determinado. Tus sentidos y facultades quedarán frustrados por falta de
algo donde agarrarse y te increparán por no hacer nada. Pero no te preocupes.
Sigue con esta nada, movido solamente por tu amor hacia Dios. No lo dejes
nunca, persevera firme y fijamente en esta nada, ansiando vivamente poseer
siempre a Dios por amor, a quien nadie puede poseer por conocimiento. En cuanto
a mí, prefiero perderme en esta falta de lugar, debatiéndome con esta ciega
nada, antes que ser un gran señor que viaja por todas partes y disfruta del
mundo como si fuera dueño de él.
Olvídate de este modo de estar en todas partes y
de todo el mundo. Su riqueza palidece junto a esta bendita nada y falta de
lugar. No te inquietes si tus facultades no pueden captarla. En realidad, así
debe ser, ya que esta nada es tan sutil que los sentidos no pueden alcanzarla.
No puede explicarse, tan sólo experimentarse.
A los que acaban de encontrarla les puede parecer
muy oscura e inescrutable. Pero, en realidad, están cegados por el esplendor de
su luz espiritual más que por cualquier oscuridad ordinaria. ¿Quién crees que
se mofa de ella como de una vacuidad? Nuestro yo superficial, naturalmente. No
nuestro verdadero yo; no, nuestro verdadero e intimo yo la aprecia como una
totalidad por encima de toda medida. Pues en esta oscuridad experimentamos una
comprensión intuitiva de todo lo material y espiritual sin prestar atención
alguna especial a nada en particular.
69
De cómo el amor del hombre
queda
maravillosamente transformado
en la experiencia interior de
esta nada
y de esta falta de lugar
Cuán maravillosamente se transforma el amor del
hombre por la experiencia interior de esta nada y de esta falta de lugar. La
primera vez que la contempla surgen ante él los pecados de toda su vida. No queda
oculto ningún mal pensamiento, palabra u obra. Misteriosa y oscuramente han
quedado marcados a fuego dentro de ella. A cualquier parte que se vuelva le
acosan hasta que, después de gran esfuerzo, doloroso remordimiento y muchas
lágrimas amargas los borra profundamente.
A veces la visión es tan terrible como el
resplandor fugaz del infierno y se siente tentado a desesperar de verse curado
y aliviado alguna vez de su penosa carga. Muchos llegan a esta coyuntura de la
vida interior, pero la terrible agonía y falta de consuelo que experimentan al
enfrentarse consigo mismos les lleva a pensar de nuevo en los placeres
mundanos. Buscan alivio en cosas de la carne, incapaces de soportar el vacío
espiritual interior. Pero no han entendido que no estaban preparados para el
gozo espiritual que les habría sobrevenido si hubieran esperado.
El que con paciencia mora en esta oscuridad será
confortado y sentirá de nuevo confianza en su destino, ya que gradualmente verá
curados por la gracia sus pecados pasados. El dolor continúa, pero sabe que
terminará, pues ya va siendo menos intenso. Poco a poco comienza a darse cuenta
de que el sufrimiento que padece no es realmente el infierno, sino su propio
purgatorio. Vendrá un tiempo en que no reconozca en esa nada pecado particular
alguno sino tan sólo el pecado como un algo oscuro, y esa masa informe no es
otra cosa que él mismo. Ve que en él está la raíz y las consecuencias del
pecado original. Cuando en otras ocasiones comience a sentir un maravilloso
fortalecimiento y unos deleites inefables de alegría y de bienestar, se
preguntará si esta nada no es, después de todo, un paraíso celestial. Vendrá,
por fin, un momento en que experimente tal paz y reposo en esa oscuridad que
llegue a pensar que debe ser Dios mismo.
Pero aunque piense que esta nada es esto o lo
otro, seguirá siendo siempre una nube del no-saber entre él y su Dios.
