Hace unos días estuve de viaje de trabajo en Paris. De los sitios a los que los que suelo ir es de los que mas me gustan. Es una ciudad agradable, si. Llego ya de noche al hotel Lafayette, un edificio de treintaytantos pisos en el centro y, mientras espero a que me atiendan en la recepción, veo un cartelito que dice: “habitación con vistas a la Torre Eiffel, 25 € de suplemento” y me dan una habitación del otro lado. Me resigno a no disfrutar de tan curioso servicio ante la imposibilidad de liquidar luego un gasto así. Subo en el ascensor y luego arrastro mi maleta de ruedas por la moqueta roja que siempre tienen estos hoteles. Abro la puerta y veo una habitación bastante maja y un amplio ventanal al fondo con las cortinas abiertas. Las luces de Paris me dan la bienvenida y, cansado, me tumbo en la cama a contemplarlas. Efectivamente, no se ve la Torre Eiffel pero, de repente, tengo una sorpresa. Entre las luces de las calles sobresale la colina donde está la iglesia del Sacre Coeur , con una luz en la cruz que corona su blanca cúpula. El día que acababa lo hacía sin haber podido ir a misa, y el Señor me regalaba el sosiego de dormirme viendo en la distancia un lugar donde Él esta expuesto perpetuamente. Rezando uno de mis salmos favoritos, pasó muy despacio por donde dice… “Tu bondad y tu lealtad me siguen todos los días de mi vida…” Recostado en esa habitación de hotel, lejos de casa, tengo el sentimiento de que el Señor me había seguido hasta allí y se cuidaba de mi. En la actualidad viajo menos pero, en tiempos, viajaba tanto que cuando me levantaba por la mañana tenía que pensar un rato para recordar en que ciudad estaba.
Hay una mística de la habitación de hotel ¿sabíais? . Yo no tuve una visión esa noche. No me hace falta para sentir la presencia y el cuidado del Señor; pero me viene a la cabeza otra historia de habitación de hotel: se trata de Bob Dylan. A finales de los años 70, yo era un adolescente y me compré mi primer disco con mi dinerillo; bueno, eran los ahorros de muchas semanas pues, en aquella época, los discos costaban una pasta. Era el disco “Slow train coming” de Bob Dylan. Todavía me acuerdo de algunas canciones pero en aquel momento yo no sabía que aquel disco salía después de una experiencia grandiosa en la vida de Bob Dylan, un judío de Minnesota.
Dylan estaba en un concierto en Montreal, con fiebre, y apenas se tenía en pie en el escenario. Era habitual que le lanzaran cosas al escenario, sombreros, flores, etc., pero ese día alguien le lanzó una pequeña cruz plateada. Él no solía recoger nada del suelo del escenario pero aquella vez lo hizo. Le había llamado la atención aquella cruz plateada y pensó que tenía que cogerla. Se la metió en el bolsillo y continuó el concierto.
La ciudad del siguiente concierto era Tucson, Arizona. En la habitación del hotel de Tucson, ya de noche, se encontraba mal. La fiebre había pasado pero tenía ansiedad y pensó que necesitaba algo no hubiera hecho antes. De repente se llevó la mano al bolsillo y allí estaba la pequeña cruz plateada.
Sintió que veía a Jesucristo en su habitación. «Jesús apareció como el Rey de Reyes», dijo posteriormente. «Había una presencia en la habitación que no podía ser de nadie salvo de Jesús… Jesús puso su mano en mí. Era algo físico. Lo sentí. Lo sentí en todo mi cuerpo. Sentí todo mi cuerpo temblar. La Gloria de Dios golpeándome y rescatándome».
«La conversión de Dylan no es una cosa de esas que pasan cuando un alcohólico va a Alcohólicos Anónimos», relataría David Mansfield, miembro de la banda de Dylan y convertido al cristianismo. «La explicación más simple es que tuvo una profunda experiencia cuya respuesta solo puede ser dada a lo largo de toda la vida».
Los entendidos en Bob Dylan dicen que a partir de ese momento empezó a cantar a “alguien misterioso”, y efectivamente lleva toda la vida haciendo canciones a ese Alguien misterioso: es la respuesta que “solo puede ser dada a lo largo de toda la vida”.
El primer disco tras la conversión de Dylan fue mi primer disco. Ya estaba Jesús a mi lado de alguna manera, hablando a través de las canciones; las letras decían cosas como estas:
“Creo en Ti aun en medio de las lágrimas y la risa
Creo en Ti aunque estemos separados
Creo en Ti aun en la mañana siguiente
Cuando el anochecer está cerca,
cuando la noche desaparece,
ese sentimiento aún está en mi corazón.
No me dejes ir lejos.
Déjame estar donde estés Tú y allí seré renovado.