70
Que así como comenzamos a
entender lo espiritual
allí donde termina el conocimiento del
sentido,
de la misma manera llegamos
mucho más fácilmente
a la altísima comprensión de Dios, posible
en esta vida
con ayuda de la gracia, donde
termina nuestro
conocimiento espiritual
Persevera, pues, penetrando en esta nada que no
está en ninguna parte, y no trates de emplear los sentidos de tu cuerpo ni sus
percepciones. Repito, no están adaptados a esta obra. Tus ojos están destinados
a ver las cosas materiales de tamaño, forma, color y posición. Tus oídos
funcionan ante el estimulo de las ondas sonoras. Tu nariz está modelada para
distinguir entre los buenos y malos olores, y tu gusto para distinguir lo dulce
de lo agrio, lo salado de lo fresco, lo agradable de lo amargo. Tu sentido del
tacto te indica lo que es caliente o frío, duro o blando, suave o áspero.
Pero, como tú sabes, ni la cualidad ni la
cantidad son propiedades que pertenezcan a Dios ni a nada espiritual. Por
tanto, no trates de usar tus sentidos internos o externos para captar lo
espiritual. Los que se disponen a trabajar en el espíritu pensando que pueden
ver, oír, gustar y sentir lo espiritual, interior o exteriormente, se engañan
grandemente y violan el orden natural de las cosas. La naturaleza destinó los
sentidos a adquirir el conocimiento del mundo material, no a entender las
realidades íntimas del espíritu. Lo que quiero decir es que el hombre conoce
las cosas del espíritu más por lo que no son que por lo que son. Cuando en la
lectura o conversación topamos con cosas que nuestras facultades naturales no
pueden escudriñar, podemos estar seguros de que son realidades espirituales.
Nuestras facultades espirituales, por otra parte,
están igualmente limitadas en relación al conocimiento de Dios tal como es.
Pues, por mucho que el hombre pueda saber sobre todas las cosas espirituales
creadas, su entendimiento nunca podrá comprender la verdad espiritual increada
que es Dios. Pero hay un conocimiento negativo que sí entiende a Dios. Procede
afirmando de todo lo que conoce: esto no es Dios, hasta que finalmente llega a
un punto en que el conocimiento se agota. Tal es la postura de san Dionisio,
que dijo: «El conocimiento más divino de Dios es el que conoce por el
no-conocer».
Quien lea el libro de Dionisio verá confirmado en
él todo lo que he venido tratando de enseñar en este libro desde el principio
hasta el final. A excepción de esta única frase no quiero citarle más a él ni a
ningún otro maestro de la vida interior sobre esta materia. Hubo un tiempo en
que era considerado como modestia el no decir nada de tu propia cosecha sin
confirmarlo con textos de la Escritura o de otros maestros conocidos. Hoy en
cambio, esta clase de cosas se considera una moda yana en los engreídos
círculos intelectuales. Por mi parte, no quisiera molestarte con todo esto, ya
que no lo necesitas para nada.
El que tenga oídos para oír, que me oiga, y el
que se sienta movido a creerme, que acepte con sencillez lo que digo por el
valor que en si tiene, pues en realidad no cabe otra posibilidad.
71
Que algunas personas
experimentan la perfección
de la contemplación en raros momentos de
éxtasis,
llamados «raptos», mientras
que otras
lo experimentan cuando están en medio
de su trabajo rutinario de
cada día
Algunos creen que la contemplación es una
experiencia tan difícil y tan terrible que ningún hombre puede lograrla sin una
gran lucha y que sólo raras veces se goza de ella en los momentos de éxtasis
llamados raptos. Contestaré a estas personas lo mejor que pueda.
La verdad es que Dios, en su sabiduría, determina
el curso y el carácter de la dirección contemplativa de cada uno, según los
talentos y los dones que le ha dado. Es cierto que algunas personas no llegan a
la contemplación sin pasar por un largo y difícil proceso espiritual, y aun
entonces sólo raras veces conocen su perfección en la delicia del éxtasis
llamado rapto. Hay otros, sin embargo, tan transformados espiritualmente por la
gracia, que han llegado a una intimidad tan grande con Dios en la oración, que
parecen poder estar en profundo abismamiento, o volver a él cuando quieren, aun
en medio de su rutina diaria, ya estén sentados, de pie, caminando o de
rodillas. Se las arreglan para mantener el pleno control y uso de sus
facultades físicas y espirituales en todo momento, no sin alguna dificultad
quizá, pero no mucha.
En Moisés tenemos un tipo de contemplativo de la
primera clase, y en Aarón un tipo de la segunda. El Arca de la Alianza
representa la gracia de la contemplación, y los hombres cuya vida estuvo más
vinculada al Arca (como refiere la historia) representan a los llamados a la
contemplación. Hablando con más propiedad, el Arca simboliza los dones de la
contemplación, pues así como el Arca contenía todas las joyas y tesoros del
templo, de la misma manera este pequeño amor dirigido hacia Dios en la nube del
no-saber contiene todas las virtudes del espíritu humano, que, como sabemos, es
el templo de Dios.
Antes de que le fuera dado contemplar el Arca y
recibiera su diseño, Moisés tuvo que subir el largo y penoso sendero de la
montaña y morar en ella rodeado por una oscura nube durante seis días. Al
séptimo día, el Señor le mostró el diseño para la construcción del Arca. Moisés
perseveró en esta dura tarea, y en la tardía iluminación que finalmente recibió
podemos ver el modelo de los que parecen tener que sufrir mucho antes de llegar
a las cimas de la contemplación y sólo raras veces pueden disfrutarla en
plenitud.
Lo que Moisés ganó con tanto esfuerzo y disfrutó
tan raras veces, lo consiguió Aarón al parecer con poco trabajo. Pues su oficio
de sacerdote le permitía entrar en el Santo de los Santos y contemplar el Arca
tantas veces como quería. Aarón, pues, representa a las personas que he
mencionado arriba y que por su sabiduría espiritual y la asistencia de la
gracia divina gozan del fruto perfecto de la contemplación tantas veces como
quieren.
72
Que un contemplativo no debe
tomar
su propia experiencia como criterio
para otros contemplativos
Es importante comprender que en la vida interior
no debemos tomar nunca nuestras propias experiencias (o la falta de ellas) como
norma para otro cualquiera. Quien trabajó duro para llegar a la contemplación y
después raras veces goza de la perfección de esta obra, fácilmente puede
llevarse a engaño al hablar, pensar o juzgar a otras personas en base a su
propia experiencia. En el mismo sentido, el hombre que con frecuencia experimenta
las delicias de la contemplación -al parecer, casi siempre que quiere- puede
errar si mide a los otros por si mismo. No pierdas el tiempo en estas
comparaciones. Pues, quizá por un sabio designio de Dios, puede ser que si bien
al principio lucharon larga y difícilmente en la oración y sólo gustaron sus
frutos ocasionalmente, puedan experimentarlos después siempre que quieran y en
gran abundancia. Así sucedió a Moisés. Al principio sólo se le concedió
contemplar el Arca alguna que otra vez y no sin haber luchado duro en la
montaña, pero después, cuando se instaló en el valle, pudo gozar de ella a
placer.
73
Que el Arca de la Alianza es
figura
de la contemplación; que Moisés, Besalel y
Aarón
y su comunicación con el Arca
representan
tres caminos de contemplación
Como narran las Escrituras, hubo tres hombres muy
vinculados al Arca: Moisés, Besalel y Aarón. En la montaña, Moisés aprendió de
Dios cómo había de ser construida. Sirviéndose del proyecto que Moisés había
recibido de Dios, Besalel la construyó en el valle. Y Aarón cuidó de ella en el
templo, viéndola y tocándola cuantas veces quiso.