Lo que me has dado hoy, no podré pagarlo nunca…
No me importa lo que digan …
Yo creo en Ti “
Toda la vida de Dylan desde entonces ha sido cantar la respuesta a la presencia de Jesús en aquella habitación de hotel: ¿Cuántas carreteras debe recorrer un hombre para ser llamado hombre, sobre cuantos mares debe volar una paloma hasta descansar en la arena de la playa?…. la respuesta la susurra el viento, la respuesta la susurra el viento,” dice la canción que da música a la canción que muchas veces cantamos en la misa durante el ofertorio: “ En este mundo que Cristo nos da…hacemos la ofrenda del pan, el pan de nuestro trabajo sin fin y el vino de nuestro cantar…”
Volviendo a mi habitación de París con vistas al Sacre Coeur de Montmartre; no tengo una cruz plateada ni tengo una visón, pero siento la presencia del Señor igualmente. Allí dentro, en la basílica que domina el paisaje de Paris hay una gran custodia en el altar mayor mirando a la ciudad que se despliega a sus pies. Abajo, la multitud sigue su vida, arrojada a la existencia. La mayoría, navegando en una existencia sin pretensiones, moviéndose entre los hechos fortuitos de cada día, en la mera facticidad, que diría un desesperado Jean Paul Sartre, que nació y vivió en esta ciudad. La mayoría abraza una existencia inauténtica, fácil , sin conciencia, siendo una cosa más entre las cosas.
Hay una fisura entre el hombre cosa y el hombre infinito , una fisura, la nada, una nada insalvable para Sartre, pues salvarla equivaldría a unirse a Dios, en quien no creía. El hombre sería una pasión inútil que se afana por llenar de escombros la fisura para llegar a sucedáneos de Dios, abocado a una náusea continua ante lo absurdo de la existencia.
Y allí esta el Señor, en aquella colina de Montmartre con una luz en la cúpula. No lo veo pero se que está allí. Hace tiempo, otra de las veces que estuve por allí cogí un papelito que había en la entrada: “ADORAR A DIOS EN LA NOCHE” . Lo había en varios idiomas y pedía voluntarios para la adoración en la noche ante el Santísimo. Bastaba con llamar 24 horas antes. El Señor estaba allí presente en una gran custodia sobre el altar de la basílica frente a la gran ciudad que se agita con sus pequeñas cosas, ofreciéndose a llenar la fisura del hombre para salvarle. ¿De que? Pues …se me ocurre que de sentirse una pasión inútil, como decía Sartre.
Contemplando en mi habitación la basílica siento un sosiego que no puede ser humano, parecido al que se siente los jueves por la noche en la parroquia de Boadilla. Algo tiene la noche que Dios parece más cerca: en la noche ocurrió la Pascua en Egipto, en la noche Jacob luchó con Dios, en la noche nació el Señor, en la noche la Útima Cena, en la noche la oración de Getsemaní, en la noche la Resurrección. Algo tiene la soledad de una habitación de hotel, que hace que solo te oigas a ti mismo. Algo tiene el silencio, el espeso silencio, que deja el camino abierto a la Presencia que puede llenar la fisura existencial, la angustia, la náusea. Por eso, lo mejor es adorar a Dios en la noche.. y en silencio. A veces da sueño y a duras penas te mantienes despierto, pero aún así es necesario el silencio. En el bullicio no se puede sentir Dios, es como el ruido de fondo en la señales electromagnéticas que puede esconderlas y se vuelven inservibles.
“…la respuesta la susurra el viento…” volviendo a la canción de Bob Dylan, está en un susurro, en una brisa suave. El profeta Elías sintió a Dios en una brisa suave mientras adoraba a Dios en la noche en una gruta del monte Horeb (en aquel entonces no había habitaciones de hotel).
En el mismo disco de Bob Dylan hay otra canción, el Evangelio según Dylan, la llaman: “Gotta serve somebody” ; has de adorar (servir) a alguien, al diablo o al Señor. Puedes ser rico o pobre, un drogata o un doctor, pero siempre tendrás que servir al diablo o al Señor. O en otras palabras, siempre llenarás “la fisura” , la “nada” con el Señor o con cualquier escombro. Mucha gente elije esto último , vestido de muchas formas. John Lennon, poco antes de que lo mataran, escribió una canción “respuesta” a la de Bob Dylan. No ahabía acabado de asimilar la conversión del gran Bob Dylan. La canción se llamaba “Serve yourself”, sírvete (adórate) a ti mismo, nadie lo hará por ti. Y habla de la guerra y la pobreza y maldice al Papa, y se hunde en una desesperación sin sentido. ¡Qué respuesta tan pobre! … pobres diablos!.
Cuando Bob Dylan cantó en el Vaticano delante de Juan Pablo II, se volvieron a enfadar con él. ¿Qué será “eso” que enfada tanto a la gente?…. La respuesta esté en el viento, diría él.
Me acabo quedando dormido en la habitación de hotel después de un buen rato, pues siempre extraño las almohadas y me cuesta dormir. Al día siguiente, tras el trabajo, me acerco a Montmartre para adorar al Señor. No importa que no sea de noche. Él siempre está.
Camino por las calles del viejo París…voy caminando, conTigo, en el pensamiento…
Ángel Hernández