Estos tres hombres ilustran los tres caminos por
los que la gracia nos puede llevar a la contemplación. A veces, como Moisés,
debemos ascender a la montaña y luchar sólo con la ayuda de la gracia, antes de
llegar a la contemplación, para después, como él, disfrutar sus frutos, si bien
raras veces. (Quiero, sin embargo, en este contexto dejar claro que la
revelación personal de Dios a Moisés fue un don y no la recompensa a su
esfuerzo). Nuestro progreso en la contemplación puede también realizarse por
nuestra propia penetración espiritual ayudada de la gracia; entonces somos
Besalel, que no pudo contemplar el Arca hasta que hubo trabajado para modelarla
con sus propios esfuerzos, si bien ayudado por el diseño dado a Moisés en la
montaña. Hay otras veces, por fin, en que la gracia nos arrastra, sirviendo
como instrumento las palabras de otros. Entonces somos como Aarón, a quien se
le confió el cuidado del Arca que Besalel modeló y preparó con la habilidad de
sus manos.
Mi querido joven amigo, ¿te das cuenta de lo que
trato de decir? Aunque lo he expresado de una manera infantil y torpe y aunque
soy un pobre e indigno maestro, te propongo el oficio de Besalel al explicar y
poner en tus manos, como si dijéramos, esta arca espiritual. Pero tú puedes
superar con creces mi rudo trabajo si quieres ser Aarón entregándote
continuamente a la contemplación por los dos. Te pido que lo hagas por amor de
Dios todopoderoso. Él nos ha llamado a los dos a esta obra, pero te pido, por
el amor de Dios, que suplas con tu ardor lo que me falta a mi
74
Que todo aquel que está
llamado a la contemplación
podrá reconocer algo afín a su espíritu al
leer
este libro y que sólo a esta
persona se le debiera
permitir leerlo o escucharlo;
se repiten las observaciones
del prólogo
Si el tipo de oración que he descrito en este
libro te parece inadecuado para ti espiritual o temperamentalmente, siéntete
perfectamente libre para dejarlo, y confiadamente y con la ayuda de un sabio
consejero busca otro. En tal caso confío en que me excusarás por cuanto llevo
escrito aquí. Con toda verdad he escrito solamente llevado de mi simple
entender de estas cosas y sin otra intención que ayudarte. Por eso, vuélvelo a
leer dos o tres veces. Cuanto más lo leas, mejor; pues tanto mejor captarás su
sentido. Partes que parecen difíciles y oscuras en una primera lectura, quizá
aparezcan obvias y claras en una segunda.
Mi opinión es que todo aquel a quien la gracia ha
llevado a la contemplación no puede leer este libro (o escuchar su lectura) sin
sentir que habla de algo afín a su propio espíritu. Si tú lo sientes así y lo
encuentras provechoso, da gracias a Dios de todo corazón y por su amor ruega
por mi.
Espero sinceramente que harás esto. Pero te pido
con insistencia, por amor de Dios, que no compartas este libro con nadie más a
menos que estés convencido de que es una persona que lo ha de entender y
apreciar. Lee de nuevo el capítulo en que describo el tipo de persona que debe
comenzar la obra de contemplación y sabrás a qué clase de persona me refiero. Y
si lo compartes con otro, insiste, por favor, en la importancia de leerlo del
principio al fin. Hay partes, sin duda, que no se comprenden por si solas sino
que requieren la clarificación y la explicación de otras. Si una persona lee
solamente una sección y deja las que la completan, puede fácilmente caer en
error. Haz, pues, lo que te pido. Y si crees que algunas partes necesitan una
mayor clarificación, hazme saber las que son y lo que piensas de ellas, y yo
las revisaré lo mejor que pueda, según mi simple conocimiento de estas cosas.
No quiero que se apoderen de este libro chismes
mundanos, ni halagadores ni esa clase de personas que en todo encuentran reparos,
tampoco alcahuetes y entrometidos o simplemente curiosos -educados o no. Nunca
me propuse escribir para esta clase de personas ni quiero siquiera que oigan
hablar de él. No dudo que algunas de ellas sean personas buenas, incluso quizá
muy entregadas en la vida activa, pero este libro no responde a sus
necesidades.
75
De ciertos signos por los que
el hombre puede saber
si Dios le llama o no a la contemplación
Querría dejar claro que no todo el que lea este
libro (u oyera su lectura) y lo encuentre interesante, está ya llamado a la
contemplación. La excitación interior que siente quizá no sea tanto la
atracción de la gracia como el despertar de una curiosidad natural. Te daré
algunos signos para ayudarte a examinar esta atracción y discernir su causa
verdadera.
En primer lugar, examínese el hombre a sí mismo y
vea si ha hecho todo lo que está en su poder para purificar su conciencia de
pecado deliberado según los preceptos de la santa Iglesia y el consejo de su
padre espiritual. Si está satisfecho de su labor, todo va bien. Pero, para
estar más seguro, examine si le atrae más la simple oración contemplativa que
cualquier otra devoción espiritual. Y entonces, si su conciencia no le deja en
paz en ninguna obra, tanto exterior como interior, hasta que hace de este
secreto y pequeño amor dirigido a la nube del no-saber su principal
preocupación, es señal de que Dios le llama a esta actividad. Pero si faltan
estos signos, te aseguro que no llama.
No digo que todos los llamados a la contemplación
vayan a sentir el impulso del amor de una forma continua y permanente desde el
principio, pues no es este el caso. De hecho, el joven aprendiz de
contemplativo puede dejar de experimentarlo completamente por diversas razones.
A veces Dios puede quitarlo con el fin de que no comience a presumir de que es
cosa suya,
o que lo puede controlar a voluntad. Semejante
presunción es orgullo. Siempre que se retira la sensación de la gracia, la
causa es el orgullo. Pero no necesariamente porque uno haya cedido al orgullo,
sino porque sí esta gracia no se retirara de cuando en cuando, el orgullo
echaría ciertamente raíces. Dios en su misericordia protege al contemplativo en
este camino, aunque algunos neófitos insensatos lleguen a pensar que se ha
convertido en su enemigo. No aciertan a ver cuán verdadera es su amistad. Otras
veces Dios puede retirar su don cuando el joven aprendiz avanza despreocupado y
comienza a considerarlo como algo natural. Si esto sucede, se verá muy
probablemente abrumado por amargas congojas y remordimientos. Pero
ocasionalmente nuestro Señor puede diferir su devolución, de manera que
habiendo sido perdido y encontrado de nuevo pueda ser más hondamente apreciado.
Uno de los signos más claros y ciertos por los
que una persona puede saber si ha sido llamada a esta actividad es la actitud
que detecta en si cuando ha vuelto a encontrar el don perdido de la gracia.
Pues, si después de una larga demora e incapacidad para ejercer esta actividad,
siente que su deseo hacia ella se renueva con mayor pasión y un anhelo más
profundo de amor -tanto más si (como pienso a menudo) el dolor que sintió por
su pérdida le parece como nada al lado de su alegría por haberlo encontrado de
nuevo-, no tema equivocarse al creer que Dios le llama a la contemplación, sin tener
en cuenta la clase de persona que es ahora o ha sido en el pasado. Dios no ve
con sus ojos misericordiosos lo que eres ni lo que has sido, sino lo que deseas
ser. San Gregorio declara que «todos los santos deseos se elevan en intensidad
con la
demora de su cumplimiento, y el deseo que se
desvanece con la demora nunca fue santo». Pues si un hombre experimenta cada
vez menos alegría cuando descubre nuevamente la súbita presencia de los grandes
deseos que había abrigado anteriormente, esto es señal de que su primer deseo
no era santo. Sintió posiblemente una tendencia natural hacia el bien, pero
esta no ha de confundirse con el deseo santo. San Agustín explica lo que quiero
decir con deseo santo, cuando afirma que «la vida entera de un buen cristiano no
es nada menos que un santo deseo».
Mi querido amigo, me despido de ti con la
bendición de Dios y la mía. Que Dios te dé a ti y a todos los que le aman paz
verdadera, sabio consejo y su propia alegría interior en la plenitud de la
gracia. Amén.